Pío Tamayo soñó con ser maestro de escuela

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Pío Tamayo estaba convencido de que la vida le había impuesto una misión revolucionaria y que para cumplirla era necesario convertirse en maestro de escuela, en un perenne forjador de almas infantiles.

En una carta dirigida a su hermana, Magdalena, escrita en la prisión política del castillo de Puerto Cabello, le insistía en que todos debían asumir el rol docente, en las escuelas propiamente dichas, pero también en las calles, en los campos, en los periódicos, en los talleres y en los salones. Aclaraba que no se trataba de maestros recitando un libro de texto, sino “de los que dan la enseñanza que despierta al niño a la belleza, a la justicia y al amor”.

Para asumir su misión revolucionaria, con ese sentido pedagógico, fue necesario que renunciara a la vida próspera que tenía asegurada en su lugar de nacimiento, la ciudad de El Tocuyo, como parte de una familia dedicada a la producción agrícola y al comercio. Su padre, José Antonio Tamayo, tenía planes muy concretos para Pío, que era el primogénito de una prole de trece hermanos (aunque dos de sus hermanas fallecieron a temprana edad). Quería encargarlo de todos sus negocios. Pero Pío andaba en otras cosas: la literatura, la filosofía, la política.

Raúl Agudo Freites, en su obra Vida de un adelantado, cuenta que la relación entre padre e hijo se tornó tensa, sobre todo porque Pío se escapaba del liceo, pero no para parrandear, sino para tomar por asalto la bien nutrida biblioteca de Bartolomé Losada, padre de dos amigos suyos que también daban pininos en la poesía. También era frecuente que entablara amistad con teatreros, titiriteros y gente de los circos que visitaban la región.

Cuando muere su padre, retorna a El Tocuyo y se hace cargo de varios de los negocios, incluyendo líneas de transporte, cine y hasta un botiquín, que él termina transformando en un lugar de encuentro de poetas. De allí nace la peña El tonel de Diógenes, nombre dado en honor al filósofo griego que vivía en la indigencia. Allí se discutía de filosofía, naturalmente, pero también de literatura e inevitablemente se llegaba a los terrenos políticos, lo cual era demasiado audaz para una Venezuela en pleno gobierno de Juan Vicente Gómez y para la conservadora ciudad larense. Pronto tienen que dar por terminadas sus tertulias.

La familia siempre temía que el inquieto Pío los arruinara por sus pasiones intelectuales, pero el desastre económico sobrevino más bien por un espíritu emprendedor que también estaba demasiado avanzado para su tiempo. El joven propuso a los hacendados vecinos del fundo familiar El Callao desarrollar el proyecto de un central azucarero que procesara la producción de toda la zona. Algunos se entusiasmaron inicialmente y Pío trajo asesores extranjeros y se comprometió a comprar la maquinaria. Luego, los socios se atemorizaron y lo abandonaron, por lo que las arcas de los Tamayo quedaron bastante maltrechas.

Fue luego de estos fracasos que, según sus biógrafos, comenzó a relacionarse con personajes que conspiraban contra Gómez. Altos funcionarios del gobierno en Barquisimeto le recomiendan a la madre que lo convenza de salir del país.

En 1922, luego de recuperarse de la gripe española, se marcha a Puerto Rico y allá se concentra en su carrera periodística y literaria. Funda la revista Bohemia y envía a Lara algunos de sus trabajos para ser publicados también en periódicos locales. Luego emprende una travesía por ciudades como Nueva York, La Habana y Panamá. En el istmo se mete en problemas al participar en una huelga y termina haciendo un periplo por El Salvador, Guatemala y Costa Rica, para luego regresar a Venezuela.

El retorno ocurre finalmente en 1926, gracias a las influencias políticas que sigue teniendo la familia. Pío aparenta estar dedicado a asuntos de negocios, trabajando durante un par de años en una empresa familiar de perforación de pozos, pero en 1928, con la excusa de un tratamiento para la sinusitis (mal que lo aquejó toda la vida), viaja a Caracas y se incorpora a las actividades de la Semana del estudiante, el gran hito en la lucha contra la dictadura de Gómez, del que nació la así llamada Generación del 28.

El papel de Pío Tamayo en esos acontecimientos fue estelar, pese a que él mismo ya no era un estudiante. El poema Homenaje y demanda del indio que dedicó a la reina de los estudiantes, Beatriz Peña, fue un símbolo de esa lucha que significó la prisión para los líderes del movimiento.

Los jóvenes detenidos fueron liberados, excepto Tamayo, con quien la dictadura se ensañó. Seis años estuvo preso y solo fue liberado, luego de muchas gestiones y ruegos, a finales de 1934, cuando ya se encontraba muy mal de salud, debido a la tuberculosis que había contraído en los calabozos.

Según los expedientes de la época, el rigor de la pena aplicada a Tamayo se debió no al asunto de los estudiantes, sino a que se le acusó de ser el iniciador del comunismo en Venezuela y por lo tanto, un “elemento enemigo”. Él nunca se ocupó de desmentir esa especie. Por el contrario, dio las primeras cátedras de marxismo en las mazmorras del Castillo de Puerto Cabello, es decir, haciendo labores de maestro de escuela.

Falleció el 5 de octubre de 1935. Unos días antes, le escribió a su hermano Antonio: “No tengo acto de qué arrepentirme. Seguí los mandatos de mi conciencia”.

Un luchador social

Los comunistas más ortodoxos dicen que Pío Tamayo no era propiamente un conocedor profundo del marxismo. Sus conocimientos eran más bien fruto de sus muchas tertulias con figuras de vuelo teórico en los países donde estuvo durante su suerte de destierro.
En lo que sí coinciden todos los que compartieron con él aquellos años y los que han estudiado su vida es en que fue un precursor de las luchas sociales en aquella Venezuela sojuzgada por el dictador, y tuvo la valentía de compartir los saberes teóricos que había ido adquiriendo, incluso dentro de la cárcel.

“Es uno de los personajes más importantes y quizás uno de los más olvidados de la historia contemporánea de Venezuela. Generalmente se le menciona en forma anecdótica”, dicen los editores del libro Pío Tamayo, un combate por la vida, que editó la Universidad Central de Venezuela, en 1984.

“Enseñó siempre la importancia de las masas (…) y la necesidad de estructurar partidos populares que pudieran realizar movimientos de verdaderas luchas”, dijo Miguel Acosta Saignes, en una entrevista para ese libro.

Más de cuatro décadas después de su muerte, en 1978, y pese a las objeciones de los ortodoxos sobre la profundidad de su formación, el Partido Comunista de Venezuela lo designó como militante honorario.

En 2010 se planteó su traslado al Panteón Nacional. La propuesta sigue pendiente.