PARABIÉN | Naufragio de uno, naufragio de todos

Rubén Wisotzki

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1.

Un señor llamado David Malpass es el presidente del Banco Mundial, una institución que para usted y para nosotros representa un “malpase” de la construcción planetaria de un sistema de relaciones, económicas principalmente, que incide, directa o indirectamente, en nuestra suerte como ciudadanos, como sociedades, como pueblo. Para mal.

Robe o no robe, preste o no preste, ayude o no ayude, este tipo de organizaciones denotan, como mínimo, que en el fondo no sirven a la estructuración de un mundo de iguales, sino todo lo contrario. Digamos, para no enredarnos, ni demorarnos, que el principal accionista es Estados Unidos. Para mal.

Este pasado lunes, el señor Malpass ofreció una conferencia en la Escuela de Finanzas de Frankfurt, Alemania, que fue más bien la declaratoria infame del fracaso de un sistema global, que es el capital (no perdamos nunca de vista que por un porcentaje aplastante el capitalismo impera y con él sus consecuencias, ¿o no?), ante un mal que podría presentarse, en modalidad de catarata, por todos los continentes. Allí, en Frankfurt, hizo público el señor Malpass que a raíz del coronavirus, entre 110 y 150 millones de personas se agregarán a la terrible y vergonzosa categoría contemporánea de “pobreza extrema”. Mal, muy mal.

2.

Hay tanto que decir al respecto, que sin lugar a dudas sería más y mejor dicho en bocas de individuos con muchísima más autoridad que la de uno (un simple conciliador de unas pocas ideas), –e indudablemente, y principalmente, en la propia boca de cualquiera de esos 110 y 150 millones de personas–, que no podemos pasar por alto la vergüenza. O, mejor dicho, todo es una vergüenza. La primera vergüenza la recibe la vida, la vida misma. Luego que cada quien elabore su lista personal.

3.

(Paréntesis): No deja de impresionarnos, de conmovernos, que lo más probable es que solamente una mínima parte de ese terrible universo de seres humanos, que es lo que son y no unas cifras ahí, soltadas en un elitista espacio, se habrá enterado de esta terrible noticia que protagonizarán ellos y sus descendientes.

3.

Pero, dicen, en todo mal hay un bien. Y si bien el bien, permitan la cacofonía (especialmente ante tanto mal), requiere en primer lugar una elaboración de internalización individual y, a posteriori lo posteriori, otra repetición de palabras a ser disculpada, hay un bien, entre tantos de tantos, que está en los discursos filosóficos, mucho más acá de Platón, Hegel, y Kant, entre otros. Y, una de las cosas más hermosas de la filosofía, cada lección es privada. Es decir, cada quien extrae el aprendizaje posible, y quizás también el necesario. El nuestro hoy lo representa “Naufragio con espectador”, de Hans Blumenberg. Con su permiso, y para bien, hemos de compartirlo.

4.

Blumenberg propone la siguiente escena: Un navío con sus navegantes en medio de una terrible tormenta, enfrentando un oleaje implacable, con olas del tamaño de rascacielos, un viento huracanado que azota las velas con la violencia del látigo extendido, un diluvio que aspira a ser infinito, y la zozobra como cómoda pasajera de un futuro inmediato. A pocos kilómetros de allí, pero como parte también de la tormenta, un muelle, un llovido y ventoso andamiaje de sólidas y seguras maderas, y sobre él, debidamente protegido con su abrigo, botas e impermeable, un observador. Habla el filósofo alemán de un testigo de excepción que, en la mayor de las seguridades posibles, forma parte del siniestro cuadro.

5.

Es aquí, o ahí, ante el naufragio inminente, que Blumenberg se pregunta, pregunta, nos pregunta: ¿Está a salvo el espectador? Sin dudarlo, responde: No. Sobrevivirá seguramente su cuerpo, su físico, su ser material, pero su alma, su espíritu andará desde ese momento más muerto que el día anterior ante el horror que padeció un semejante. Hasta el más insolidario ser humano vivirá lo que le queda de vida marcado por esa experiencia y su conducta, su proceder, ante el fenómeno.

Pero, ¿qué podía hacer? Quizás no podía hacer nada. Pero quizás, sí. El análisis de la resolución de este problema está en el pensar de uno. ¿Lanzarse al agua y compartir, casi seguro, la suerte de los infelices naufragantes? ¿Gritar a viva voz algunas sugerencias? ¿Llamar a alguien o ir por ayuda? ¿Qué hacer?

Más allá, o más acá, de lo que se decida, hay una primera tarea de salvamento que nos atañe a todos por igual: Saber y concientizar que la suerte de quien zozobra es la suerte de uno. Ya lo dijo el poeta metafísico John Donne: todas las campanas suenan por el finado, pero también por ti. En menor o mayor medida, bajo esa extraña vara que se aplica en la subjetiva sensibilidad, la suerte de uno es la suerte de todos.

En todo caso, y a riesgo ya del riesgo de la retahíla, nadie está a salvo si no está a salvo nuestro par. De esa escena marina no queda sobreviviente alguno. Todos, víctimas o no, somos ahogados por las mismas aguas embravecidas. Nuestro mejor salvavidas lo representa el Otro, si nos tiende la mano. A no olvidarlo. Para bien.

Rubén Wisotzki