PERFIL | Danilo Anderson, el de las muchas muertes

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El comandante Hugo Chávez tuvo la premonición de que a Danilo Anderson lo iban a matar. Lo vio en una entrevista en Venezolana de Televisión y temió por él. Lo mandó a llamar y estuvieron conversando una noche, largo rato. “Era el único que públicamente salía, audaz, a enfrentar a todas las serpientes”, dijo el entonces presidente en 2010, seis años después del asesinato.

“Nadie quería agarrar los casos que implicaban a los poderosos y él, en cambio, los pedía. Rindo tributo a su memoria. Todos deberíamos ser como Danilo: incorruptibles. Trataron de matarlo por segunda vez, porque crearon versiones sobre hechos de corrupción. Van a seguir tratando de enlodar su memoria”, expresó entonces Chávez, como en una especie de segunda premonición.

Hoy habría que admitir que no solo “trataron”, sino que lograron enlodar su memoria y no solo una segunda vez, sino de manera repetida.

Extensos trabajos de investigación (algunos de ellos simples colecciones de fake news) y varios libros han conseguido, en buena medida, el objetivo de asesinarlo de nuevo, en el plano moral. Las versiones acerca de su estilo de vida y de los bienes que poseía han permitido a sus enemigos justificar lo ocurrido y hasta exculpar a los sujetos que colocaron una carga C-4 debajo de su camioneta y detonaron el explosivo mediante un teléfono celular. Es ya habitual que se solicite el indulto o la amnistía para ellos y se les incluya en la lista de los supuestos presos políticos, de los pobres seres humanos que están privados de libertad “por pensar distinto”.

En rigor, el crimen cometido contra Anderson tuvo todos los agravantes imaginables: no solo fue por dinero y bien planificado, sino también muy cobarde. Los implicados, todos funcionarios policiales, optaron por ese método porque sabían que Anderson era diestro en el manejo de armas y en defensa personal. Enfrentarlo de tú a tú era un riesgo. Prefirieron matarlo a traición, con alevosía, ventaja y nocturnidad.

A 16 años del crimen, los tres hombres condenados por la autoría material del hecho están tras las rejas, pero de los autores intelectuales hace ya mucho tiempo que se dejó de hablar. “La justicia no ha cambiado mucho desde aquellos tiempos, no tiene la misma velocidad del tiempo histórico, es lenta”, dice el exfiscal general Isaías Rodríguez, quien en su momento dijo tener la certeza de poder comprobar la responsabilidad de quienes pagaron por el asesinato. El testigo que presentó como una estrella, se apagó demasiado pronto.

En un artículo publicado en el portal Rebelión, el analista Saúl Landau opinó que “cualquier detective aficionado llegaría a la conclusión de que la lista de probables asesinos de Danilo Anderson debería incluir a los iniciadores del golpe y a sus aliados en Washington, especialmente a aquellos que temían que las investigaciones del fiscal aportasen pruebas suficientes para condenarlos ante los tribunales”.
Sander Chanto, quien fuera su jefe en el Ministerio Público, no tiene dudas de que fue esa determinación de ir contra los intocables la que terminó por condenarlo a la horrible muerte que tuvo. “Danilo no conocía términos medios, su frase era pa´lante es pa´llá y caiga quien caiga”, evocó Chanto.

Esa reputación fue la que lo hizo pasar de los casos de delitos ecológicos a los más calientes de la política.

Su papel protagónico en la investigación del golpe de Estado del 11 de abril comenzó la madrugada del día 13, cuando estuvo en la pantalla de Venezolana de Televisión, a la hora en que la planta volvió al aire, tras haber sido cerrada por los golpistas. Anderson y Chanto acompañaron al presidente de VTV, Jesús Romero Anselmi, y allí se potenció su presencia mediática.

“Le gustaba salir en la prensa y la televisión, no era difícil que te diera una entrevista”, recordó el periodista Juan Francisco Alonso, quien cubría el Ministerio Público para El Universal.

El alto perfil no caía demasiado bien entre muchos de sus pares de la Fiscalía. A algunos les molestaba porque al convertirse en figura pública se proyectaba hacia cargos superiores. Otros, estaban en desacuerdo por considerar que el trabajo del Ministerio Público debe ser discreto, alejado de los reflectores.

Las antipatías internas eran durísimas. Algunos fiscales y otros funcionarios se salían del ascensor si Anderson entraba. La mala vibra podía percibirse en el ambiente. En respuesta a tanta animadversión, Danilo se tornó paranoico. En su último cumpleaños, el 38, veinte días antes de la ejecución, se negó a comer de la torta que le picaron en su despacho. En cambio, degustó tranquilo la que le brindaron sus compañeros de curso en el Instituto Universitario de Policía Científica.

Luego de perpetrado el asesinato, por razones obvias, todos se cuidaron mucho de exponerse públicamente como adversarios de Anderson. Algunos hasta se esforzaron por participar en las apologías de quien se perfilaba como un mártir. Plañideras de uno y otro sexos aparecieron en las pantallas.

Sin embargo, los enemigos (incluyendo, desde luego, a quienes pagaron por su asesinato) empezaron desde muy temprano a preparar la segunda muerte del “Fiscal Valiente”. Una enmarañada trama de hechos, medias verdades y rumores se tejió a toda velocidad con el propósito de legitimar el ruin homicidio. Se dijo que era el jefe de un cartel de extorsión y que por eso había pasado de ser un muchacho pobre de La Vega a un aficionado a los lujos, con mucho dinero en efectivo en su caja fuerte. El empeño en rematarlo, en reasesinarlo cada vez que se diga su nombre, sigue en marcha. Se cumplió la premonición de Chávez, por partida doble.
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Así lo recuerda Isaías Rodríguez

“Danilo nació y creció en La Vega, le gustaba la salsa brava, amaba a Celia Cruz y a Compay Segundo, los niños del barrio le llamaban Balta o Danilín cuando querían oírle narrar algún cuento infantil; rechazó cortésmente el carácter de actor político, prefería distinguirse como académico, era abogado con posgrados en Derecho Ambiental y Criminalística, preparador de Estadística, profesor de Sociales, atleta y delegado de Derechos Humanos. Como guardián ambiental creó el Grupo de Ingeniería y Arborización (GIDA) y multiplicó los estudiantes ecologistas para recoger la basura dejada en Carnaval y Semana Santa en los parques nacionales.

Venía de un vientre batallador, la última voluntad de la madre fue donar su propio cadáver a los estudiantes de Medicina para las clases de anatomía, el estudio médico, prácticas y observación de tejidos y órganos. Danilo debió enfrentar a sus hermanos para hacer efectiva la voluntad de su progenitora.

En su guión de vida no existió la palabra venganza, lo dijo muchas veces; buscó la justicia con actos ciudadanos, se integró a la lucha reivindicativa, en las protestas contra el aumento del pasaje estudiantil y por mejorar la calidad de los alimentos y el precio solidario en el comedor universitario.

“Creo que no lo cuidamos bien”, oí varias veces al presidente Hugo Chávez expresarlo con dolor.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ