MONTE Y CULEBRA | El santo millenial

José Roberto Duque

0

De las diversas formas de fetichismo en que se ha revolcado la humanidad, la más perturbadora (al menos en los niveles sicológicos, esos donde queda en evidencia la salud mental de gentes o conglomerados) es la que emplea cadáveres para cualquier fin propagandístico: convocar violentamente la atención de las masas para removerles o infligirles sentimientos de lástima, terror, veneración, rechazo, incluso simple entretenimiento; morbo puro.

Antigua y universalmente conocida, la momificación o conservación de cadáveres humanos se encuentra en la cúspide de las artes dirigidas a esos fines. Nada que decir sobre las momias más antiguas del mundo, recuperadas en los Andes, en Egipto y otras regiones distantes y disímiles unas de otras: gente que murió o fue asesinada (como la adolescente Juanita, víctima de un sacrificio ritual, que ahora Perú exhibe después de removerla del hielo) y ahora está expuesta a la vista y al lente escrutador de todo aquel que quiera asomarse a ver, para informarse o para sentir ese íntimo placer tan cercano al repudio, de escrutar en el cuerpo de otros lo que la muerte es capaz de hacer con estos organismos vivos que somos (todavía, dicen).

De múltiples casos de incorruptibilidad cadavérica se ha servido la iglesia católica (probablemente otras iglesias también) para impresionar a los impresionables con el relato de que la gente que fue santa y sumisa a Dios no se descompone cuando le toca morir. Por ahí andan, en docenas o miles de templos, los cuerpos de varios santos y beatos: desde los célebres San Juan Bosco (muerto en 1888) y Vicente de Paúl (1660), hasta los muy antiguos como el de Santa Clara de Asís (1253) y Santa Catalina de Siena (1380). Hay casos interesantísimos y notables, como el de Bernardita Soubirous (1879), una muchacha que (Dios me perdone, si es que acaso existe, por lo que voy a decir) quedó más bonita después de embalsamada que como la muestran los daguerrotipos que le hicieron en vida. Está el caso opuesto, el de Santa Catalina, una pobre doña de la que se hicieron sublimes retratos, y cuyo cuerpo fue despedazado porque varias iglesias de Europa querían quedarse con una parte, y así hay trozos de ella (un dedo, el corazón, un hueso del brazo) en varios lugares. Su cabeza está expuesta en una basílica de su Siena natal, y es, directamente, una pieza de horror duro. Búsquenla en google, no es tan difícil dar con ella.

Otro caso espeluznante (y todos lo son) es el de Santa Catalina de Bolonia, una mujer fallecida en 1463 y que puede verse en su último o penúltimo lugar de “reposo” sentada, con una biblia y un maldito crucifijo que se ve pesadísimo. Yo no sé mucho de la muerte, pero el cuerpo de uno debería merecer algo parecido al descanso, y mejor no hablemos de la privacidad.

Dígame la pobre Santa Virginia Centurione Bracelli (muerta en 1651): una dama aristócrata o sifrina cuyos retratos en vida la muestran hermosa, altiva y señorial, con ese toque pícaro y mollejúo que otorgan las sonrisas misteriosas de las MILF. Murió, la beatificaron, la enterraron. Ciento cincuenta años después, en 1801, a los católicos les dio por desenterrarla, y carajo, mi hermano. El cuerpo dizque estaba entero e incorrupto, y entonces lo pusieron en exhibición. Les juro por estos ojos a los que se han de comer los gusanos (sospecho que ya se los empezaron a comer hace rato) que la primer vez que vi su imagen estuve tres días sin poder dormir. YO, nojoda, que me gané la vida un buen rato visitando morgues y sitios de liberación de cadáveres de asesinados.

Está el caso de Cecilia María, una carmelita descalza muerta en 2016, en Argentina: la joven pidió en sus redes sociales que, después de su funeral y del llanto y la tristeza, se fuera todo el mundo a celebrar. Murió con una enorme sonrisa, casi carcajada; por ahí están las fotos de su cadáver. Muerto de la risa.

Ah, pero si a ustedes les parece que los católicos han sido audaces con esta conservadera de cadáveres, entérense de lo que han hecho y siguen haciendo ciertos monjes budistas: los señores inician el proceso de conservación o momificación de sus cadáveres antes de morir. Es decir, cuando ya intuyen la muerte o deciden irse para allá por un camino más corto, comienzan una dieta a base de semillas y fibras, para no retener más grasa, que es la que corrompe los cuerpos. La humedad también la combaten a lo macho; en la recta final de su camino deciden no tomar más agua y provocarse vómitos, hasta quedar completamente secos. Algunos logran que sus cuerpos se mantengan momificados mucho tiempo después de morir, pero a otros no les sale bien el cálculo y terminan descomponiéndose como todos o casi todos nosotros.

Y está el caso de Carlo Acutis, el que originalmente me convocó a escribir esta entrega de la columna, que se ha desviado de su curso primario (por si no se han dado cuenta).

Este chamo inglés pero de padres italianos murió a los 15 años de una leucemia fulminante, pero antes de ese desenlace logró varias virtudes heroicas que la Iglesia ha tomado en cuenta para su beatificación. Demostró desde niño su inclinación hacia la oración y la eucaristía, animó a los chamos de su edad a ir al encuentro con Dios, practicó la piedad y el altruismo, se confesaba todas las semanas, iba a misa diariamente, tenía un carisma y un magnetismo que decidió no despilfarrar en chicas sino en la adoración a María Santísima.

Como todo o casi todo millenial, se hizo diestro o experto en informática y empleó esa destreza en crear portales y aplicaciones para la difusión de la fe y tal. Murió en 2006 y poco después se le atribuyó un milagro. Por ahí andan trajinando para declararlo santo patrono de internet. Su cuerpo fue exhumado en 2019 y parece que estaba un poco destruido, pero no tanto como para no intentar un proceso de restauración y conservación. Le trataron la piel con parafina y otras sustancias emparentadas con el látex, y ahí está expuesto, en Asís como lo había pedido, vestido con ropa deportiva, y el detallazo: unos zapatos marca Nike.

Que el capitalismo se sirva del cadáver de un muchacho para promover sus productos no es de extrañar. Tampoco que la iglesia se sirva de la Nike para darle a entender a la juventud que se puede ser basquetero y carajo de pinga del barrio y al mismo tiempo santurrón y aspirante a cura; apenas la semana pasada lo declararon beato, el primero de su generación (nacido en la segunda mitad de los 90). Pero hay algo aquí que enturbia la historia incluso más que el cuento ese de Santa Catalina. Yo no he logrado detectar qué es exactamente. Hagan el esfuerzo ustedes a ver qué encuentran por ahí.

Post data: si quieren entender mejor la diferencia entre propaganda y publicidad, cojan este caso del chamo Acutis y los de Lenin, Mao y Stalin: la publicidad vende mercancías, la propaganda vende ideología.

José Roberto Duque