Pedofilia o nada

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Recientemente circuló una petición on line para vetar la película francesa Mignonnes (Cuties en inglés, Guapis en español), por incitar a la pedofilia y a la hipersexualización de las niñas. Nada que ver. Esta es una película que habla del rito de pasaje de Amy, una niña de once años, hija de una familia tradicional musulmana de Senegal, quien se debate entre las demandas culturales de lo que debe ser una buena joven islámica y las ansias de integrarse a su grupo de amigas del liceo en un barrio parisino. Amy presencia la humillación de su madre quien tiene que aceptar que su marido adquiera una segunda esposa y la traiga a vivir a su casa. En una escena, una amiga le pregunta cuál es su sueño, y Amy le responde: “Que mi padre se vaya”.

La película es una radiografía de los retos, la rebeldía, el descubrimiento de la propia feminidad de estas niñas en los tiempos del sexting, de Instagram y del twerking (baile que consiste básicamente en hacer vibrar el culo), parecido a lo que acá llamamos perreo.

La derecha conservadora, en especial la estadounidense, ha gritado histéricamente acusando a la película de inmoral y de promover la pedofilia, mostrando una vez más su hipocresía en el país donde Jeffrey Epstein y su red de pederastas era casi la nobleza, incluyendo políticos, presidentes, millonarios y príncipes reales. Se rasgan las vestiduras diciendo que las niñas provocan con su baile y sus trajes a los pedófilos, cuando todas sabemos que no importa qué ropa usemos, ni cómo nos portemos, la violencia machista siempre estará amenazándonos.

Se acusa al baile de hipersexual, recordemos que el charlestón, el tango, el mambo, el tambor y a casi todo baile se le ha acusado de lo mismo. Quizás lo que irrita verdaderamente a los críticos patriarcas es que estas niñas bailan para su propio placer, no están sometidas a la mirada masculina ni bailan para ellos.

Para mí, la película es un retrato empático y compasivo del paso a la adolescencia de una niña negra, pobre, hija de religiosos, y que trata de hacerse un lugar propio en el capitalismo consumista pseudoliberado del París de la periferia pobre.

La moralina conservadora se ensañó con esta película, al extremo de que su directora, Maimouna Doucouré, una mujer de Senegal, ha recibido muchas amenazas de muerte, y han pedido que la plataforma de streaming que la distribuye saque a la película de su parrilla.

Seguramente estos talibanes de las buenas costumbres son los mismos que se oponen a la educación sexual en las escuelas, a que se respeten los derechos sexuales y reproductivos de niñas y mujeres, y que las mujeres tengan la soberanía sobre sus cuerpos.
Esta película no hipersexualiza a las niñas. De ello ya se han encargado las letras de muchas canciones, la televisión, los concursos infantiles de belleza y la cultura patriarcal en su conjunto.