CARACAS EN ALTA | La misa pandémica

Nathali Gómez

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La pandemia ha cambiado muchas cosas que suponíamos inamovibles. Eso podemos percibirlo dentro y fuera de nuestras casas con tan solo comparar, sin que tal vez recordemos mucho, qué hacíamos habitualmente antes de marzo. El peso de las nuevas costumbres se ha ido imponiendo, a pesar de nuestra resistencia al cambio.

Una de esas adaptaciones inesperadas ocurre tres tardes a la semana en la plaza La Candelaria, un espacio de la ciudad donde las personas tratan de distintas maneras de preservar su cotidianidad al aire libre, a pesar de las prohibiciones y limitaciones que ha supuesto la cuarentena por el coronavirus.

Quien conoce la plaza sabe que varios grupos conviven en un equilibrio tácito donde cada uno se ocupa de sus aficiones, labores o gustos: pasear a sus mascotas, jugar dominó, analizar la actualidad nacional e internacional, hacer ejercicio, esperar a que salga un delivery, pasar el tiempo, jugar, dormitar o estar con la pareja.

En esta “nueva normalidad”, donde es posible la readaptación de los sitios para otros fines que no son los convencionales, ocurren cosas fuera de lo habitual como toparse con la misa de las 5:00 de la tarde fuera del templo de Nuestra Señora de La Candelaria.

Más allá de la discusión sobre la religión y el derecho que tengan los católicos de tomar un espacio que nos pertenece a todos, lo interesante es ver una ceremonia cargada de símbolos fuera de su lugar natural. Es una manera de observar cómo un ritual íntimo entre personas que profesan la misma fe se vuelve público.

La misa católica, cuyo eje central es la Eucaristía, es distinta porque los creyentes están fuera de “la casa de Dios” confundidos entre perros, árboles, conversaciones, gente que camina distraídamente, pelotas de ping pong y parejas que se miran y se besan. El pecado se desdibuja y el ritual pasa a ser un elemento más del fresco de las 5:00 de la tarde.

En este encuentro religioso pandémico, los creyentes están convenientemente separados, no comulgan y tampoco se abrazan en el momento de darse la paz. No hay imágenes religiosas, velas encendidas ni se cierne sobre sus espaldas el peso de los muros del templo.

Un hombre se aferra a las rejas que apartan la iglesia de la plaza mientras el sacerdote, casi oculto a la vista, da el sermón en el umbral. Una mujer se apoya de un árbol, como si fuera una conjunción entre su creencia y la naturaleza, tal como ocurrió tras la imposición del catolicismo como única religión por parte de los colonizadores. Apenas termina la misa, el reducido grupo, conformado en su mayoría por mujeres mayores, se dispersa. Nuevamente forman parte del resto.

Nathali Gómez