ASÍ DE SENCILLO | Mamá Gata, confía

Maritza Cabello

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La Señora Gata solo quería que sus hijos no sufrieran los desplantes que a ella le tocó padecer.

Vivió mucho tiempo en la calle, hasta que fue adoptada. Los humanos salían espantados apenas la veían, porque para ellos representaba el estigma de la “mala suerte”. Por su pelaje negrísimo.

Después de varias escapadas nocturnas al techo de la casa, la Señora Gata tuvo varios gatitos.

Los crió con esmero, con cuidado y con ese amor maternal del que se carga en el pecho.

Casi todos resultaron unos gatos seguros, amables, tiernos y educados. Sin embargo, uno de ellos era dominante, altivo, petulante, hasta llegar a ser grosero y arrogante.

La Señora Gata repasaba sus actos. Se decía: “A ver, a ver, quise fortalecer su autoestima, darle seguridad, pero creo que se me pasó la mano…”.

Como buena madre latina, se adhiere la culpa.

Cada vez que su cachorro ve reflejado a un tigre al verse en el espejo, ella se pregunta: – ¿Soy culpable?

¿Cómo parar la frustración que le va a producir una ciega expectativa?

-No, no hay culpables, Señora Gata. Le dice, Doña Vaca.

-Duerma tranquila. Cada uno vivirá lo que le toca. Unos se darán un golpe más fuerte que otros. ¡Esa es la vida!

El tigre irá desapareciendo con los años y logrará verse como el gran gato que es. Confía.

¡Confiar!

Confiar en lo que es, en lo que dio, en lo que cree. Confiar en que lo hizo bien.

Cada uno es libre de escoger. Unos van más rápidos que otros. Pero el camino que cada quien seleccione, depende de su decisión. No hay destino, ni culpable. Es solo su decisión.

La Señora Gata siguió su naturaleza y soltó la preocupación. Confió. Dejó pasar el tiempo.

Llegó a contemplar satisfecha, como poco a poco se iba borrando el tigre del espejo de su gatito amado.

Maritza Cabello