MONTE Y CULEBRA | El triunfo de la memoria

José Roberto Duque

0

Siguiendo con el fetiche de las cifras más o menos redondas, me lanzo este breve ejercicio de (o sobre) la memoria, ahora cuando arribo a otra estación de este viaje: cincuenta y cinco años de vida. Nada grave; va sobre las vainas físicas, sensuales, visuales o palpables que va dejando uno en su paso por el quehacer social o humano, y también sobre las virtuales, digitales o “existentes” mientras el soporte que las contiene sea legible.

Sensual: asunto perceptible o captable mediante los sentidos. Sensación producto de todo eso. Favor no alarmarse (tanto).

Sucede que hace unos años, menos de la mitad de mi vida en realidad, me dio por coger rumbo viajero y registrar una parte de lo experimentado como protagonista o testigo. Le he prestado mi voz a alguna gente para que se exprese y he tomado prestado también el verbo y el ritmo vital de otros para ir almacenando o mostrando un ser vivo que me interesa: el pulso de mi pueblo y de mi país, el pueblo y el país de los que formo parte. También tomé la acertada o importante decisión de recoger en fotografías, videos y registros sonoros el trozo espacial y temporal de la Venezuela que me ha tocado recorrer. Una buena a la decisión a la que, lamentablemente, se le ha atravesado una mala noticia o varias.

Por ejemplo: como fui madurando o pasando de joven a maduro (y ya casi a pasado de maduro; agrégale tú a esto las coletillas que quieras, todas son válidas) en este siglo que juega con estas tecnologías que parecen tan sólidas y estables, sin serlo en realidad, he ido perdiendo archivos y memoria digital en cantidad. Fotografías, audios, videos, textos, una gran parte del registro se ha ido difuminando o deteriorando sin remedio. Hace unos 15 años tomé una iniciativa que me pareció inteligente o acertada, y seguramente en su momento lo era: copiar en discos duros de computadoras y en los CD todo cuanto iba capturando, grabando o recogiendo en formato digital.

Entre las computadoras perdidas o dañadas y la corta vida de los CD, que ahora trato de reproducir y su membrana de almacenamiento se levanta como una calcomanía pegada con un mal pegamento, me he ido quedando sin los registros documentales de docenas de viajes, encuentros, conversas, declaraciones, reflexiones, momentos que quise y debí conservar para el futuro.

Una de las pérdidas clave la padecí hace poco: un disco duro que le entregué a una compañera para su reparación, y cuyo contenido fue declarado irrecuperable. Ahí se fueron más archivos de enorme valor personal (las últimas palabras que pude grabarle a mi viejo, sobre la muerte que ya sentía próxima) y otros de interés histórico (entrevistas hechas a pacientes del Convenio de Salud Cuba-Venezuela en 2012). Aparte, retazos de 10 años de viajes e historias. Murieron o desaparecieron los archivos, pero quedan las sensaciones.

Otra parte de ese registro memorioso está por ahí disperso, casi organizado en un puñado de libros, artículos, crónicas y ejercicios escriturales de diverso tipo, aparte de videos y audios disponibles en la telaraña internet. También hay una parte nada desdeñable de esos recorridos en las cuentas y espacios que me han permitido administrar en estas redes, en blogs, páginas y medios digitales.

No significa eso que esa memoria esté a salvo de la desaparición y el olvido; internet es, en primer lugar, un espacio creado por el enemigo histórico de nuestra clase, de nuestro proyecto y de nuestro país, y eso de dejar cosas valiosas o entrañables “resguardadas” en un rincón de la casa del enemigo no es ni parece una buena idea, ni de vaina. El año pasado, en uno de los “raros” incendios en las instalaciones de Cantv, los servidores donde reposaban los archivos del portal Misión Verdad se fueron al coñísimo y en ellos se perdió otra porción, no solo de mis memorias e investigaciones, sino las de todo un equipo de investigadores. Siete años de noticias sobre tramas y conspiraciones que también “desaparecieron”. El enemigo sabe desaparecer a las personas, objetos y procesos que le molestan o le estorban.

Resumen o llegadero de estas reflexiones, a propósito de mi insignificante hito personal: así desaparezca, se deteriore o muera lo que ya no pueda vivir más (incluso este cuerpo, que de ninguna manera va a ser eterno), hay un registro imborrable y es la memoria de la gente, y me incluyo en ese renglón; “lo bailao” y lo vivido con el cuerpo físico no se borra, no te lo quita nadie, salvo la muerte.

Y entonces llega la muerte y también es derrotada: las cosas buenas, malas o pendejas que la gente que nos conoció o nos intuyó recuerda de uno, no están almacenadas en soporte tan frágil o endeble; contrariamente a lo que dicen por ahí, la memoria humana es sólida y perdurable. Que esa memoria le sea fiel a la realidad es otra cosa, otra discusión. ¿A quién le importa la realidad en un pueblo al que le gusta inventar tanta vaina buena y mala, dulce y amarga?

José Roberto Duque