MONTE Y CULEBRA | Lecturas que bloquean

José Roberto Duque

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Se celebra en Caracas una nueva edición de la Feria Internacional del Libro. El acontecimiento alcanza registros de hazaña, por el contexto local y global marcado por una pandemia desmovilizadora y el asedio de las potencias mundiales contra Venezuela.

Como en semejante escenario suelen desbordarse los entusiasmos y las exageraciones que producen las victorias rotundas, he querido hacer un ejercicio de ubicación en el territorio físico que ocupamos los seres vivos, y también en esos territorios un poco menos asibles, emparentados con el sentido épico de lo que hacemos y con la tentación de considerar inferior a lo que no anda en la misma onda que nosotros. A ver si logro organizar este discurso.

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Tiene rato rodando por las redes sociales un artículo tras cuyo título ya no hay prácticamente nada más que buscar. Dice: “Quien no sabe leer no sabe escribir, y quien no sabe escribir no sabe pensar”. Lo sorprendente no es que a estas alturas de la historia humana exista todavía un imbécil capaz de hacer esa formulación tan medieval como nazi y estúpida. Lo insólito es que, entre los hermanos chavistas y revolucionarios, haya gente dispuesta a defender semejante eructo, ladrido o verga infecta arrojada contra la mayoría de la gente del planeta. Un idiota promueve la tesis de que quien no lee queda reducido a la condición de animal o vegetal, y vienen otros a apoyarlo, porque como ellos sí leen entonces se sienten a salvo de ese dictamen tan soberbio, tan fascista y tan prohegemónico y elitesco.

La lectura es un acto importante, la mayoría de las veces agradable y nutritivo, y casi siempre resulta en la conversión del que lee en una persona mejor o más informada que antes de haber leído. Y eso es todo. Leer es una actividad hermosa pero no te convierte en un ser superior, ni en inferiores a los seres humanos que no leen.

La cultura libresca, legado de la sociedad medieval en occidente (ya los chinos había inventado la imprenta medio milenio antes que el alemán a quien se suele atribuir el ingenio impresor de libros) ha implantado algunas falacias y mentiras graves en el decir común de muchas personas. Una de esas falsedades pretende imponer la idea de que todo el saber humano está en los libros, y que quien no se pone a leer no sabrá nunca de nada. Un empujoncito más y encontrarás gente que dice o cree que la lecto-escritura es anterior al conocimiento. Si el ser humano debió ponerse a leer antes de saber hacer algo en la vida, ¿quién coño entonces escribió esos libros que le otorgaron sabiduría?

La gente que no lee por lo general se mantiene al margen de esa actividad porque tiene otras cosas más importantes que hacer (por ejemplo, trabajar y compartir con su familia y con su gente) y porque, cuando niña o joven, no fue suficiente o correctamente estimulada para que adquiriera ese hábito.

La falla de origen en esto de la producción masiva de lectores es el sistema educativo, que sigue proponiendo u obligando a los estudiantes a leer obras que no son y no tienen por qué ser de su agrado ni de su interés. Un poco más adelante en la vida de esos muchachos y muchachas, la industria editorial se queja porque las personas “no leen como antes”. La observación crucial al respecto tiene que ser: “La gente no compra libros como antes”. Esa sí es su preocupación fundamental: no que la gente no lea sino que no compre libros.

El boom de las redes sociales ha originado otros errores de percepción o de perspectiva: suele decirse que la gente (favor fijarse bien en el objeto de esa clase de análisis despectivos: “la gente”) prefiere leer cosas breves y frívolas que grandes tratados y obras filosóficas o de desmesurada densidad y profundidad. Creo percibir por dónde viene el desperfecto real: no es que la gente de ahora sea floja para leer, sino que cada vez salen al ruedo más autores pesados, ladillas, pretendidamente profundos y en realidad pretenciosos y rimbombantes. Hay tipos de escritura tan aburrida, pesada e incomprensible que son capaces de hacer bostezar a los lectores con un tuit. Menos de 200 caracteres hacen falta para detectar a un escriba interesante y diferenciarlo de tanto charlatán y palabrero sin duende ni sustancia.

Hagamos un trato con nosotros mismos: sigamos leyendo, sigamos escribiendo, sigamos captando gente para la aventura del buen leer. Pero tengámoslo presente: si la lección inicial va a ser algo como “lee para que seas inteligente y chévere así como yo”, mejor retírate tú de la misión de convocar a nadie a la lectura y ponte más bien a hacer algún trabajo con las manos: producir objetos útiles y bienes para el consumo y la sobrevivencia es también muy importante, y sobre todo necesario en una situación de asedio y bloqueo como la que tenemos por acá.

Además, quienes hacemos literatura y otras actividades de esas llamadas “culturales” (como si la agricultura y la albañilería no lo fueran) necesitamos también sacudirnos esa imagen de bichos vagos, inútiles y relajaos que se pasan la vida zampados entre sus libros mientras los demás salen a guerrear de cuerpo presente por el funcionamiento físico y real del país.

José Roberto Duque