DATE CON LA CIENCIA | Hablan los bosques nublados

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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La humanidad solo sobrevivirá si modifica la relación con la madre tierra

“Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
solo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada”
Eugenio Montejo, en Los árboles

Cada vez que atravesamos los altos mirandinos, cruzamos la carretera que va de Maracay a la costa de Aragua o caminamos por los alrededores de la Colonia Tovar, estamos dentro de un bosque nublado tropical, un ecosistema espectacular, con una diversidad biológica única, que encontramos en las montañas venezolanas.

Allí podemos ver helechos arborescentes, que rememoran bosques del período jurásico; árboles gigantescos de Gyranthera caribensis (comúnmente llamados niños), de hasta 60 metros de altura, con sus flores blancas polinizadas por murciélagos de vuelo muy alto; hongos de formas increíbles; ranas endémicas; aves de colores iridiscentes, como numerosas especies de tángaras, además de pericos y águilas; jaguares, lapas, dantas, así como cantidad de especies de roedores y murciélagos que solo habitan esos bosques.

Muchos de estos lugares son delicados ecosistemas dependientes de la humedad y la lluvia, a la vez que son fuente y resguardo del agua que alimentará cuencas bajas, campos agrícolas y reservorios para la población humana. Algunos se encuentran protegidos con figuras legales, como parques nacionales, monumentos naturales y zonas protectoras. Podemos mencionar, por ejemplo, los parques nacionales Waraira Repano, Macarao, Henri Pittier, Guaramacal y Sierra Nevada; o los monumentos naturales Alejandro de Humboldt o Agustín Codazzi. Este último cercano a la Colonia Tovar.

A pesar de esa protección, estos bosques no están aislados: dependen de ciclos de lluvias, vientos y temperaturas que se han alterado producto de los cambios climáticos. Dichos cambios generan transformaciones, algunas de ellas ocurren a velocidades que solo pueden cuantificarse si contamos con series de tiempo suficientemente largas.

Esta maravillosa labor de comprensión de los flujos de vida en estos ecosistemas es, justamente, lo que ha hecho Saúl Flores, del Laboratorio de Ecología de Suelos, Ambiente y Agricultura del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas.

Este investigador venezolano ha dedicado 35 años a realizar observaciones continuas de especies de plantas en el bosque nublado ubicado en los Altos de Pipe, estado Miranda, a 1200 metros sobre el nivel del mar.

Hasta ahora, ha identificado 15 especies de árboles y arbustos, los cuales constituyen componentes importantes de este bosque, tanto de la estructura cuanto de los procesos funcionales.

Saúl Flores cuantificó, mes a mes, variables climáticas y ambientales, como temperatura, precipitación, radiación y humedad del suelo. De la misma manera, realizó seguimiento de variables reproductivas, como la floración y la fructificación de cada una de las especies. Durante la serie de tiempo analizada, se consideraron incluso los eventos de El Niño y de La Niña.

Un primer resultado del análisis muestra que el 70 % de los años resultaron años secos contra solo 30 % de años húmedos. Los eventos de sequía han aumentado. Esta misma situación ha ocurrido con la temperatura, con incrementos de 0.075 grados cada año. Así, en los últimos 35 años, la temperatura del bosque de Altos de Pipe ha aumentado en promedio 2.65 grados centígrados. Tomando en cuenta que también ha habido aumentos en la radiación, la consecuencia ha sido una disminución notable de la humedad del suelo.

Un resultado de alto impacto es la alteración que este investigador ha evidenciado en la fenología de estas plantas, esto es: en los procesos de floración y fructificación. Estos son fenómenos cruciales en la reproducción y, por lo tanto, en la dinámica de las poblaciones de estas especies, pero que además inciden de manera vital en otras poblaciones que dependen de estos procesos para sus propios ciclos. Por ejemplo, en 14 de las 15 especies observadas, hubo alteraciones en la floración, las cuales estuvieron negativamente correlacionadas con la temperatura. Es decir: con el aumento de la temperatura disminuyó la proporción de individuos que florecían, así como el número promedio de flores por individuo. El investigador notó, de igual manera, un acortamiento del tiempo de floración en el caso de la especie de rubiácea Palicourea ferdleri.

El aumento de la temperatura y la intensidad de las sequías produce, paralelamente, la migración de aves tanto polinizadoras como dispersoras de semillas, lo que agrega un factor de afectación en la dinámica natural de estas plantas y en el funcionamiento de todo el bosque.

Las investigaciones realizadas en el bosque nublado de Altos de Pipe muestran que la fructificación también se ha alterado, modificándose la producción de frutos por individuo, y la sincronía en los procesos de floración y fructificación. Estas investigaciones han evidenciado el efecto del cambio climático sobre el funcionamiento de un ecosistema.

Son investigaciones realizadas en Venezuela, con perseverancia y capacidad de observación, que nos alertan sobre la necesidad de modificar el modo de vida impuesto por el modelo civilizatorio moderno/colonial y de construir un mundo nuevo centrado en la vida y el cuido de la naturaleza de la cual somos parte.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto