EL QUE BUSCA ENCUENTRA | Verde 360°

Henrietta Saltes Zamora

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Zona de convergencia intertropical. Bosque tropical lluvioso, húmedo. Eso no solo suena a verde, reboza de verde. O sea, eso es monte, mucho monte. Hay muy pocas zonas en Venezuela en las que no se puede apreciar el verde. De hecho, en cualquier lugar y momento, si nos detenemos a pensarlo, solo basta con prestar atención a lo que vemos y ahí está: estamos rodeados.

¿Qué tanto lo contemplamos? A veces me parece que como nacemos rodeados de tanto monte por todas partes, todo ese verde nos resulta tan familiar y pasa inadvertido. Es como con el idioma, los sabores, los olores. Como los conocemos de sobra nos acostumbramos y pasan a ser cotidianos.

Fotos: Henrietta Saltes Zamora

Entonces vienen de paseo unos europeos, por ejemplo alemanes sobre todo, y dejan atrás su perfección industrial y se instalan en esta tierra prolija entre tanto verde tan vivo. Es común haberle escuchado decir a alguno (o que nos hayan contado que lo escucharon) que “vino por 15 días pero decidió quedarse y ya lleva aquí 15, 20, 30 o más años instalado y hasta echó raíces con una venezolana de la que quedó enamorado cuando la conoció llegando al pueblo”. Pasa mucho, sobre todo en la costa. ¿Y cómo no se van a querer quedar si es tan bonito?

Yo tengo un vecino de Frankfurt que acaba de llegar, prácticamente. Dice que estaba muy mal (no especifica por qué) en su país y que aunque en Europa hay países que le pudieron parecer buenas opciones, él no conocía Venezuela y quiso lanzarse la aventura. Tremenda aventura, en verdad, porque llegó en la plenitud de la crisis y con muchas advertencias del peligro que le acarreaba: “Como hace tres y medio, cuatro años”, dice. Cuando le pregunté por qué se había quedado me respondió de inmediato: “Mucho natural y sol todo por año”.

Su sonrisa, en absoluto fingida ni forzada, y la felicidad con la que se la pasa para allá y para acá en un jeep descapotado que en su tan anhelado tiempo libre para vivir él mismo tuneó tras haberlo comprado rematado, con casa y todo, a alguien que se iba, contrasta con la arrechera y abulia de muchos venezolanos. Algunos por aquí viven cuestionándolo y criticándolo; unos porque no entienden a cuenta de qué es tan feliz y otros -que lo miran como gallina que mira sal- porque al no poder sentirse igual se pican, lo envidian y por ende se resienten. Y él ni pendiente. Es un turista permanente.

Pero el tipo no es tonto. Parece medio tostado pero por supuesto que sabe y entiende muy bien lo que aquí está pasando; más que unos cuantos, incluso. Pero no le importa. Y cuando en una situación tan difícil como la que sufrimos uno ve siquiera a una sola persona realmente relajada y contenta, uno piensa dos cosas: 1. Debe haber vendido sus propiedades o ahorrado muchísimo dinero y en esta papa pelada del desastre monetario y la hiper recontra súper devaluación estratosférica del bolívar, campeona en el mundo, tiene con qué sentirse tranquilo pase lo que pase con ese montón de euros o dólares o lo que sea que tiene. 2. Definitivamente le encanta el monte y es un hijo legítimamente adoptivo del trópico y lo felicito porque es un campeón adaptándose.

Fotos: Henrietta Saltes Zamora

Decía que cuando uno se acostumbra a ver el mismo paisaje luego la rutina lo absorbe y pasa inadvertido. Hay bellezas que dejan de sorprender de repente. Pero igual desde que abren los ojos hasta que los cierran observan, hay verde 360°.

Si ve por la ventana hay verde en una enormidad de mata de mango, cuando va a la cocina y voltea, están los tonos de verdes de las matas de yuca, plátano, níspero, parchita, ají, orégano, albahaca y lechosa, y el degradé de la concha a lo más tierno de la pulpa de un aguacate. Y si sube la mirada, el verde del copo de la mata de coco y del plumaje de una bandada de loros. Si sale a la entrada de la casa ve verde en primero, segundo, tercero y x plano; a donde le llegue la vista. Desde la grama y las hojitas hasta la colina más cercana y detrás de ella, las montañas. Lo que a cualquier habitante de Caracas le pasa porque desde cualquier ángulo tiene visión del cerro. ¿Qué más 360° que esa sultana?

Y aunque no todos los venezolanos están en la capacidad o intención de sentirse como el alemán vecino mío; si hay algo fenomenal que les sucede es que hay un no sé qué que logra si no dispersar al menos aliviar cualquier mal sabor que dejan, a diario y sin excepción, estos tiempos tan jodidos y amargos. Y ojo, no estoy romantizando la pela ni dándole una connotación épica (no me gusta), no la justifico en lo absoluto; pero sí es cierto que cualesquiera que sean esas herramientas de la mente (consciente o no) necesarias para acostarse, poder dormir y descansar y levantarse a batallar con el mismo o peor escenario, sí existen en nosotros.

Yo creo o al menos lo agrego a mis teorías (que me invento mientras busco más elementos para llegar a estos niveles impresionantes de algo más que resiliencia, implosión por goteo) que es por el monte, gracias a o culpa del verde. ¿Será que la abundancia del verde es la que nos impide explotar?

Fotos: Henrietta Saltes Zamora

Reaccionamos emocionalmente a los colores que también son ondas electromagnéticas en la luz. Mucho se ha dicho de cómo nuestro cerebro (hipotálamo) los interpreta y qué estimulan tanto a nivel personal como social, física y culturalmente, porque hay colores con los que asociamos a pueblos enteros, su percepción y reacción en conjunto a su impacto.

Si yo le preguntara qué significa o representa para usted el verde, ¿qué me respondería? El verde es vida, color de la vida, donde todo germina. Justo en medio cromático del calor y el frío, de la acción y la pasividad del rojo y azul en los extremos. El color que más vemos nosotros aquí en este monte. A él se le asocia con lo natural, lo puro. Abundancia, fertilidad, frescura, calma, serenidad, descanso, equilibrio, ligereza, comodidad, esperanza, alegría, seguridad, renacimiento, crecimiento, prosperidad, bienestar. Es muy positivo.

Nuestra “eterna primavera” como que habla por sí sola. Parece que nuestros sistemas nerviosos como que tienen mucho qué agradecerle.

Hay una colina detrás de mi casa a la que voy seguido porque es un punto al que pudiera llamar mágico y transformador. Desde ahí sólo veo, siento y agradezco tanto verde 360° a mi alrededor. Los invito a que hagan lo mismo: que no por sernos familiar nos alejemos de la contemplación.

Henrietta Saltes Zamora