EL QUE BUSCA ENCUENTRA | 12 rutinas

Henrietta Saltes Zamora

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Esta pandemia nos ha obligado a reinventarlo todo, pero también a agregarle elementos a nuestras vidas que ni nos pasaban por la mente hasta hace nada. Gente que por obligaciones laborales no tenía tiempo de prestarle atención a su familia, se ha dado a la tarea de re-conocerse mutuamente. Las concepciones de hogar bien pueden haber cambiado para mejor y muchos han tenido el privilegio de generar y recibir más cercanía y amor con sus seres queridos y allegados. Se han incrementado algunas diferencias dando paso a unos cuantos divorcios, pero creo que han sido más las ganancias que las pérdidas y más las uniones que las separaciones.

Las rutinas han variado y con ellas, los hábitos. Lo que al principio de la cuarentena se pudo sentir como forzado, luego se fue relajando y gracias a ello hemos mejorado en nuestro trato, hemos reflexionado -nos ha sobrado tiempo- sobre nuestras relaciones con todos, con todo. Nos hemos cuestionado conductas anteriores y nos hemos dado el permiso de erradicar lo negativo, personalmente hablando. Todo eso es bueno.

Cuando se habla de rutinas no a todos les gustan. Hay gente que necesita más improvisaciones y menos lineamientos para sentirse un poco más libres. Generalmente son de espíritu aventurero o artístico, bohemio, mundano, muy inquietos. Pero el punto es que todos tuvimos que ajustarnos a ese nuevo esquema, arroparnos con la misma cobija y sacarle un provecho que ahora agradecemos o agradeceremos más adelante, seguro. Son muchos los beneficios de las rutinas: la disciplina es uno y muy importante. También la constancia, la concentración, la efectividad; en el trabajo, en la casa. Pero poder decidir qué tiempo dedicarle a qué personas, a qué cosas o actividades, porque “se le domina”, es excelente. Eso no impide la espontaneidad o el factor sorpresa agradable en la vida, más bien le da cabida, le abre espacios.

Pero hay una abismal diferencia entre rutinas positivas y negativas, que se transforman en malas costumbres o malos hábitos. Por ejemplo, hay una rutina bastante lamentable (y de la que no nos hemos podido deslastrar hasta ahora), que es la de malacostumbrarse a que los delincuentes como Leopoldo López no solo reincidan en sus malas mañas sino que de paso se fuguen ante -cliché mediante- la mirada atónita del pueblo frente a unas instituciones del Estado, que parecen impotentes o incapaces de cumplir sus deberes y retribuirle lo que sea que al respecto se pueda llamar esfuerzo en el uso y abuso que le piden hacer del recurso vital de la resiliencia. Pedir aguante es rutina. Y la gente aguanta, ajá, pero ¿y el queso a la tostada?

El aguante de aceptar que le fueran otorgados beneficios extraordinarios desde el primer momento de su entrega hasta el de casa por cárcel, por ejemplo. Todo un príncipe. “Cárcel” de la que terminó escapándose -como todos- con la ayuda de altísimos funcionarios “de confianza” cuya responsabilidad era la rutina de vigilar que no lo hiciera. Escape que devino en otro de tantos intentos de subvertir el orden institucional y nacional por la vía de un escueto pero igualmente peligroso golpe de Estado, que para fortuna de los venezolanos no se pudo llevar a cabo. Su prontuario es prolijo en rutinas malignas.

Intento que fue acompañado por la rutinaria presencia del presidente imaginario auto-proclamado, que hace rutinariamente lo que le da la gana en una anomia que supera el oprobio porque los poderes públicos del Estado, entre cuyas atribuciones está la de encausarlo por sus delitos, no reaccionan a tiempo. De ahí la rutina de pasar agachados.

Algunos dicen rutinariamente que “no es el momento de actuar” y que permitírselo encaja dentro de una estrategia muy particular, pero para la ley no debe haber recreos. La ley se tiene que aplicar y punto, porque si no, no es ley sino una guachafita hecha rutina. Pero para qué lo digo, si siento que aquí todo el mundo ya sabe eso… Será que nos tendremos que hacer la pregunta de rutina: ¿Guaidó también se va a fugar y lo más triste es que lo sabemos? Si sí, qué lamentable, compatriotas.

Malacostumbrarse a la rutina negativa aquí expuesta, en paralelo a los argumentos y chistes que algunos esgrimen para obviar errores fundamentales (que se pagan muy caro), creo que es otra rutina insana. Hay un grupo de venezolanos que no está ni a gusto ni de acuerdo con la manera rutinaria en que se están atajando algunas cosas, y ve con amargura la foto completa, no una partecita, de esta comiquita de “gobierno interino escogido a dedo versus gobierno legítimamente electo” en la que nos hemos convertido. Yo estoy en ese grupo, para que sepan que esta boca es mía. No me acomodo (ni tengo por qué) en ningún mal hábito que constituya un agravio para la nación toda, desde todo punto de vista, según mi punto de vista.

He visto que tomar a Lilian Tintori de recurso para la burla también se ha convertido en rutina, y no es que su accionar no parezca risible, pero creo que no debería servir para suplantar la médula del asunto. Ella pudo haber dicho misa, ¿y eso qué nos importa, ante el asedio y despojo al que estamos sometidos ahora? Al final, siento que es una burla hacia nosotros mismos y oxígeno que ella no necesita. A veces me parece que son ellos los de la risita. Cuando escucho o leo “hay que dejarlos quietos para que se cocinen en su salsa”, me pregunto: ¿cuál salsa, la de los más de 30 mil millones de dólares que se ha hecho rutina robarnos en el extranjero? Yo a toditos ellos los veo, si no contentos, al menos cómodos.

Creo que ahora más que nunca es pertinente hacer una rutina extra de observación y ponerse más en los zapatos de cada venezolano que perdió la vida y en los de sus familias, en todas las ediciones de las fachoguarimbas que está de más decir que no son huérfanas de autoría intelectual, patrocinio y protagonismo. Podemos dar y mantener aún más muestras de respeto, consideración, ética y madurez política -y más si se es revolucionario- y eso no empobrece ni enriquece a nadie, como se dice rutinariamente en las camioneticas.

Asunto de cada uno, como decía mi abuela.

Henrietta Saltes Zamora