PARABIÉN | Ranciere, la pieza

Rubén Wisotzki

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1.

Pasa a menudo que no podemos sacarnos de encima una colección de imágenes. Día tras día, ahí están, reiteradas, repetidas, insistentes. Imágenes de rostros, lugares, instantáneas, escenas vividas. Estamos caminando, bajo sol, bajo lluvia, solos o en compañía, y aparecen, así sin más, a veces sin motivo aparente, a veces con todas las razones del mundo acompañándolas. No nos cuesta mucho suponer que hay otro Yo, otros Yoes, viviendo en paralelo otra realidad que la que nos construye en el día.

2.

Avalen con indulgencia esta metáfora: si se pudiesen recortar estas imágenes, si cogieran cuerpo, físico, presencia real, imagínese cada una de ellas con sus curvas suaves, o violentas, sus líneas rectas, largas o cortas, como piezas de cartón y color, propias de los rompecabezas, lanzadas sobre una mesa y esperando que llegue uno, -¿o alguien?-, a ordenarlas adecuadamente, calzada cada una en su sitio, y así con figurar el mosaico, el paisaje, la escena, eso que somos hoy, pero aún en plena edificación. Y que, como toda construcción, será polvo, más tarde o más temprano.

3.

En estos días aparece, discúlpese el confesionario (pero se hace en armonía con lo que viven algunos de ustedes lectores en estos días), y como una selección apropiada para este espacio, la imagen de una ‘reídora’ Ann Elizabeth Wisotzki, la imagen de un día de infancia en la plaza, comiendo una manzana acaramelada como si fuera un helado y el señor Horst enseñando a compartirla con otro niño que la velaba, la alegría del ya no pequeño hijo al compartir sus nuevos conocimientos, los silencios de los otros hijos, ya mayores, las cosas que nos faltaron por decirnos y que será en la próxima llamada. Son imágenes de sangre, pero hay más, muchas más, vamos, ustedes saben, todos pasamos, de manera similar, por estas cosas propias del vivir.

4.

Por cómo va la vida, por su rapidez, por su aceleración, por su nerviosismo, por circunstancias ajenas a nosotros, -es usual considerar que los días de uno corren más rápidos que los días de otras generaciones-, hemos decidido, hace ya varios años, anotar en un cuaderno, en una hoja, en una pantalla, hasta en el margen de un volante que ofrece ofertas insuperables, lo recordado, lo presenciado, lo vivido, aquello que el día presenta como menú en esa, a veces plena de extrañeza, secuencia espontánea de imágenes.

Entre esos recuerdos, esas imágenes, esas anotaciones, esa pieza del rompecabezas, está la del filósofo, argelino de origen, francés de nacionalidad, Jacques Ranciere. Ahí están sus libros, sus escritos, sus ensayos, sus propuestas. Afortunadamente, más de uno de sus títulos ha estado en más de una Filven. Anoto tres solamente para no ser más cansino: “El maestro ignorante. Cinco lecciones para la emancipación intelectual”, “El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética”, y “Aishtesis: escenas del régimen del arte”.

5.

En estos días pandémicos, los filósofos de este presente virtual, brillantes pensadores que viven tanto en las redes como en sus casas (la descripción ni pretende ser irónica ni descalificadora, pero sí pretende señalar algunos desbordes), han salido al escenario a brindar consideraciones, algunas intempestivas, en un respetable esfuerzo de interpretar qué es vivir hoy. ¿No resulta acaso apresurado salir a responder cuando la pregunta aún está viva y no ha cerrado su signo de interrogación? A nosotros, sí.

Por eso hoy, para bien, recordamos a Ranciere y lo citamos, y, al hacerlo, entendemos que una pieza del rompecabezas que somos ha quedado encajada a la perfección. Dijo el apreciado filósofo en una entrevista ante las preguntas “¿Cómo analiza este período de crisis? ¿Y cómo vivió este confinamiento?”:

“Lo veo como un momento en el que es mejor suspender los grandes análisis sobre la relación entre el hombre y la naturaleza. La naturaleza en este momento son las flores que cuelgan en mi ventana y el mirlo cantando en el patio. ¿Cómo podemos analizar seriamente el estado del mundo cuando estamos en una situación en la que no vemos nada de él por nosotros mismos?”

Ahora, que el virus ya asoma su cabeza por segunda vez en Europa, cuando aún no la agachó, de manera contundente, por primera vez en algunos países de América, el llamado a la pausa de las grandes afirmaciones suena como el mejor llamado de ida hacia un lugar más seguro, más habitable, más igual y más mundo. Para bien.

Rubén Wisotzki