HISTORIA VIVA | Los pactos del hegemón

Aldemaro Barrios Romero

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El 31 de octubre de 1958 se firmó en Caracas el Pacto de Puntofijo. Fue la consumación de un proceso que Rómulo Betancourt promovió desde Puerto Rico y Estados Unidos, en los últimos años de su exilio, cuando le exigieron las suficientes garantías para ejecutar un apoyo de ese Gobierno a las incertidumbres políticas venezolanas.

EEUU no daba ningún paso sobre un asunto geopolítico si no aseguraba sus intereses y que no diera oportunidad a los soviéticos u otra potencia europea para cautivar los ingentes recursos petroleros de los que disponía el continente, y con los cuales se habían beneficiado las transnacionales petroleras norteamericanas desde los años 20.

La Stándar Oil, bajo la conducción de la familia Rockefeller, había anclado sus taladros petroleros tan hondo y profundo en suelo venezolano, como la presencia de Nelson Rockefeller en la cúpula de inteligencia y seguridad del gobierno de Eisenhower. Rockefeller, un próspero y multimillonario empresario petrolero, altruista y simpático, que quizás no hallaba qué hacer con tanto dinero, decidió «divertirse» un tiempo como jefe de un comité de operaciones especiales de la más alta confianza del Gobierno de EEUU.

Nunca nos imaginamos a Nelson Rockfeller como un policía, pero en la realidad hizo propuestas y gestiones en el Grupo de Coordinación de Planificación, una suerte de Unidad Operaciones Especiales [1] para impulsar proyectos tan descabellados como el MK Ultra, que luego diseñó métodos de torturas para «tratar» a fuentes enemigas a los intereses de EEUU. Estos métodos fueron elaborados por el psiquiatra estadounidense Donald Ewen Cameron en la Universidad McGill de Montreal, donde había fundado el departamento de Psiquiatría. Allí experimentó con enfermos mentales en ejercicios científicos tan sofisticados que pudieron confundirse con las más osados films de terror. Esos procedimientos fueron instituidos por el Pentágono para ser enseñados a oficiales de toda América Latina en la Escuela de las Américas, y fueron los mismos que les aplicaron a los militantes de izquierda detenidos por actividades subversivas en todo el continente en los años 60,70 y 80.

La combinación empresario/policía no era un asunto particular de un hombre con las características de Nelson Rockefeller, sino que constituía la estructura de un sistema de dominación político territorial que le ha funcionado a Washington y a las 8 corporaciones que controlan la Reserva Federal, principales mecanismos de poder de EEUU desde la segunda Guerra Mundial, y una de esas corporaciones perteneció y pertenece al Grupo Rockefeller.

Por ello, Rómulo Betancourt buscó afanosamente el padrinazgo de Rockefeller desde 1953. Y logró su apoyo a través de Serafino Romualdi, de la American Federation Labor, pero no fue hasta 1957 cuando por fin concretaron las garantías.

Betancourt llamó a sus comodines Rafael Caldera y Jóvito Villalba para reunirse en el Athletic Club de Nueva York en un primer pacto, vigilado por personal de ese Grupo de Coordinación y Planificación, con Maurice Bergbaum, quien luego fue embajador de EEUU en Venezuela. Estuvo presente el escritor colombiano German Arciniegas y el empresario transportista y encargado de franquicias norteamericanas en Venezuela, Diego Cisneros, de origen cubano, quien durante el gobierno de Betancourt recibió dinero del Estado para comprar Televisa, posteriormente convertida en Venevisión. Esa televisora fue luego transformada por su hijo, Gustavo Cisneros, en una de las más poderosas corporaciones latinoamericanas de comunicación, todo a fuerza del trabajo de quienes allí laboran, y por supuesto al empujón financiero de Betancourt, pero también por la astucia política de los Cisneros que, como Betancourt, hicieron lobby en Washington tanto con demócratas como con republicanos.

En Venezuela un terremoto social en forma de insurrección popular despertó los cuarteles para derrotar al dictador Marcos Pérez Jiménez en enero de 1958, mientras que en Washington ya se había decido la suerte del país suramericano con el Pacto de Nueva York refrendado después como Pacto de Puntofijo, nombre de la casa propiedad de Rafael Caldera, donde se firmó.

Pero el sisma social se expandía en América Latina al finalizar la década de los 50. Entonces la política exterior norteamericana se ponía a prueba en una oleada de alzamientos populares, que en Venezuela tuvo su máxima expresión antiimperialista con el rechazo popular a la presencia de Richard Nixon, vicepresidente de EEUU, en Caracas en mayo de 1958.

Nixon no cumplió con los protocolos diplomáticos requeridos y entró al país como «Pedro por su casa», fue recibido por manifestaciones que obstaculizaron la caravana y agredieron a la delegación norteamericana a punto de crearse un clima de intervención militar, que fue discutido en las más altas esferas del Departamento de Estado: «El Capitán Kefauver llamó para decir que tiene órdenes del Almirante Burke de enviar 500 marines aerotransportados desde Cherry Point, Carolina [del Norte], inmediatamente a Caracas, Venezuela, para asegurar la protección del vicepresidente Nixon y su partido. Los marines están listos para partir, y solo se requiere la autorización del Departamento de Estado”. El jefe del Departamento de Estado, John Foster Dulles neutralizó esa intención ordenando «abstenerse de enviar marines en ese momento y decirle a Kefauver que los marines no deben desembarcar en Venezuela sin el conocimiento y consentimiento del gobierno venezolano» [2].

El Pacto de Punto Fijo aún no se había firmado, pero la tensión entre el gobierno de Venezuela y el de EEUU llegó a términos humillantes ante el requerimiento de la embajada norteamericana de que el presidente de la Junta de Gobierno, Almirante Wolfgang Larrazábal, debía presentarse al recinto diplomático norteamericano. Cosa que ocurrió bajo la conseja denigrante de Eugenio Mendoza a Larrazábal.

Luego de este evento, el gobierno del presidente Eisenhower diseñó una gira por Suramérica para limar asperezas. La realidad es que la política exterior de EEUU siempre ha considerado a América Latina como su patio trasero, y solo cuando observaron amenazas comenzaron a mover la noria de la «buena vecindad». Así lo señala un documento del Departamento de Estado de 1960 recientemente desclasificado: «Ha habido algunas críticas en este país (EEUU) y en América Latina de que Estados Unidos ha dado una mayor prioridad a otras partes del mundo y ha prestado muy poca atención a las necesidades y deseos de sus vecinos cercanos. El próximo viaje (de Eisenhower) debería hacer mucho para disipar esa creencia y proporcionar un estímulo dramático para establecer relaciones más estrechas de los Estados Unidos con los países que se visitarán y con otros países de América Latina» [3].

En la geopolítica del continente americano, el rol de EEUU ha sido y es de vocación intervencionista. Los pactos de gobiernos socialdemócratas se hicieron bajo la tutela de Washington, no como un asunto de amistad y solidaridad, sino bajo la égida de los intereses y negocios de ese país para aprovecharse de los recursos de su periferia. Hasta que llegó Cuba, luego Nicaragua y ahora Venezuela, y cambiaron la historia.

Aldemaro Barrios Romero | venezuelared@gmail.com

[1] Grupo de Coordinación de Planificación, “con referencia a acciones abiertas y encubiertas para implementar aquellas políticas de seguridad nacional apropiadas a sus funciones”. Unidad dependiente del Departamento de Estado.
[2] The Office of the Historian. Memorando de una conversación telefónica entre el Capitán Kefauver, Marina de los Estados Unidos, y el Subdirector de la Oficina de Asuntos Sudamericanos (Sanders), Washington, 13 de mayo de 1958, 3 pm. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v05/d48
[3] Office of the Historian. Instrucción del Departamento de Estado a todos los cargos diplomáticos en América Latina CA–6306, Washington, 4 de febrero de 1960.