PERFIL | De cuando a Bolívar lo proclamaron Libertador

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Épica. Si se quiere encontrar el relato épico de la vida del Libertador, se puede leer en piezas literarias de ficción, como Venezuela heroica, de Eduardo Blanco, pero también en los documentos históricos, como el Acta del Ayuntamiento de Caracas del 14 de octubre de 1813.

En ese texto se describe a Simón Bolívar como “siempre victorioso y siempre triunfante de las huestes españolas que nos oprimían”, y se narra que “ha entrado ayer la segunda vez en esta capital, coronado de laureles, entre los vivas y aplausos más expresivos y sinceros de todos los cuerpos militares y civiles, del eclesiástico, con su prelado a la cabeza, de todas las personas más ilustres y notables del país, y de un pueblo numerosísimo que espontáneamente concurrió a recibirle, vencedor y glorioso, por haber dejado deshechas y aniquiladas las fuerzas enemigas que vinieron últimamente de España, en los campos memorables de Bárbula y Las Trincheras y encerrados sus miserables restos en Puerto Cabello”.

Con esa declaración, el órgano que encarnaba el poder patriota en medio de la sangrienta refriega con el imperio español, le otorgó dos títulos: el de “Capitán General de los Ejércitos de Venezuela, vivo y efectivo, con todas las prerrogativas y preeminencias correspondientes a este grado militar”, y el de “Libertador de Venezuela, para que use de él como de un don que consagra la patria agradecida a un hijo tan benemérito”.

El Ayuntamiento ordenó también poner carteles en todas las portadas de las municipalidades, la inscripción “Bolívar, Libertador de Venezuela”.

El homenajeado aportó lo suyo al tono épico del gran evento, cuando dijo: “Vuestras señorías me aclaman Capitán General de los Ejércitos y Libertador de Venezuela: título más glorioso y satisfactorio para mí, que el cetro de todos los imperios de la tierra”.

El acto solemne se realizó en la iglesia de San Francisco, en el mero centro de Caracas, apenas a una cuadra de la plaza Mayor (que aún, obviamente, no se llamaba Plaza Bolívar) y a dos cuadras de la casa familiar del Libertador. El encargado de entregarle los dos títulos fue el gobernador de la ciudad, Cristóbal Mendoza.

Bolívar aceptó el honor, pero quiso hacerlo extensivo al órgano que le había otorgado el mandato de actuar y a quienes habían luchado a su lado en la fulminante Campaña Admirable. Así lo dijo: “Vuestras señorías deben considerar que el Congreso de la Nueva Granada, el mariscal de campo José Félix Ribas, el coronel Atanasio Girardot, el brigadier Rafael Urdaneta, el comandante D’Eluyar, el comandante Elías y los demás oficiales y tropas son verdaderamente estos ilustres libertadores. Ellos, señores, y no yo, merecen las recompensas con que a nombre de los pueblos quieren premiar vuestras señorías en mí, servicios que éstos han hecho. El honor que se me hace es tan superior a mi mérito, que no puedo contemplarle sin confusión”.

El tono de epopeya del acta y de la contestación de Bolívar no eran cosa de marketing político, como se diría hoy, sino una reseña bastante justa de lo que había ocurrido: Bolívar y su ejército se habían venido desde Cúcuta hasta Caracas, llevándose por el medio a cuanta tropa realista intentó detenerlos, escribiendo así un tramo memorable de nuestra historia militar, en un período en el que la guerra era extremadamente encarnizada.

Bolívar, que era líder militar y político al mismo tiempo, no desperdició oportunidad para reivindicar al Congreso de la Nueva Granada, que había dado el impulso inicial a la gesta. “El Congreso de la Nueva Granada confió a mis débiles esfuerzos el restablecimiento de nuestra República. Yo he puesto de mi parte el celo; ningún peligro me ha detenido. Si esto puede darme lugar entre los ciudadanos de nuestra nación, los felices resultados de la campaña que han dirigido mis órdenes, es un digno galardón de estos servicios, que todos los soldados del ejército han prestado igualmente bajo las banderas republicanas”.

El reconocimiento de Caracas, su ciudad natal, tuvo, sin duda, un significado especial para Bolívar, pero no fue el primer lugar en el que se le llamó Libertador. En el trayecto mismo de la Campaña Admirable, Mérida se había adelantado, al hacerlo el 23 de mayo de ese mismo año 1813.

Cuando la ciudad andina lo ensalzó de ese modo, la operación de restablecimiento de la República apenas comenzaba. Todavía le faltaba a aquel ejército recorrer el enorme espacio entre la cordillera andina y el valle capitalino. En la ruta, a su paso por Trujillo, Bolívar puso otro hito en la historia de la Independencia, al firmar, el 6 de agosto, el contundente Decreto de Guerra a Muerte, un gesto que –como bien lo dice Augusto Mijares, en su libro, El Libertador– fue “en respuesta a las crueldades de Domingo Monteverde (el jefe realista de ese tiempo) y sus favoritos”.

El homenaje pudo haber envanecido a Bolívar, que para ese momento solo tenía 30 años de edad, pero en su respuesta al Ayuntamiento se mostró humilde y agradecido. “Penetrado de gratitud he leído el acta generosa en que me aclaman Capitán General de los Ejércitos y Libertador de Venezuela. Yo sé cuánto debo al carácter de vuestras señorías, y mucho más a los pueblos, cuya voluntad me expresan; y la ley del deber, más poderosa para mí que los sentimientos del corazón, me impone la obediencia a las instancias de un pueblo libre, y acepto con los más profundos sentimientos de veneración a mi patria y a vuestras señorías, que son sus órganos, tan grandes munificencias. Dios guarde a vuestras señorías muchos años”.

Así era nuestro Libertador: épico en la acción y también en la palabra.
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No se durmió en los laureles

El documento del Ayuntamiento de Caracas dice que Bolívar entró a la ciudad “coronado de laureles”, pero el joven Bolívar no se durmió en ellos. Según Augusto Mijares, no pasaron dos semanas antes de que el recién proclamado Libertador y Capitán General de los Ejércitos tuviera que cabalgar de nuevo y hacer la guerra. Lo que le esperaba desde aquel mes de octubre de 1813 era candela pura.

“Aparte de los ejércitos regulares de uno y otro contendiente, innumerables guerrillas aparecían en todo el país, tanto por el Rey como por la República”, señala el historiador.

Mijares explica que tras la aclamación de Bolívar comenzaba una nueva época que intentaba edificarse sobre las ruinas del sistema político y legal, pues la revolución de 1810 y 1811 había destruido las estructuras coloniales, y la caída de la Primera República había abortado las nuevas instituciones.

Ya con su título a cuestas, pasaría por múltiples victorias y derrotas, glorificaciones y satanizaciones. Tal sería su vida los siguientes 17 años, hasta aquellas últimas reflexiones, en Santa Marta: “Habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad”.

El hombre a quien Caracas había honrado como su hijo más prominente, murió desterrado y despreciado, demasiado lejos de la épica de las acciones e, incluso, de las palabras.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ