EstoyAlmado | Docencia autoproclamada

Manuel Palma

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Dar clases no estaba entre mis prioridades hasta hace unos meses, pero la pandemia cambió eso. El inicio del año escolar no solo comenzó para mis retoños, también para mí. Al igual que miles en el país soy un improvisado docente a medio tiempo en casa; sin saber cómo dar materia en un tercer nivel o en quinto grado. A aquellos que ya lo han hecho con éxito no queda más que admirarlos. Esta nueva habilidad puede sumarse como una más de las tantas instauradas a la fuerza por la pandemia.

Algo difícil de esta modalidad es fijar una rutina que intente asemejarse a la dinámica de las clases presenciales del pasado, pero con la ausencia del resto de los niños. Eres tú y tus niños, tratando de ser el maestro que no eres; e intentando registrar todo en video para demostrar en el grupo de wasap del colegio que eres un padre responsabilísimo en el cumplimiento de las clases. Por momentos prevalece más esa presión por la reputación, que verificar si verdaderamente el niño aprendió algo al final de la jornada.

En las clases a distancia, el horario es crucial. Dar clases y que los hijos-alumnos hagan la tarea en tramos dispersos en todo el día es nuestro peor fracaso. Por lo visto la finalidad es que el ‘horario escolar’ no se diluya o se confunda con alguna actividad propia del hogar. En mi caso, por ahora, los objetivos planteados no han sido logrados. De forma espontánea, los familiares pueden interrumpir cada 10 minutos y hasta se arrogan la potestad de sembrar dudas en las materias dadas.

No es tan fácil que el entorno familiar asimile que estamos dando una clase. Y mucho menos si no hay un espacio habilitado para tal fin. Si, por ejemplo, estás en la sala de tu casa intentando dar una clase de ciencias sociales, cualquiera “puede pasar un momentico” y darle un pancito al niño o a la niña porque “tiene esa criatura todo el día ahí sin comer nada, ¡le va dar algo!”.

Los niños, por su parte, pueden responder a esta nueva modalidad de clases con nuevas tácticas: un permiso para ir al baño o tomar agua es una ocasión ideal para evadir la clase hogareña o distender la obligación de la tarea a culminar. En todo caso, siempre será necesario fijar algo parecido al recreo que tenían en el pasado. Como docente autoproclamado hay que saber cuándo pueden disfrutarlo.

También hay factores externos que pueden poner en riesgo tu misión educativa. La mejor clase de vocales o matemáticas que habías preparado el fin de semana queda en el olvido con dos mensajes de wasap que lo cambian todo: “bajeenn que acaba de llegar la caja”, o el esperado “se pondrá el agua solo 20 minutos”.

En esta modalidad de clases a distancia el contenido es un punto álgido. Si bien hay un esfuerzo del Estado mediante la llamada teleeducación, esa acción sin la participación de los padres no surtirá ningún efecto. Tampoco se trata de encargarle a la TV la formación del niño, y dedicarse a otras actividades. Ahora más que nunca, los padres necesitamos de la experticia pedagógica de los docentes en la definición, en el abordaje de materias, planificación de actividades, ejecución de tareas y métodos de evaluación según corresponda al nivel escolar.

Por encima de las dificultades y limitaciones derivadas de la crisis económica, como docentes usurpadores de facto que somos, necesitamos que los verdaderos maestros nos orienten sobre cómo los niños pueden aprender mejor en casa, sin que se distraigan por el nuevo mundo que acaba de salir en Minecraft o el nuevo capítulo de Peppa.

Manuel Palma