RETINA | Antes de los españoles

Freddy Fernández

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Alguna vez escuché decir a Rodolfo Izaguirre que teníamos una noción de la historia de nuestro continente como si las cámaras para registrarla hubiesen venido en las carabelas españolas.

Nuestro gran Evio Di Marzo, antropólogo, profesor, escritor, compositor y músico, antes de que algún imbécil le robara la vida, nos legó su maravillosa Selva del tiempo, en la que nos pone a mirar el mundo desde nuestras raíces americanas:

“Mucho antes que llegaran los españoles
Mucho antes que llegaran blancos y negros
Ya en América los indios dominaban las estrellas
Ya en América los indios, dominaban la belleza
y en las tardes puedo verlo reflejados en el cielo
en el cielo, el cielo del tiempo. Mucho antes”.

Sabemos que en estas tierras había ciudades más grandes y mejor planificadas que las ciudades de los invasores. ¿Sabemos también que existió aquí una civilización avanzada en la que todos los recursos y los medios de producción fueron propiedad del Estado?

Era una sociedad en la que no existía la moneda, en la que sus ciudadanos entendían el trabajo como un fin en sí mismo y no como un medio para vivir. Hablo del Imperio de los Incas, que si bien era gobernado por una jerarquía teocrática, tenía una exitosa economía sin propiedad privada y una sociedad comunal avanzada.

Nos dice Thomas Andrew en su libro No somos los primeros, que la carretera Real tenía 5.230 kilómetros de longitud, iba de Colombia a Chile. Es una de las más estupendas obras de ingeniería, superada solo en el siglo XX. Las carreteras de Perú estaban tan bien construidas, que incluso hoy circulan por ellas automóviles y camiones.

La albañilería preincaica, megalítica, fue hecha con bloques de 20 a 100 toneladas de peso. Las junturas que las separan impiden la penetración de una hojilla. Hasta hace cien años nadie era capaz de imitarlos.

En 1950, el terremoto que sacudió Cuzco afectó el noventa por ciento de los edificios de la ciudad, pero ni un solo edificio inca quedó siquiera agrietado.

El Inca fue un imperio sin dinero y sin pobres, capaz de alimentar a todos sus habitantes, capaz de asegurar vivienda a todos. No había dinero, pero el oro abundaba. Tenían el mejor correo del mundo y no tenían cartas, sus mensajes eran verbales. No tuvieron escritura, pero sí una rica literatura. Construyeron las carreteras más largas y mejores del mundo, pero no tenían la rueda.

No se pagaba salario, pero las familias tenían gratuitamente casa, alimentos y vestidos. Igualmente, la educación y la asistencia médica eran sin pago alguno.

Bien dice Eduardo Galeano que: “Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la población come salteado”.

Antes de la invasión europea, nuestros pueblos originarios no tenían pobres ni hambrientos. El hambre y la pobreza la trajeron los invasores. De nuestras tierras se llevaron la riqueza para desarrollar la industria con la que hoy recalientan el planeta.

Razón tenía Evio di Marzo al pedir: “Selva del tiempo/ Envuélveme otra vez en ti/ Selva del tiempo/ Enséñame de nuevo la vía”.

Freddy Fernández | @filoyborde