CRÓNICAS Y DELIRIOS | Pavosidades antiguas y nuevas

Igor Delgado Senior

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En Venezuela, la pava o mabita forma parte de nuestros recursos renovables (¡no en balde es un venezolanismo!), y por eso cambia a través de las épocas. Antes, cuando existían techos rojos y palomas blancas, quedábamos marcados por la pésima suerte si una de ellas nos regalaba sus excrecencias desde lo alto. Y aciago el destino si, además, un perro callejero nos miccionaba los zapatos recién pulidos. Pavosos, igualmente, eran los caracoles en la sala hogareña, las cortinas de “lágrimas” de San Pedro, los búhos y culebras disecados, abrir un paraguas dentro de la casa, las mujeres que mencionaban al esposo por su apellido: “¡Rodríguez!, atiende el teléfono”, las alpargatas bordadas: una que decía “recuerdo” y la otra “de Margarita”, bailar con la mamá o la hermana (Aquiles Nazoa dixit).

La pava resulta, pues, un encantamiento adverso, un anzuelo para proseguir con la mala suerte, y también ahora –porque los tiempos modifican el espíritu colectivo– algo chimbo que nos expone al máximo rating de lo cursi. En la galería de cosas o actitudes pavosas, pudieran incluirse las siguientes (unas nuevas y otras reencauchadas):

Hablar por celular sentado en el WC.

Pedir un “fresco” en vez de un refresco.

Llamar a la madre, “mamaíta”.

Creer que Luis Edgardo Ramírez es uno de nuestros mejores poetas.

Decir el Norte, en lugar de Estados Unidos.

Expresar, cuando uno está enfermo, que son problemas del “alma…naque”.

Preguntarle (¡todavía!) a una chica en plan de levante: “¿Tú trabajas o estudias?”

Dormir la siesta con piyama (Si la piyama es larga, la pava se duplica).

Igualmente hacer siesta después del desayuno (como acostumbraba el presidente Luis Herrera).

Descargar de Internet una película erótica y quedarse dormido frente al monitor.

Pedir un mondongo por delivery.

Trotar rascado.

Cortarse las uñas de los pies, desnudo y fumando.

Hacer “trencitos” en una reunión bailable.

Los nuevos ricos de la 4ta que añoran comer caviar con casabe.

Exclamar en la Colonia Tovar: “¡Me siento como si estuviera en Alemania!”

Ponerse a discutir de religión con los adventistas que tocan el timbre los domingos a las 8 a.m.

Las revistas viejas que colocan en las salas de espera de los consultorios médicos.

Decir que de noche los cerros de Caracas parecen un nacimiento.

Ir de parrillera en mototaxi con zapatos de tacón alto.

Estar disfrazado y bravo.

Decir “Voy a poner un telegrama” cuando uno va para el baño.

Llamar a Guaidó “Señor Presidente”.

Preguntarle a la cajera del automercado y para que todo el mundo escuche: “Señorita, ¿aquí aceptan divisas ex-tran-je-ras?”

Usar tapabocas de marca.

Vestir bluyines supercaros con huecos en las rodillas.

Pedir en el restaurant que te envuelvan los restos de la comida “para el perro”.

Grabar videos de Winston Vallenilla recitando.

Y el colmo de la pava: retratarse con Lilian Tintori (¡ya van quince los damnificados o empavadísimos!), y leer los poemas filosóficos de Leopoldo López (“el tiempo corto es muy largo, y el tiempo largo es muy corto”).

POSTDATA MABITOSA: Como el concepto de pava resulta muy subjetivo y quizás muchos no estén de acuerdo con nuestra recopilación, sugerimos que cada lector elabore su propia lista de mal agüero y la envíe al Departamento de Derechos Torcidos de esta columna, para adoptar las (im)previsiones del caso. Vale.

Igor Delgado Senior