CARACAS EN ALTA | La vergüenza

Nathali Gómez

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Dos conversaciones y una vivencia sobre la vergüenza de pertenecer a un determinado lugar se me han cruzado en la cabeza en días recientes. Las separan kilómetros de distancia y años pero sus líneas convergen en una misma idea: la incomodidad que hemos aprendido a naturalizar al hablar de nuestro origen.

La primera escena ocurrió hace más de 30 años, mientras mi abuela me cosía un disfraz de campesina antioqueña. Alrededor del ruedo del faldón negro, que forma parte del atuendo, van cintas con los colores de la bandera del país y del departamento. Con el amarillo, el azul y el rojo no hubo problema: Colombia y Venezuela tienen los mismos tonos en sus banderas.

Las dudas de ‘la mamita’, como aprendí a decirle a mi abuela materna, comenzaron cuando hubo que coser las cintas blanca y verde, que son los colores de la bandera de Antioquia. Ella temía que la gente en Caracas supiera que mi traje tenía alguna relación con Colombia y que se burlaran de mí o me rechazaran. Como una “solución”, ingeniosamente ubicó los colores con otra disposición para que nadie lo notara. Fue nuestro “secreto”.

La otra escena me la contó un petañero. Durante una extensa conversación recordó que años atrás, mientras hacía una cola para pagar servicios en el Centro Comercial Sambil, en Chacao, escuchaba los lugares que refería la gente cuando la cajera les preguntaba por la zona donde vivían: La Urbina, La California Norte, El Llanito. Cuando le tocó su turno, y le hicieron la misma pregunta, soltó con voz firme: Petare. La mujer que lo atendía quedó petrificada y le dijo que en todo el tiempo que había trabajado allí, nadie le había referido que vivía en esa zona.

En cuanto a la vivencia, recuerdo que mientras estudié en la UCAB solía ser una complicación decir que vivía en el centro de la ciudad, cuando algún conocido me ofrecía la cola. Al mencionar ‘La Candelaria’ algunos arrugaban la cara pensando que traerme a casa era tentar un peligro desconocido. Otros abiertamente decían que llegar a mi parroquia era desviarse mucho y que si me servía Plaza Venezuela, como el límite entre lo “feo” y lo “bonito” de Caracas. En esos años sentía que era yo la que estaba mal ubicada en el mapa de la ciudad.

El trabajo, mi posición política, el amor por mi familia y las experiencias de otras personas que fui conociendo fueron el abono para conectarme con esa esencia que yo misma había acallado desde muy pequeña. Poco a poco fui convenciéndome de que era un orgullo para mí ser hija de una colombiana y vivir en el centro, ante mi creciente demanda de una identidad. La reapropiación de nuestro origen, y lo digo con una certeza contundente, es una de las mejores formas de perdonarnos tantas omisiones, secretos y silencios. La vergüenza es negarnos.

Nathali Gómez