HORIZONTE DE SUCESOS | Treinta y nueve

Heathcliff Cedeño

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Tal vez la dificultad que tenía San Agustín para definir el tiempo se debía al hecho de intentar medir algo que era mucho grande que él. Perseguir a un fantasma cuya único rastro es el desgaste que deja a su paso no es tarea fácil para el que asume ese reto.

Se sabe que hay un tiempo general que abarca todo el universo y que empezó junto con el espacio en algún punto de la existencia. En una escala menor podemos decir que el nuestro dura lo vivido entre el nacimiento y la muerte. Si lo comparamos con el tiempo más grande, el poeta tuvo razón al decir que: “Somos un relámpago extasiado entre dos noches”.

Si me preguntan qué es el tiempo no sería capaz de dar una definición. Más allá de pensar que está marcado por el ritmo de los segundos, minutos y unidades más grandes, se parece más a una línea recta que crea y cambia realidades mientras avanza silenciosa y sin fin.

En nuestro caso, ilusoriamente el tiempo está medido por la vuelta que la Tierra da al Sol y coincide justo con el día de nuestro nacimiento. A esa unidad más grande le decimos años (por eso aquella frase pavosa que usan para felicitar a los que cumplen años).

Este domingo cumplo años y solo reconozco el paso del tiempo por el entusiasmo con el que celebro el ritual de refundación. De las celebraciones precumpleañeras que empezaban un mes antes, pasé a esperar el día entre balances y el peso de la historia que cae sobre los hombros. Claro, uno no deja de sentirse importante porque siempre hay alguien que nos pica la torta.

Sin duda alguna, nuestro primer nacimiento es importante, pero hay otros posteriores que también lo son porque le dan sentido a nuestra realidad.

“No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una simple convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida, y si la muerte no viniese a interrumpirlos, serían capaces de agotar el ramillete de mundos posibles a fuerza de nacer una y otra vez, como si poseyesen una reserva inagotable de inocencia y de abandono”, dice Saer.

Más de una vez, ante el peligro, salimos temblorosos y atónitos como quien es expulsado de la oscuridad total o de un vientre. “Volvió a nacer”, dicen de quienes se salvaron de un accidente grave. Pero también la gente renace cuando se inaugura una realidad, se enamora o nace un hijo.

Todo nacimiento es un disparo al aire. En algún punto de nuestra existencia empezamos a meditar si aún vamos en ascenso, llegamos al punto más alto o nos estamos regresando.

Heathcliff Cedeño