VITRINA DE NIMIEDADES | Un acuerdo para desbloquearnos

Rosa Pellegrino

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Una minoría invocó al diablo, pero no lo verá venir. Para eso pone por delante a una mayoría –trabajadora, sin fortunas- que ve cómo Satanás se aproxima con todo el desparpajo que sus cachos y tridente le permiten. Así termina viéndose el bloqueo impuesto contra nuestro país, que de entrada nos pone dos retos: la construcción de un discurso efectivo, real, aglutinador y creíble aún ante problemas previos al bloqueo, cosa que no abordaré por ahora, y la creación de bases para la acción y el entendimiento colectivo. En dos platos: esto no se resuelve ni con el “Sálvese quien pueda”, ni con “Cada quien que vea cómo hace”.

Suena utópico, casi rayando en la cándida estupidez, pero si no logramos un acuerdo mínimo de coexistencia, los vicios que se han ido enquistando en medio de esta asfixia económica no solo se intensificarán, sino que tendrán más excusas para perpetuarse. Pienso, por ejemplo, cómo agentes económicos van ahogando sin piedad al bolívar al punto de imponer fechas para sacar de circulación billetes. ¿Sabemos cuánto cuesta imprimir esas piezas? ¿Qué podríamos pagar con los recursos que se invierten en eso? ¿Cómo puede un país bajo asedio perder dinero de esa forma?

Pero pasa, y cada billete muere con algunas broncas entre choferes y pasajeros que, finalmente, se terminan adaptando. Como también ocurre con esa costumbre de no recibir dólares rayados, rotos o viejos, como si la Reserva Federal quedara de Solís a Marcos Parra. Dolarización bonita y sin arrugas, pues.

Y si hablamos de divisas, cuentos sobran en condominios y en comunidades de sectores populares, donde las colectas para reparar tuberías, postes, aceras y afines se hacen en verdes, con montos cada vez más grandes. Y a eso, súmele el humor de algunos vecinos que, en el fragor de momentos como la venta de gas, quieren aplacar los ánimos con frases como “Se acabaron las comodidades”, o cualquier palabra que pretenda encender la candelita en la cuadra.

Cuando un problema es colectivo, la tentación de sobreponer lo individual es natural, por no decir instintiva. Es una ola que arrastra a unos, cuadrando cómo podrán salir bien librados de cada asunto que se les atraviesa, y a los otros, que aceptan resignados que las cosas son así, que cómo hace uno, que podría ser peor y eso. Y no faltará quien recuerde que mientras unos lloran, otros fabrican pañuelos.

En medio de semejante festival de sentimientos y posiciones, ¿cómo enfrentar el bloqueo, que es real, que no es cuento de carretera y que viene cual diablo acudiendo al llamado? ¿Es posible sobreponerse al tsunami sin mirar al lado y saber que, por más que se busque refugio individual, la desgracia del vecino al final será la propia?

Dicen por ahí que uno no escoge lo que le ocurre, pero sí es responsable de actuar ante ello. Y, bueno, unos pocos nos echaron este camión, pero para evitar que nos aplaste hay que desmontar toda una estructura de pensamiento que ha privilegiado lo individual en los últimos tiempos. Habría que asumir una nueva forma de relacionarnos, que desbloquee la necesaria voluntad de entendernos.

Rosa Pellegrino