VITRINA DE NIMIEDADES | 74 años y una mínima historia

Rosa Pellegrino

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Este sábado cumple 74 años la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV), espacio que ocupa un lugar especialísimo en mi forma de ver el mundo. Es una dimensión diferente de la palabra “hogar”, un desafío irresoluto en mi vida laboral y, especialmente, un espacio donde las contradicciones, las dudas y las preocupaciones me ponen contra las cuerdas para reafirmar mi identidad.

Yo era la niña que papá soltó con temor para que ella viajara “todos los días” a Caracas, donde comencé a estudiar justo dos días después de la primera victoria electoral de Hugo Chávez. Cuando empecé, los periodistas eran una especie de “héroes” frente al descrédito del bipartidismo. Cuando terminaba, me interpelaban por haber estudiado una carrera de “mentirosos” y “manipuladores”. Hasta un trabajador del centro de copiado de la Biblioteca Central me decía que mi elección profesional era equivocada: estaba fresco el silencio informativo de abril de 2002.

Esa fecha me hizo entender, en medio de la inocencia que he procurado ir extirpando con los años, que la política está en todo, y no hablo de la simple militancia partidista, que se me da mal. Va mucho más allá de eso. Y, en mi caso, la cosa puede ser peor para los puristas: me enganché con el periodismo, ese oficio que busca plantear visiones de mundo. ¡Qué mayor acto político que su ejercicio!

Ese pequeño atisbo de lucidez se fue cosechando en las aulas, en el cafetín y en las conversas vividas en el sitio predilecto de la Escuela: los banquitos, donde muchos aprendimos a ver con angustia, alivio, humor, amor, desencuentro y tristeza, según las circunstancias diarias, ese camino que queríamos trazarnos como profesionales.

Y esa senda se marcó con una agenda “fija” que sigue dando los mismos dolores de cabeza: un pénsum con 33 años, que se aprobó cuando yo apenas empezaba la primaria, referente inicial para muchas escuelas de comunicación que nacieron luego de 1999; un conflicto no resuelto con la “tecnología”, el cuestionamiento a una formación que “privilegia” al Periodismo entre sus materias y los anhelos de quienes quieren formarse desde la especialización.

En medio de eso yo, que empecé haciendo mis prácticas en máquinas de escribir y termine entregando una tesis escrita en una PC, no solo me formé. Decidí formar a otros, con una cosecha que incluye una dedicatoria por haber hecho llorar “lágrimas de sangre” a un estudiante, cero popularidad y mi conflicto no resuelto con la tarea docente, que casi abandono, más allá de los salarios, porque siento que aún no concilio al 100% la vida académica con la vida del ejercicio profesional, que absorbe sin contemplaciones.

Para mí, el Periodismo tiene futuro (perdón, reyes de las redes sociales), pero urge pensar en formas distintas para ejercerlo y enseñarlo. Mi sueño al viento es convertir la Escuela en un gran laboratorio, donde se practique y se discuta para aprender. Donde los estudiantes dejen de pensar que la universidad los estafa –aunque deba advertírseles: sigan estudiando apenas salgan del Aula Magna- y donde uno, el docente, sienta el placer de enseñar con el debate sincero y la praxis apasionada.

Mientras esperamos que la pandemia nos deje sentarnos de nuevo en los banquitos, vamos a ir soñando. Quizás nunca estaré a la altura de un Federico Álvarez o un Héctor Mujica, pero si logro unir en perfecta armonía las aulas con la energía de “patear calle”, me daré por servida.

Rosa Pellegrino