PERFIL | El escalofriante Día de los Muertos de 2020

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En este año en el que hemos sentido la omnipresencia espeluznante de una enfermedad letal, el Día de los Muertos no podía tener el mismo significado que de costumbre. Hay algo fuera de lugar o, al menos, puesto en un sitio diferente. La conmemoración tal vez nos toca más de cerca y nos hace valorar con mayor intensidad la suerte de seguir vivos.

En Venezuela, tradicionalmente y en términos generales el Día de los Muertos había sido una fecha para visitar cementerios y hacerles el mes a los cultivadores y vendedores de flores. También era un día esperado por los sacerdotes en cuyas iglesias (Dios los perdone) hay tarifas para mencionar a los difuntos en las misas.

De un tiempo para acá, como consecuencia de otra de tantas oleadas de neocolonización, a muchos criollos les dio por celebrar Halloween al más clásico estilo gringo, que es una versión anticipada y banal del Día de los Muertos, con su proliferación de zombies estúpidos y hasta auyamas que, por artes de las transculturización, pasan a llamarse calabazas (como en las películas dobladas en México) o directamente pumpkins.

En algunas regiones del país, el tradicional Día de los Muertos tiene más peso específico que en otras. Los analistas de las manifestaciones culturales asociadas a la religión mencionan al Baile de la Llora, que se lleva a cabo cada 2 de noviembre en La Victoria y otras poblaciones del municipio Ribas del estado Aragua. En los pueblos y ciudades andinas se guarda un respeto reverencial por los difuntos, expresado en el cumplimiento estricto de los rezos (novenarios) inmediatamente después del deceso; en las misas cuando cumplen aniversarios; y en la conmemoración general del 2 de noviembre.

Más allá de esta fecha, los pueblos asentados originariamente en el territorio venezolano tienen tal variedad y profundidad en su relación con los fallecidos y en las ceremonias que practican, que daría para escribir libros enteros. Entre los wayúu, la ceremonia Anaajawaa, un segundo velorio y entierro que ocurre alrededor de diez años después del primero, es apenas una muestra de las peculiaridades de las culturas indígenas respecto a este asunto.

En líneas generales, según opinan quienes han estudiado esto, los dueños originales de la Pacha Mama desde Alaska hasta la Patagonia, tienen una comprensión mucho menos traumática de la muerte que nosotros, los criollos u occidentalizados.

Otra efemérides católica mudada

El acto de hacer peticiones por el tránsito feliz de los fallecidos hacia otros mundos u otras vidas es común prácticamente en todos los pueblos del planeta. Las Escrituras que luego han servido de sustento a las religiones judeo-cristianas registran tales esfuerzos de los vivos para salvar a los muertos de castigos temporales o eternos.

Sin embargo, el establecimiento de un Día de los Fieles Difuntos (así lo llama la Iglesia Católica) es algo relativamente reciente. Y como tantas otras efemérides y festividades, al parecer fue mudada de tiempo para hacerla coincidir con tradiciones consideradas paganas.

En este caso específico, algunos investigadores aseguran que se decretó que fuese en esta etapa del año para “montarse” sobre las fechas de festividades nórdicas (como el Halloween) y, principalmente, sobre la llamada Fiesta Mexicana, que se lleva a cabo en homenaje a la diosa Mictecacíhuatl, la “Dama de la Muerte” o la “Señora de las Personas Muertas”.

Surfear sobre el acervo religioso mexicano no fue una concesión a la multiculturalidad, sino la astuta decisión de quienes sabían que las civilizaciones originarias mesoamericanas habían comenzado a realizar esas ceremonias 1800 años antes de Cristo. No era fácil desarraigar una creencia con tantos siglos de solera.

(No es la única conmemoración católica señalada de haber sido reubicada en el tiempo. Lo mismo se dice nada menos que de la Navidad, derivada de las Saturnalias romanas. Pero ese es otro tema).

El sincretismo religioso que surgió con estas amalgamas de conmemoraciones ha sido terreno fértil para que surja una enorme variedad de tradiciones que están a medio camino entre lo autóctono y lo impuesto por la religión oficial colonial. Uno de los comunes denominadores de esta gran diversidad es la creencia en que durante las horas iniciales de noviembre, la gente que ya ha partido de este mundo retorna para compartir con sus parientes y, sobre todo, comer sus platos favoritos. Por eso es que en muchos de los países nuestroamericanos el Día de los Muertos gira alrededor de las comidas y las bebidas. Es por ello que hay platos típicos que se elaboran para la ocasión tanto en México como en naciones suramericanas, entre ellas Ecuador, Perú y Bolivia.

La Fiesta de los Muertos tiene que ver con los alimentos porque es también, en muchos lugares, una ocasión para agradecer las cosechas. Se basa en la hermosa convicción de que el ciclo del maíz y otros rubros básicos depende de la intervención de los antepasados. Por ese poderoso contenido de cosmovisión, esta fiesta fue una de las primeras manifestaciones declaradas por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Este año, a los profundos significados ancestrales se le han sumado las angustias de la actualidad, con toda su carga de gente recién ida de este plano sin siquiera la posibilidad de una despedida; con el agregado del miedo a ser los próximos de la lista y con la incertidumbre de no saber si alguna vez volveremos a ser los de antes. Es por eso que el de 2020 –más allá de calaveras andantes y otros motivos de susto– ha sido un Día de los Muertos especialmente escalofriante.
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La muerte es la vida

José Eric Mendoza Luján es profesor del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y coordinador del Seminario Permanente de Antropología de la Muerte, un tema tan definitivamente mexicano como una ranchera. Con la autoridad que le da su formación académica y su gentilicio, escribe sobre la muerte en un tono a la vez filosófico y poético:
“La muerte fascina, horroriza. Lo macabro, lo terrorífico y lo funesto van ligados a la muerte. El valor y el arrojo no existirían sin la probabilidad de la finitud. La belleza y el amor no serían admirados y buscados sin la esperanza de ser perennes. La vida tiene sentido por ser efímera. ¡Qué sería de los héroes, de los cobardes, de todos los seres humanos si no tuviéramos un límite! Si fuéramos eternos e inmortales la vida no tendría sentido. Los dioses nos envidian por ser como las flores, nunca seremos más bellos y dichosos que en este momento, sin eternidad. De esta manera, la muerte juega un papel preponderante en nuestra existencia por un lado como límite, fin, mientras que por el otro se convierte en frontera y umbral”.

Y otro mexicano, el inmortal (en el sentido figurado de esta palabra) Octavio Paz, dijo: “El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega a la muerte acaba por negar a la vida”.