Gonzalo Fragui: Aquí todo el mundo está claro

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Poeta. Escritor. Humorista. Editor. Ebriedades es una de sus obras publicadas. Perseguidor de anécdotas

—¿Para qué sirve el humor?

—Luis Britto García dice que el humor es un reloj que da sólo la hora de la verdad. El humor es un arma sin poder contra todo poder, económico, religioso, político, militar. Puede hacer reír o sonreír, pero sobre todo es un látigo con cascabeles en la punta, como decía Martí.

También hay un humor decadente, humillante, que se burla de la clase más avasallada. Humor mercancía. Humor mercenario. Un humor racista, sexista, xenofóbico, cínico, que exalta la guerra.

Dice Fernando Buen Abad: En los mass media proliferan las risotadas y las vulgaridades, y a los pueblos se les enseña a divertirse con humor chatarra infectado con obscenidades, discriminación y chabacanería. Reír puede ser un hecho liberador pero también puede servir para anestesiar las conciencias. Se requiere un humor emancipador, desalienante, otra risa es posible.

El humor es universal. Todos los pueblos han reído a través de su historia. El venezolano no podía escapar a esta situación. El venezolano tiene humor. Aun en las circunstancias más difíciles el venezolano ríe (puede ser un mecanismo de defensa), siempre ríe hasta en la adversidad.

La risa aumenta las funciones inmunológicas.

Parafraseando a Nietzsche, el humor sirve para salvarnos de tanta realidad, sobre todo en este país donde no se cumple ni la ley de la gravedad, me dijo una señora en estado de ingravidez.

Voy a rematar, o a revivir, con una greguería: la risa es el orgasmo cotidiano.

¿El país necesita poetas, periodistas y humoristas?

—Hay de todo en la Viña del Señor pero, vamos por partes, como decía el famoso descuartizador aquel.

Los poetas. La poesía es la savia de una sociedad, no se ve pero está allí, presente, dando vida. Todos se fijan en los frutos de los árboles, en la producción, en la economía de una sociedad, pero nadie al ver un árbol piensa en la savia que nutre desde la raíz, así es la poesía.

Los poetas Eugenio Montejo y José Vicente Abreu se encontraban un día en el llano y se pusieron a observar el movimiento de unos monos llamados “maiceros”. Esa tribu envía adelante, por si hubiera trampas, a unos monos que sirven de exploradores. Se instalan en lo más alto, como vigías, mirando hacia todos lados, para avisar si se presenta algún peligro y, hasta que ellos no dan la orden, los demás monos no entran al maizal. En minutos los monos arrasan el sembradío y se marchan a salvo mientras los monos vigilantes esperan para retirarse de últimos. Pero, si por alguna razón hubiera heridos o muertos entre los monos, la tribu les cae a palos a los centinelas porque ellos son los responsables de que esa especie sobreviva.

Los amigos pensaban que similar responsabilidad tenían los poetas. El poeta no sólo está pendiente de la especie humana sino además del cuidado del lenguaje. En el momento que perdemos el logos perdemos todo, dirían los griegos. Y concluían los dos escritores: El poeta es el vigía de la sociedad.

El poeta está comprometido con su pueblo, con el lenguaje y consigo mismo. El poeta debe intentar, como decía Neruda, que el mundo sea digno para todas las vidas humanas, no sólo para algunas. El poeta debe hablar porque todo lo que calle será utilizado en su contra.

Ya Hölderlin había dicho: “Mientras todos duermen, hay alguien que vela, el poeta”. También se había preguntado, ¿para qué poetas en tiempos de penuria? Hoy sería mejor preguntarnos, ¿para qué penurias en tiempos de poetas?

Y Martí decía: “Ganado tengo el pan, hágase el verso”, bueno, aquí y ahora estamos haciendo los versos, aunque nos esté faltando el pan.

Los humoristas. Un domingo llegó el poeta colombiano León de Greiff a una cafetería. La mesonera se acercó y saludó:

–Buenos días, maestro.

León de Greiff la miró y respondió:

–¿Maestro yo?, Maestro el que inventó la mamadera de gallo.

En Venezuela todos somos mamadores de gallo, quizá por eso no necesitaríamos de humoristas, mucho menos de esos mercenarios del humor, que responden a los intereses de los poderosos para burlarse de los sectores más desposeídos.

Los periodistas. Si uno se asoma al CNP de Mérida es para llorar, son los primeros en hacer apología del magnicidio, los primeros en compartir los fake news sin sonrojarse, todos amargados, al grupo yo lo llamo el Muro de los lamentos. Utilizan un título como patente de corso para pedir invasiones, bombardeos, bloqueos, porque tienen bloqueados sus corazones. Defienden una supuesta libertad de expresión mientras andan con silenciadores cuando se agrede al país. Si a eso le sumamos una plaga de langostas llamados locutores-periodistas-productores-independientes, por salud mental, podríamos prescindir perfectamente de ellos.

Y en un país donde es difícil saber qué sucede porque los periodistas están sesgados (y cegados) de ambos lados (y de ambos ojos), pues todos los venezolanos nos convertimos en comunicadores sociales.

Sostiene Pereira que para saber noticias no es necesario leer periódicos porque por los periódicos nunca se sabe nada. “Sostiene Pereira” es esa novela de Tabuchi (yo he leído la película pero no he visto la novela), donde Marcelo Mastroiani hace de periodista cultural pero nunca se entera de nada. Trabaja en un periódico pero tiene que preguntar en los cafés qué noticias hay. Si no lo sabe usted, Pereira, que es periodista, le reprocha el camarero.

Aquí cabemos todos, zapateros, periodistas, agricultores, poetas, humoristas. Pero habría que ser más humildes. Hay unos periodistas por ahí que parecen unos doberman, ellos creen que son la noticia. Recordar el sistema métrico de Domingo Miliani. Cuando Miliani decidió estudiar literatura su padre no estuvo de acuerdo. El padre era constructor y deseaba que Domingo fuera ingeniero civil. Años más tarde, ya graduado Domingo, el padre le preguntó que para qué servían sus estudios. Domingo le respondió amorosamente:

–Para nada, viejo. Es una cuestión de sistema métrico. Usted mide el mundo en metros cúbicos de concreto. Yo aprendí a medirlo en versos. Ninguno de los dos es mejor. Sólo que son sistemas métricos diferentes.

Por ahí dijeron que “cultura es lo que nos queda cuando no nos queda nada”, ¿no nos queda nada?

—Hay un poema de Khalil Gilbrán que habla de un río que está a punto de llegar a un océano, el río mira hacia atrás y ve lo recorrido, las montañas, las selvas, los caseríos. Teme desaparecer en el océano pero no puede regresarse. Lo que no sabe es que al entrar se convertirá en océano.

En estos días nos levantamos con esa sensación, sobre todo si no tenemos luz, ni internet, ni gas, ni dólares, ni gasolina, y apenas un poco de comida, ¿qué nos queda? ¿Nos morimos? No podemos regresarnos, como tampoco el río. Pero tenemos adelante el día, el océano, la vida. Vamos a entrar. Tenemos además los ríos, las montañas, el sol, las frutas, los poemas, la música, las películas, el humor, los amigos.

Quasimodo lo dice quasi del mismo modo: “No he perdido nada. Todavía estoy aquí, el sol gira a mis espaldas como un halcón y la tierra repite mi voz en la tuya”.

También decía Murakami que “andamos como un avión con el motor averiado que para aligerar peso arroja el equipaje, arroja los asientos, a los infelices auxiliares de vuelo, y algunas veces hasta al salvavidas”.

Con un mundo loco como está, donde un país le roba el oro a otro, o las propiedades, y se las reparten unos poquitos y, como dice Boaventura de Sousa Santos, estamos más cerca del fin de la humanidad que del fin del capitalismo, ¿qué puedo hacer? Decía Jean Cocteau: “Mi casa se estaba quemando y sólo podía salvar una cosa. Decidí salvar el fuego”.

Recuerdo también a Pablus Gallinazo, en una entrevista Gonzalo Arango le pregunta que si mañana estallara la guerra nuclear qué haría hoy, y Pablus le respondió que compraría una bicicleta. Gonzalo le repregunta que ¿para qué? Pues para llegar primero.

Tuve el privilegio de desayunar un día con Leonardo Boff en Medellín. Cuando le preguntamos cómo estaba Brasil, nos dijo:

–El mundo está mal, Brasil está peor, pero nosotros sobrevivimos.

Yo le pedí permiso para tergiversarlo. “Vamos a ver cómo queda el tuyo”, me dijo.

–El mundo está mal, Venezuela peor, pero yo tengo mi bicicleta.

–Ah, muy bien, me gusta más tu versión porque es más esperanzada.

¿Para qué quiero yo una bicicleta en estos momentos?, Para acompañar a Pablus Gallinazus.

En su texto, Ebriedades, hay muchas anécdotas de escritores y poetas, ¿cómo se entera de las cosas que les pasan?

—Don Alfonso Reyes decía que la anécdota forma parte de nuestro trigo. “Hay que interesarse por las anécdotas. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes: ¿hay mayor piedad? Hay que interesarse por los recuerdos, harina que da nuestro molino”.

Y don Mariano Picón-Salas escribe que contar historias es un entretenimiento liberador para el cansancio del hombre.

La anécdota siempre ha sido vista como un género literario menor pero no me importa. Siento que hay una veta infinita en el anecdotario. Cuando uno va a alguna parte, a algún encuentro de escritores, suceden cosas que no deberían perderse. Yo escribo las que son bonitas y en lo posible breves y humorísticas. Algunas veces las he vivido, y otras me las han contado. Muchos amigos me dicen: “Te tengo una anécdota”. Algunos quieren aparecer en esos cuentos. Casi todos mis amigos son ya personajes literarios.

Yo pongo casi todos los días un cuentico en las redes y en estos días alguien me agradeció, me dijo que esas anécdotas eran un oasis en medio de este desierto en que se ha convertido la vida, o en esta selva que son las redes sociales.

La anécdota es para celebrar la amistad o para homenajear a alguien que uno admira y que no conoce o no conoció porque ya murió. A veces sirven también para ilustrar una idea sin necesidad de profundizar mucho. Son un recurso que se tiene a la mano en cualquier encuentro con los amigos.

A veces he leído anécdotas que me parecen muy buenas pero que mejorarían si fueran más cortas, entonces las reescribo, buscando la brevedad y el desenlace inesperado y humorístico. La palabra que daríamos a este tipo de humor sería la de lacónico. Lacónico viene de Laconia, cuya capital era Esparta. Se dice de los soldados espartanos que eran muy disciplinados, muy callados y precisos. Se cuenta que en una batalla contra los persas, un mensajero asustadizo, con la intención de que los espartanos se rindieran, fue a decirle al jefe de los espartanos que los arqueros persas eran tantos que si lanzaban sus flechas al mismo tiempo podían tapar al sol. La respuesta del jefe fue breve pero tajante: “Pelearemos en la sombra”.

Aldo Pellegrini tiene un texto que se llama: “Para contribuir a la confusión general”, ¿no será que en este país todos estamos confundidos?

—Al contrario, yo creo que aquí todo el mundo está claro. Los únicos confundidos somos otros. Las colas de la gasolina, por ejemplo, son el verdadero Pritaneo que ya Sócrates hubiera querido conocer. Allí hay especialistas en todo, no hay tema que no dominen, hablan del dólar paralelo, de cómo hacer gasolina con guarapo fuerte, expertos en economía, en política internacional, de Messi y el Barcelona, del vino de cambur que da eructos con sabor a pintura de uñas y, últimamente, han proliferado los virólogos, saben de todo tipo de virus, del covid, de los virus de las computadoras, y hasta de Viruta y Capulina.

Yo les huyo, me escondo detrás de una gorra y del tapaboca, pero ellos me llaman, quieren intercambiar ideas. Eso me recuerda a don Miguel de Unamuno que en una oportunidad, camino del rectorado de la Universidad de Salamanca, pasó por el comedor de los estudiantes y varios le pidieron que se sentara con ellos, don Miguel preguntó ¿para qué? y uno, bien soberbio, le dijo que para intercambiar ideas. Don Miguel lo pensó un momento y luego siguió su camino mientras en voz baja decía: “Salgo perdiendo”. Cuando me invitan a conversar yo les digo que ellos son especialistas, que van a salir perdiendo, yo apenas soy un generalista.

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Retrato Hablado  

El siempre polémico e irreverente filósofo Luis Althusser, acerca de los intelectuales, dijo: “La teoría permite comprender las leyes de la historia, no son los intelectuales, incluso si son teorizantes, sino las masas las que hacen la historia. Es necesario aprender junto a la teoría, pero al mismo tiempo, y esto es capital, es necesario aprender junto a las masas”. Y para reiterar su pensamiento, siguió afirmando: “Los proletarios tienen un “instinto de clase” que les facilita el paso a las “posiciones de clase” proletarias. Los intelectuales, por el contrario, tienen un instinto de clase pequeño-burgués que se resiste a ese paso”. Althusser había nacido en Argelia el 16 de octubre de 1918, pero fue en Francia donde hizo su carrera como profesor y filósofo. Militante del Partido Comunista Francés. Veía la filosofía como un campo de batalla. Y su propósito era ayudar al mundo a entender totalmente la creación y el poder del marxismo. Después de Mayo de 1968 escribió su libro Ideología y aparatos ideológicos del Estado, allí analiza el papel que las instituciones juegan en la creación de la hegemonía burguesa. Murió el 22 de octubre de 1990, en Francia.

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El Viernes de Lira 

Ciudad CCS / Roberto Malaver