CARNET DE IDENTIDAD | Plaza liberada

Hindu Anderi

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«Yo pisaré las calles nuevamente
De lo que fue Santiago ensangrentada
Y en una hermosa plaza liberada
Me detendré a llorar por los ausentes…»
Pablo Milanés

Cómo no escribir hoy sobre Chile si Chile es una herida que aún late en el cuerpo del continente, como laten los más de 3 mil corazones que se llevó el fascismo y las más de 40 mil vidas presas, truncadas, frustradas.

Cómo no sentir y pensar en lo que sintieron y pensaron quienes, este 25 de octubre, pisaron nuevamente lo que fue Santiago ensangrentada y en esa hermosa plaza liberada, ahora Plaza de la Dignidad, se detuvieron a llorar y brindar por los ausentes.

Ese decreto del trovador cubano Pablo Milanés que parafraseamos todos y todas hoy, se hizo realidad después de una larga lucha y de muchas heridas y muertos. Después de vivir dolor, tortura, explotación y mucho silencio, en un país que fue por breve tiempo, con Salvador Allende, una esperanza para el continente. Porque la lucha por cambiar la Constitución que les dejó el fascista Augusto Pinochet, es tan larga como largo es el mapa austral que el Plebiscito llenó de colores como hace mucho tiempo no ocurría.

Pinochet, encumbrado luego del golpe del 11 de septiembre de 1973, que apoyó el gobierno de Estados Unidos a través de la CIA, impuso una Constitución en 1980 que le facilitó mandar por más de dos décadas, aunque su influencia se extiende hasta estos días, y con la cual pretendió amarrar al pueblo chileno a un sistema represor, castrador, opresor y perseguidor por siempre. Un gobierno militar y fascista que arrojó fuera de sus fronteras a cientos de miles de chilenos y chilenas que buscaron, no mejoras económicas necesariamente, sino salvar sus vidas fuera de su tierra malherida.

Las leyes que se sustentan a esa Ley suprema y que forman una casi perfecta y espinosa macolla, protegen fundamentalmente a esa clase que engordó sus cuentas bancarias con la miseria del pueblo, que veía como la mediática nacional e internacional nos mentía descaradamente, cuando dibujaba un Chile tipo Suiza, «Oti-otizado», y que le colocaba en la cúspide de las “democracias” del continente, y ¡cuidado si del mundo entero! Ese mundo que no recuerda las cifras de reducción del PIB y el desempleo galopante por años que provocó la crisis económica parida por la dictadura.

Un Chile donde estudia quien puede, donde se expresa quien puede, donde se cura quien puede, donde puede quien puede. Porque el querer se fue limitando a los afectos que hablaban bajito -incluso para que las paredes no escucharan- y no cruzaban miradas para no ser sospechosos a los esbirros y sapos de esa dictadura, que se eternizó en los nombres de calles, avenidas y plazas, para que los ciudadanos de ese país no olvidaran los rostros de aquellos quienes les martirizaron y cortaron sus sueños de juventud.

Ahora sí se han abierto las grandes alamedas de las que le habló a su pueblo Salvador Allende, porque se han abierto para iniciar un camino, una ruta hacia la nueva Constitución, que deberá ser de las mejores y más avanzadas del continente, porque le seguirá a las constituciones primas de este siglo que se dieron con la participación del pueblo.

Ahora el reto es conformar una sólida y duradera Unidad Popular que trascienda los intereses, egos, miserias; sin traiciones que puedan ser obstáculo en el camino hacia la conquista de la paz, la justicia social y la real democracia, tan anheladas.

Es la hora del Cóndor sin el plan del tío Sam, es la hora del verdadero milagro chileno, la hora de chilenos y chilenas, quienes junto con y desde las organizaciones populares empujaron la esperanza para esta primera victoria. Es la hora de dejar el luto que provocó la maldad de quienes vivieron de la muerte. Es la hora de Amanda, Manuel, Víctor, Pablo, Violeta, es la hora del corazón al Sur. Gracias Chile por renovarnos la esperanza. Nos vemos pronto para celebrar nuevamente en esa hermosa plaza liberada.

Hindu Anderi | @AnderiHindu