EN PIE DE PAZ | El antiimperialismo está intacto

Isaías Rodríguez

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América Latina se ha propuesto confrontar el sometimiento que Estados Unidos ha impuesto a nuestra región. Cualquier test, consulta o encuesta no manipulada constata bien estos hechos. El desafío permanente al sistema injusto y desigual es una decisión construida en colectivo con base en caídas, frustraciones, pequeñas y grandes victorias, enfrentamientos, triunfos y derrotas.

Existe un acumulado de experiencias y convicciones sociales, políticas y económicas, que se levantan para ofrecer su resistencia constante a un imperio que no cesa en su afán de dominación. A pesar de las manipulaciones y de las confusiones sembradas para atemorizar la democracia y desinformar a las mayorías ciudadanas, la resistencia crece y se mantiene.

Los recientes resultados de las elecciones en Bolivia, el aparente reconocimiento de su triunfo por los más enconados enemigos, la conmemoración en Chile al estallido social de 2019, la minga colombiana que recorrió medio país para denunciar la criminalización de las políticas gubernamentales, y la firme y honrosa resistencia de los venezolanos a las medidas arbitrarias y unilaterales de Estados Unidos, son claras señales de que no es cierto lo que algunos predicen sobre el declive del ciclo político antiimperialista en América Latina.

No es fatal este orden para colonizar ni es, tampoco, una realidad permanente. La sociedad en nuestra región no está sujeta a una condena ineludible. No es verdad que el supuesto control norteamericano sea inevitable y haya sido creado por las leyes inmutables de la naturaleza o por inefables leyes del mercado.

Es lo que nos han incrustado desde el individualismo, desde los mitos dominantes y desde las redes intersubjetivas de la comunicación. Leyes, dioses, dinero y cultura han sido insuficientes para detener el empuje de los pueblos que anhelan su liberación. Un orden alternativo ha echado raíces en nuestro continente y ha transformado el pasado y el presente para elaborar un futuro menos frágil. Han podido acceder a relatos silenciados de nuestra historia con el fin de actualizar el presente y confirmar un discurso y un hacer con creencias objetivas para la nueva independencia.

El agresor hostiliza, despliega ejércitos, instala asesores en las fronteras, financia falsas ayudas humanitarias, chantajea con guerras de diversos tipos y auspicia descontentos que conducen a organizaciones religiosas, partidos políticos, organizaciones empresariales y a sus directivos a negar lo que antes afirmaron con decisiones personales no debatidas en asambleas institucionales.

La agresividad intenta reeditar la subordinación servil y la restauración conservadora que gobiernos latinoamericanos y europeos se prestan a construir. Confrontan la libertad con la igualdad como si fueran conceptos enfrentados mientras el pueblo obvia el engaño asumiendo la igualdad como un derecho que implica la libertad de todos. Las élites rechazan esta idea y niegan el sufragio como reivindicación de la libertad.

Contradictoriamente, sin embargo, llaman a la abstención, difieren los momentos electorales, disfrazan con consultas y plebiscitos la democracia directa e intentan por todas las vías eludir los procesos constituyentes originarios; para ellos, solo existe una maquinaria de crear y consolidar desigualdades.

Lo de Bolivia no es un hecho aislado. Más allá de los cargos electos a la Presidencia, vicepresidencia y Poder Legislativo, la participación popular ha sido masiva. Las amenazas del Gobierno de facto y el covid 19 no detuvieron los movimientos populares. Indígenas, organizaciones sindicales y sectores que se habían alejado comprendieron la necesidad de derrotar unitariamente a los grupos comprometidos con el regreso a la exclusión y al coloniaje. Los mineros y los campesinos y buena parte de la clase media contribuyeron a la victoria contra el enemigo de clase.

Isaías Rodríguez