El precio de la soberanía

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Tal vez sea Argentina, después de Colombia, el país de Latinoamérica más cercano a mis afectos, a mi admiración. Más cercano aunque está bastante lejos. Tiene Argentina una fuerza cultural extraordinaria. Y esa fuerza cultural también es nuestra fuerza, es la fuerza de la Patria Grande. Pensar en Argentina es pensar en tango, es pensar en Gardel, es pensar en la sensualidad y en el amor. Y de Gardel pasamos sin mucho esfuerzo, a nuestra juventud alimentada por Quino, por Charly García, por Fito Páez, por aquel capítulo 7 de Rayuela que ha excitado los sentidos de varias generaciones de amantes de la palabra.

Pienso en Argentina y pienso en gente querida, profesores queridos, periodistas queridos y admirados, pienso en periodismo valiente y creativo. Pienso en amigos y amigas de la vida.
Pienso en Argentina y me viene a la mente una imagen familiar, por allá en 1978, en Altagracia de Orituco. La pasión por el fútbol también alimenta esa fuerza cultural. Y es nítido el recuerdo de los hermanos Chacín Díaz frente a un televisor en blanco y negro viendo la felicidad de Mario Kempes corriendo y perseguido por sus compañeros para celebrar el gol de la victoria de Argentina en ese Mundial que se realizó en medio de una de la más feroces y asesinas dictaduras militares del Cono Sur. Pienso en Argentina y pienso en Diego Armando Maradona con su desparpajo, con su genialidad y con su rebeldía.

Pienso en Argentina y pienso en las Madres de la Plaza de Mayo y en los nietos que aún buscan, pienso en Rodolfo Walsh y en su hija asesinada por los militares. Pienso en Evita y en Perón. Pienso en Argentina y pienso en Cristina y en la fuerza que le enviamos cuando Néstor murió en aciaga hora. Pienso en Argentina y pienso en la amistad que construyeron los Kirchner con Chávez, en una época en la que América Latina empezó a pagar una enorme deuda social a los pueblos de Lula da Silva, Rafael Correa, Evo Morales y del tibio Pepe Mujica.

Pienso en Argentina y pienso en un viaje maravilloso que hicimos un grupo de amigos y amigas en 2008 en el que conocimos ese inmenso territorio llamado la Patagonia argentina, viaje “financiado” gracias a la redistribución de la riqueza impulsada por Chávez en Venezuela, política socioeconómica negada sistemáticamente por la mezquindad y la injusticia que caracteriza a la derecha y a la ultraderecha mundial. Política que a la postre convirtió a Venezuela en una amenaza inusual y extraordinaria para Estados Unidos.

Pienso en Argentina y pienso en el “concierto” de naciones que se ejecuta en la ONU y pienso en quien lo dirige. No es una batuta de paz sino de guerra, de injusticia, de intervencionismo, de injerencia, de barbarie, de muerte. La soberanía tiene un precio para unos y para otros no hay dinero que pueda pagarla. El FMI también lo sabe. Sigamos.