EstoyAlmado | Predespacho

Manuel Palma

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Un apartamento en la avenida Baralt retumba con altos decibeles de una sabrosa salsa erótica. En otro edificio un jolgorio le hace competencia con vítores y gritos de festejo cumpleañero. En la calle se ve un carro con maleta y puertas abiertas: el trap intenta imponerse con sus letras de susurro gutural. Tragos secos y bocanadas de cigarros se comparten alegremente entre los fiesteros. Hacen un predespacho trapsero.

Esas tres celebraciones ocurren a ochos meses de declararse la cuarentena por la llegada del covid en el país. Antes, cuando debíamos permanecer encerrados en casa, los días se sintieron tan apagados como un eterno domingo o un primero de enero perpetuo. De hecho, al principio de la cuarentena las fiestas eran percibidas como eventos clandestinos; gustosamente denunciados a la policía por algunos vecinos que por fin se desquitaron después de sufrir tantos trasnochos prepandémicos.

No quiere decir que en cuarentena no hubo rumbas. Las hubo pero a bajo volumen, sin tanto alboroto. Aquellas que se salían de control eran intervenidas por los cuerpos policiales con el consiguiente llamado de las autoridades a parar nuestro ‘rumbismo’ interior, esas ganas inevitables de libar, bailar y disfrutar desinhibidamente que tenemos algunos.

Pero ahora el ambiente es distinto. Y no se debe, como algunos creen, a la implementación de una semana de cuarentena y la siguiente de flexibilización. Al parecer, pasamos de tener un miedo paralizante y una tensión preventiva durante los primeros meses del año, a tratar de seguir viviendo como antes, despojados del estado alerta máxima que cundió al principio.

Y no se trata de subestimar el peligro del covid. El virus existe; es real, los decesos a diario lo confirman, una y otra vez. Pero a sabiendas de que el fin de la pandemia no será a corto plazo, se palpa una especie de cansancio mental por hacer sacrificios y esfuerzos preventivos. Los psicólogos lo llaman fatiga, el hartazgo de cumplir, esperar y que no se sienta alguna solución a la pandemia. Pasó en Europa, en EEUU.

Me parece que estamos en el punto de esa fatiga pandémica, hartos de tantas restricciones y prevención. Y es entonces cuando nuestro rumbismo nos empuja a este predespacho fiestero decembrino, en espera, incluso, de que el último mes del año sea declarado totalmente flexible. De concretarse, sería como un punto clímax que coincidiría con la liturgia electoral del 6D.

Por ahora, noviembre se siente como un predespacho al cierre de año. Lo confirma un hombre vivaracho que hace una parrilla en la cornisa sin barandas de un edificio de la avenida Urdaneta, a la vista de los transeúntes. O las dos chicas que cantan desenfrenadamente en un balcón la letra de ‘Cosas del amor’; simulan ser Vikki Carr y Ana Gabriel en pandemia.

Tal vez ese predespacho nos lo merecemos porque en el fondo sabemos que enero no será apacible, pues el precio del dólar y la expectativa de un nuevo Parlamento no darán tregua al reposo colectivo.

Manuel Palma | @mpalmac