RETINA | Contagio y fiebre

Freddy Fernández

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A los pocos días del inicio de la cuarentena, tanto en Europa como en América Latina, las redes sociales se llenaron de imágenes bellas de delfines que se atrevían a nadar por los canales de Venecia y de venados que visitaban las calles solitarias de las ciudades.

Hay que admitir que se trataba de bellas y deslumbrantes piezas destinadas a hacernos sentir que algunas cosas las habíamos hecho mal, pero que ante nosotros se abría la posibilidad de un mundo más ecológico y solidario. Sólo faltaban los videos de corderos que fastidiaran a un león soñoliento y unos niños que no se robaban los caramelos.

Sospecho que estos mensajes, desplegados en medio del miedo por la pandemia, tenían la intención de contagiarnos del virus del optimismo. De hecho sobró la gente que profetizó que vendría una humanidad más humana cuando se superara el peligro, que por lo demás parecía que no duraría más de tres meses.

La vacuna contra el optimismo apareció de inmediato y fue totalmente efectiva. Estados Unidos, Alemania y países de la Unión Europea declararon prioritarios sus intereses nacionales, robaron mascarillas, confiscaron cargas, impidieron exportaciones de productos para combatir la pandemia y compitieron por crear una vacuna que resultara rentable.

Es decir, en medio de la pandemia el mundo seguía siendo como era antes, dominado por mucha mezquindad y codicia, a pesar de que Cuba seguía siendo Cuba: solidaria siempre, compartiendo lo que tiene, consciente de que no le sobra nada. Los entendidos dirían que se trata de un problema de sistema y así lo creo.

La mayoría de quienes promovieron el optimismo simplón de delfines y venados se abstuvieron de dar promoción a la solidaridad de China, Rusia, Irán y Cuba. No incluyeron en sus estados ni en sus historias el despliegue de las brigadas médicas cubanas en Italia. No lo promueven porque quizá consideren que se pueda contagiar el virus de un mundo más justo.

Acaba de decir el pillo de Felipe González que el chavismo es peor que la pandemia. Quizá tenga razón, no en la “peoridad”, pero sí en el carácter contagioso de la democracia popular y del orgullo de los pueblos por sacudirse el dominio de Estados Unidos y de las viejas metrópolis de Europa.

No sólo se contagian las enfermedades. La obesidad, la violencia, el suicidio, el tabaquismo y el uso de tecnologías también, entre otras muchas cosas, se contagian. Y no sólo se contagian cosas negativas, la razón, la solidaridad, la revolución, el respeto y el afecto pueden ser contagiosos. Amor con amor se paga, decimos.

Es difícil saber si la corrupción de la élite de España primero la tuvo el rey Juan Carlos o si la tuvo Felipe González, pero ambos han dado muestras de tener el virus bastante inoculado y activo.

En el caso de González, su virulencia es tan avanzada que contaminó el legado de la socialdemocracia europea. Los valores de figuras como Olof Palme y Willy Brandt, quedan desdibujados cuando González transa el ingreso de un partido venezolano fascista, gemelo de Vox y Amanecer Dorado, en la Internacional Socialista.

Ojalá que a los socialistas de Europa se les contagiara un poco el virus de la fiebre del ideal socialista. FeliPillo hace mucho que no lo porta.

Freddy Fernández | @filoyborde