RETINA | Sangre de titán

Freddy Fernández

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Sostiene el mito griego que la humanidad surgió de las manos del titán Prometeo, una deidad que existía desde antes de los propios dioses del Olimpo, y que quiso que su creación se elevara hasta la propia estatura de los dioses, a pesar de saber que por ello sería castigado por la eternidad. Lo sabía porque Prometeo podía ver el futuro.

Todas las revoluciones populares, cuando son verdaderas, son también un esfuerzo prometeico. Se proponen lograr para la humanidad mejores condiciones que las que otorga la precariedad que generan las sociedades clasistas y siempre saben, o deberían saber, que serán agredidas, calumniadas, saboteadas y bloqueadas.

Dice el mito que fue con arcilla de Panopeo, un pueblo antiguo que se situaba en la actual Grecia Central, que Prometeo moldeó a la humanidad. A ese barro, hecho antropomorfo, Zeus le insuflaría aliento vital.

Al principio la humanidad vivía en cuevas y se alimentaba de hierbas, frutas salvajes y carne cruda. Quienes se herían o enfermaban, morían muy rápido porque nada sabían los seres humanos.

No es de extrañar que la primera tarea emprendida por Prometeo fuera la de enseñar. Como ocurre hoy con las revoluciones populares, educar es la vía más clara y más rápida hacia la liberación. El antiguo titán instruyó a la humanidad en las artes y los saberes más útiles para superar la precariedad. Enseñó a construir casas, fabricar herramientas, arar la tierra, sembrar, cosechar, a moler, a cazar y a domesticar animales.

Sabemos, lo hemos aprendido en nuestra lucha, que ninguna liberación es posible si no se tiene acceso a la palabra. Prometeo dio a la humanidad el poder de la palabra. Enseñó los nombres de todas las cosas y también la escritura.

Prometeo era un titán y no un dios. Pertenecía a una estirpe derrotada y ajena al centro de poder que la mitología atribuía a los dioses olímpicos, cuya figura central era Zeus. Celoso de la de obra de Prometeo, el propio Zeus prohibió al titán enseñar el dominio del fuego a la humanidad. Sin el fuego, los seres humanos estarían siempre en desventaja frente a ese poder.

Prometeo sabía cuál era el castigo y cuál sería la vía que utilizaría el poder para imponerlo. Dijo a su hermano Epimeteo “… sobre todas las cosas una te pido: ¡desconfía de los obsequios que te pueda hacer el taimado Zeus!”. Como en las revoluciones, Prometeo esperaba que no se vendiera su hermano.

El amor a la humanidad era más grande que el miedo al castigo. Prometeo entregó el fuego a la humanidad. Fue, en términos mitológicos, un hecho revolucionario. El poder reaccionó ante esta revolución como sabemos lo hace. A través de Epimeteo abrió la caja de Pandora, el recipiente que contenía las desgracias. Las plagas, el dolor, la pobreza, las enfermedades y el crimen, estaban entre ellas.

Prometeo fue encadenado a una roca para siempre. Un águila siempre devoraría su hígado. Él era inmortal. Cada noche se regeneraría el órgano y cada día sería dolorosamente arrancado.

La condena había de ser eterna, pero un día Hércules lo liberó matando con una flecha al águila. Liberado, Prometeo estaba obligado a portar un anillo que tenía un trozo de la roca a la que fue encadenado.

En Kafka, Prometeo ahogó al águila con su propia sangre de titán.

Freddy Fernández | @filoyborde