PUNTO Y SEGUIMOS | Textos que nos resuenan

Mariel Carrillo García

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He estado releyendo la Constitución. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es familiar, como un libro propio y adorado, uno que ayudaste a escribir. He tenido también sensación de comunión con otras leyes, como las integrantes del paquete del Poder Comunal o la Ley Orgánica de Hidrocarburos y ni hablar de la conexión con el Plan de la Patria 2013-2019 del Comandante Chávez, que ahora es ley también. Hablo como una lectora, que es lo que soy, sin pretensiones o exactitudes de jurista, economista o cuadro.

En realidad, la lectura de leyes –por la forma en que se redactan— nunca me fueron queridas ni amables, a mí me gustan las novelas, los cuentos y la poesía, pero cuando Chávez nos invitó a escribir la nueva Carta Magna, y cuando con el tiempo y la participación hicimos nuevas leyes, ya no me parecieron tan lejanas ni tan desagradables. Al contrario, nada como el sentido de pertenencia para involucrarse con algo; incluso busqué algunos textos importantes para el país, en los que nada tuvimos que ver, pero que tenían todo que ver con nosotros, como la Constitución del 61 o algunas de las habilitantes de la cuarta. La magia de la democracia participativa y protagónica.

Gracias a ese proceso de reactivación de la participación de la ciudadanía en la política, y también en la toma de decisiones, las leyes cobraron vida y, aunque no fuéramos abogados o “especialistas”, aprendimos a crearlas, a leerlas, a identificar los términos y, sobre todo, como suele pasar con el lenguaje escrito, a sentirlas. Quizá no siempre entendimos los detalles, pero podíamos decir si nos resonaban o no, si nos hablaban o no, y muy claramente, al ser también textos políticos, si nos favorecían o no. Aprendimos historia y a construir en presente, pensando en un futuro por el que quizá no nos preocupábamos antes. Eso hizo el chavismo. Nos dio luces. Bolivarianamente.

En estos días una nueva ley nos ocupa. La esperábamos, con las mismas ansias que esperamos cualquier medida destinada a romper el bloqueo imperial que tanto daño nos hace, como esperamos el castigo a quienes nos roban impunemente, como esperamos tantas cosas. Personalmente creo más en las medidas o leyes que vienen acompañadas de explicaciones político- pedagógicas y que pasan por procesos más profundos de participación popular, antes que en las que llegan con la rapidez de la emergencia y la petición de confiar como si fuera un dogma de fe. Quizá es por mi ateísmo, pero nada, salió de la Constituyente que elegimos. Vamos ahí.

El caso es que una, tal como aprendió, va y lee. Lee varias veces. Subraya. Busca en el diccionario jurídico, busca en la Constitución. Ve los artículos, los programas de opinión. Esto último termina aturdiendo, así que vuelve al texto como lectora, a solas, como con un cuento. “Medidas coercitivas unilaterales”, enemigo identificado con facilidad. Ya debe venir la parte en que le damos sin piedad, aunque al leer no parece tan obvio.

El lenguaje usado no resuena con mi corazón: hay mucha propiedad y empresa privada a la cual hay que estimular y favorecer discrecionalmente, también hay muchas divisas y ningún bolívar, mucho incentivo a la inversión extranjera y poco a la producción comunal, ni una mención a la comuna, privados ayudando a que lo público sea “eficiente”. Bastante reserva y confidencialidad.

Me agarra el susto porque no parece escrito por nosotros. Recuerdo que no soy experta y que seguramente no entiendo bien, además, también habla de cosas “nuestras” como prestaciones sociales, mejorar calidad de vida, servicios, salarios, ¿no? Esperábamos una medida. Acá está. ¿Qué importa cómo le suene a una mujer que lee?

Mariel Carrillo García