LA CARAQUEÑIDAD | Paurario, Tucunuma, Papelón y Arístides Rojas

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Arístides Rojas fue naturalista, escritor, médico, historiador y periodista.

¿Cómo se relacionan los vocablos Paurario, Tucunuma y Papelón con don Arístides Rojas y a su vez con Caracas?

En orden decreciente, por su talla, estos son los tres picos de punta achatada y roca caliza que integran Los Morros de San Juan, forma natural que por Decreto 318 del 11 de noviembre 1949 adoptan la condición de Monumento Nacional y el nombre de Arístides Belisario Rojas Espaillat a manera de enaltecer las destacadas funciones y aportes científicos del naturalista, escritor, médico, historiador y periodista, nacido en Caracas el 5 de noviembre de 1826, hace 194 años.

A la meseta Paurario, que es la más alta, también se la conoce como el Morro del Faro, debido a que Juan Vicente Gómez ordenó la colocación del potente instrumento lumínico como guía para la incipiente industria aeronáutica nacional de esos días. Ha sido desde siempre el punto elevado perfecto para apreciar la entrada de los llanos centrales desde la capital guariqueña, San Juan de Los Morros.

Los otros morros, Tucunuma y Papelón, bautizados así por los pobladores originarios, completan el trío de esta excepcional formación geológica similar a los tepuyes, que data de más de 80 millones de años cuando el mar que allí existía alejó sus aguas y talló esta belleza natural que ha sido testigo y escenario histórico nacional, ya que por allí desfilaron caravanas de españoles y otros invasores para expoliar el oro que se decía abundaba en las bondadosas riberas adyacentes.

Es la breve reseña de una curiosa formación natural relacionada desde lo histórico, geológico, geográfico y ambientalista con el quehacer de uno de los más sobresalientes científicos en favor de la conservación y de exaltación de lo natural.

Curiosa combinación que marca el inicio del llano con una elevación calculada en 1.060 metros en su punto más alto, para desde allí servir de vigía a la inmensidad que se pierde en el horizonte hacia el sur, el este y el oeste, y que esconde en sí mismo un tesoro de historia, emancipaciones, biodiversidad, tradiciones y costumbres, temas en los que destacó el homenajeado.

Un volcán apagado

Desde siempre ha existido en torno a la preciosa formación de arrecifes una serie de mitos y cuentos, propios de la personalidad del llanero, y aunque no consta que don Arístides Rojas haya escrito al respecto, seguramente fue testigo de varios de ellos.

La creencia se alimenta como rumor que pasa de boca en boca –y cuando Radio Bemba habla casi nunca se equivoca, dice el dicho– asevera que en días de excesivo calor se ha llegado a oír un estruendo que estremece desde lo profundo de la tierra “porque esos son los morros que anuncian que algo puede pasar”.

Se dice que “así son los volcanes apagados, avisan antes de explotar. Ave María Purísima”… Algunos aseguran que los cuentos eran para amedrentar a las parejitas atrevidas que se escapaban a la soledad de los morros con el pretexto de explorar las cuevas y ver los murciélagos –no emparentados con los de Wuhan– a hacer sus travesuras.

Lo cierto es que en el corazón de San Juan de Los Morros existe un complejo turístico de aguas termales que pareciera tener estrecha relación con la ciencia de la vulcanología. Por ello, desde los días de Antonio Guzmán Blanco, la zona se vendió como atractiva por las bondades curativas de las aguas sulfurosas que manan de pozos que nacen en los morros; por eso en 1916 Juan Vicente Gómez ordenó la construcción del balneario y cuatro años más tarde hace el Hotel Termal para alojar a la concurrencia nacional y foránea que ante la fama de aquellos efluvios acudía a curar sus males.

Rojas, el enmantillado

Ser alumno primario de Fermín Toro y universitario de José María Vargas puede haber marcado el azimut de Arístides Rojas, pero no hay dudas acerca de sus capacidades y afición a los estudios y la investigación –asunto de hermanos: José María destacó como abogado y diplomático, mientras que Carlos Eduardo y Marco Aurelio fueron los pioneros de la entomología (estudios de los insectos) en el país–, por eso, más que merecido que su nombre engalane la entrada de los llanos.

Antes estudia filosofía en la Universidad Central de Venezuela y escribe sobre costumbrismo. Ejerce medicina rural un tiempo en Trujillo. Por la muerte de su padre se encarga de la imprenta familiar y hace publicaciones científicas. En 1857 viaja a Estados Unidos y Francia y se especializa en ciencias naturales. La Guerra Federal impide su retorno. Aprovecha para pulir sus aspectos literarios en Puerto Rico. En 1863 retorna en compañía de Adolf Ernst con quien funda la Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales. Publica Apuntes para el repertorio de plantas útiles de Venezuela, y adapta para niños la Geografía de Venezuela, de Agustín Codazzi.

En 1876 publica un compendio que quizás justifique estas líneas –y responda la relación entre Rojas, Los Morros y Caracas–, por la diversidad de temas que abarcó como constancia de su versatilidad: Un libro en prosa: miscelánea de literatura, ciencia e historia. Posteriormente edita Estudios Indígenas: contribución a la historia antigua de Venezuela, premiado por la Academia de Ciencias Sociales. Muere el 4 de marzo de 1894 en Caracas, a los 67 años. Merecidamente reposa en el Panteón Nacional desde el 21 de septiembre de 1983.
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Los 88 de Chuíto y sus ilusiones

Haberse criado entre guapos de barrio y militantes comunistas entre 1930 y 40 en la aguerrida parroquia San Juan, luego en el 23 de Enero y desde 1967 en Gramovén, forjó su indoblegable carácter revolucionario con plena vocación de servicio y hoy, a sus 88 años (28 octubre 1932), demanda de las nuevas generaciones el rescate de valores, entrega por los cambios para una Caracas y un Estado igualitario e incluyente, y que alguien le explique “más despacio” cómo marcha el socialismo del que espera más resultados.

Se trata del líder comunal del sector La Cruz de la calle Falcón de Gramovén, Jesús Ramón Sánchez Tovar –de incansable labor social–, quien perdió a su madre María cuando apenas tenía tres años de edad, y seguidamente a su hermano mayor Benito, por lo que bajo la férrea tutela de su abuela Venancia y su hermano Emilio, se labró su destino. Sorteó los imprevistos de la pobreza gracias a sus estudios en la escuela Miguel Villavicencio que hubo de desatender por las exigencias del necesario trabajo como cargador de bolsas o ayudante de descarga de los camiones en el mercado de la zona. La jornada iniciaba a las 4 de la madrugada para moler maíz y buscar agua en la única pila en el sector La Cañada de Luzón, donde más de una vez tuvo que mostrar su agilidad con los puños contra los coleados para resguardar el sagrado derecho de su familia al vital líquido. Fue privilegiado en el boxeo y tomó muchos consejos de los profesionales Zurdo Almeida y Ramón Arias.

Recuerda a sus otros hermanos, Mercedes, Rafaelito y Pedro, como testigos de su ajetreada pero sana niñez y adolescencia en la que lo apodaron “Loco Jesús”. En ocasiones se escapaba de casa vistiendo el saco de su hermano Emilio para suplir la falta de ropa que era el castigo por sus desmanes… Entonces lo llamaban smoking. Su primo Luis Gerardo Tovar y su pana Héctor Cabrera compartieron esos días entre pelotica de goma y trabajo comunitario. Por indómito fue más allá. Cambió los guantes por las ideas y el ensogado por el escenario político. “Mientras los dirigentes del PCV daban sus charlas yo estaba en las brigadas de vigilancia para que no les pasara nada”. Hacía pintas revolucionarias, vendía Tribuna Popular y Caliente a favor de la lucha sindical. Y apenas con 16 años asumió sus dos ilusiones: el PCV y su amor eterno, Rosa Juana Mena Castro, con quien en 66 años de unión sembró una descendencia de 15 nietos, 26 bisnietos y un tataranieto producto de sus siete orgullos, sus hijos Demsy, Alex, William, Héctor, Laura, Nathalie y Biafra Jelitza.

Chuíto, seducido por las esperanzas que sembró Chávez, dijo presente el 11 de abril hasta que retornó su líder. Y en las afueras del Hospital Militar le dio el último adiós a ese amigo cuya entrega, a su juicio, merece resultados visibles.

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS