PUNTO Y SEGUIMOS | En el tiempo de los sinsentidos

Mariel Carrillo García

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Por ahí le llaman posverdad a la locura que atestiguamos como sociedad global en este siglo XXI, es decir, a la distorsión premeditada de la realidad (alteración de hechos reales) apelando a las emociones y creencias de los individuos, de manera tal que el acontecimiento objetivo sea menos creíble o que tenga menor peso argumental que la emoción generada por la distorsión. Básicamente es cuando la gente asume una mentira como verdadera porque le es cónsona a sus sentimientos o porque un grupo de pares la señalaron previamente como “verdad”.

Utilizada como técnica de manejo de la opinión pública en campañas políticas, la posverdad pasó a usarse de manera cotidiana, descarada y masiva, toda vez que los centros de poder encontraron la forma de tener los datos personales de millones de personas, pudiendo armar así los perfiles de grandes grupos humanos, lo cual facilitó el uso efectivo y a gran escala de esta técnica con fines comerciales y políticos (que en este sistema capitalista vienen a ser los mismos).

Así las cosas, cuando usted hace un no tan inocente test en Facebook para que le digan cual es la edad de su alma, respondiendo para ello cosas como color, comida, paisaje o animal preferido, está entregando de manera gratuita información valiosísima que un grupo de nerds sin escrúpulos venderá procesada a gobiernos y organizaciones que puedan pagarlas. Con esta big data en mano, harán muchas cosas, principalmente aquellas del tipo que les permitirán controlarle sin que siquiera lo note, lo cuestione o peor aún, le importe.

Poco y nada de lo que ve en internet o que le llega a su perfil en alguna red social, o que recibe en sus servicios digitales de mensajería es casual. ¿Se ha preguntado quién escribe los textos de las famosas cadenas de whatssap? ¿Quién hace esos vídeos que parecen caseros contando de cualquier cosa en cualquier lugar no comprobable? ¿De dónde salen esos rumores que se riegan como la pólvora entre los vecinos sin que ninguno pueda decir la fuente original? Pues hay empresas con miles de empleados que trabajan día y noche interpretando sus datos y creando mensajes dirigidos a que usted compre, diga o crea en algo, eso sí, no se preocupe que usted es libre. O al menos es lo primero que le asegurarán como cierto.

La cosa se descontrola aún más cuando ese tipo de mentiras llegan a través de los medios “tradicionales y serios”, es decir, ya no es una cadena en Telegram, es la noticia de las 9 pm, con el periodista de toda la vida, vestido de traje y corbata y con la sonrisa Pepsodent, asegurándole cosas como que “desde el puente le disparan una y otra vez a manifestantes indefensos”, aunque usted no pueda ver nunca el otro lado del puente en su pantalla. O es un titular en el diario que ha leído con su familia desde hace décadas, o la columna de alguien con fama de intelectual. ¿Cómo ese señor tan serio, tan inteligente, nos va a decir mentiras?

Peor aún cuando usted tiene una posición muy definida, en un país polarizado como el nuestro. Si es opositor, bien le va a caer cuando vea a Juanito diciendo que su gobierno le dio, en pandemia, un bono de 100 Us$ a los médicos y ni se va a preguntar si alguno efectivamente lo recibió o de dónde salió esa plata en un país bloqueado (ni hablemos de si le interesa que sea cierto que Juan es presidente). Si es chavista, puede incluso que se alegre de la dolarización y se crea que el uso de los verdes es una medida revolucionaria para nuestra economía, porque lo dijo algún vocero en una entrevista o artículo.

En estos tiempos de sinsentido, en el que está todo maquinado para que el pensamiento crítico se reduzca a su mínima expresión, por favor, piense. Cuestione, analice, revise, argumente, y de ahí en más, haga. Honremos a nuestro Simón Rodríguez y, como él decía, seamos preguntones, para obedecer a la razón, y no a la autoridad o a la costumbre.

Mariel Carrillo García