EstoyAlmado | Comprar

Manuel Palma

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Cuando el dinero es insuficiente comprar los productos básicos puede ser un acto heroico. Todo comienza cuando te encomiendan hacer unas compras. Después de hacer un rápido cálculo, sabes que los recursos asignados no cubrirán la extensa lista de productos que te han entregado. No tienes que ser economista; con revisar el precio diario del dólar sospechas que la mitad de las cosas ya habrán aumentado, por lo que tu misión de “traerlo todo” puede culminar en fracaso. Cuando te ven la cara de derrota, siempre tratan de consolarte con la frase “tranquilo, trae lo que te alcance”.

Antes de enfrentarte con la inevitable inflación, una táctica es evaluar exhaustivamente la lista de productos que debes comprar. Para ello, te aseguras del tamaño y la cantidad de los productos. También es muy importante si hay preferencias, por ejemplo, en determinadas marcas de café, harina de maíz o de trigo, sal, azúcar o detergente. No intentes subestimar nada. De todas las marcas hay prejuicios y mitos, sin importar si la lista fue hecha por amos o amas de casa.“Tal café sabe mejor y rinde más”, “no traigas la harina X porque se empelota y las arepas quedan duras”, “Ni se te ocurra la sal W porque no sala”, “el jabón H no echa espuma y deja la ropa sucia”.

Si los productos son para tu casa, puede descartar de la lista artículos que, según tú, son innecesarios. Aquí el criterio para determinar qué es prioritario es sumamente peliagudo porque lo que es vital para algunos, tal vez para ti no lo sea. Es parte de otra lección aprendida en crisis: gastar el dinero para lo que es verdaderamente necesario.

Al comprar siempre se parte del criterio de que los productos comprados deben beneficiar a todos dentro del hogar, y por nada del mundo pueden responder a un antojo personal, a menos que haya una excepción para premiar a algunos de los miembros familiares. Si vives solo puedes responsabilizarte por gastar el dinero del condominio para pagar la chuchería que tanto te gusta. Nadie se tiene que enterar del episodio. Pero si te confiaron una lista, y piensas gastar en un capricho personal, al llegar debes presentar una justificación al nivel de tesis de Doctorado, sin la certeza de salir bien librado.

Ya afuera la cosa no es fácil. Si estás en semana de cuarentena radical, el tiempo atenta contra esa necesidad de ruletear comercios para hallar los precios menos costosos. La diferencia de precios no es tanta entre productos, pero ahorrarse unos pocos churupos es percibido como una hazaña que converge entre la viveza criolla y la esperanza de que te alcance para comprar todo en la lista.

Si por casualidad saliste a media mañana, date por perdido. Cuando tienes una lista completa de diferentes rubros por comprar y escuchas el sonido de santamarías bajándose es inevitable pensar “perdí el día”. La única opción es cazar aquellos negocios que, aún cerrados, venden clandestinamente fuera del horario establecido. Con dos toques te abren rápidamente, con uno te pueden ignorar. Una vez dentro del local, te hacen sentir que debes comprar lo que tengan y al precio que les dé la gana, y así no llegar con las manos vacías a casa. Las marcas que te pidieron no importa, tampoco el estado de las hortalizas encomendadas. Es el viejo principio de “urgencia” que llaman los mercadólogos.

En la semana de flexibilización la sensación es otra. Se sienten menos aglomeraciones. Aquí en el centro de Caracas uno empieza a notar el grueso de los compradores en la calle a golpe de 11 de la mañana, y los más precavidos se les ve a partir de las ocho de la mañana. Por el horario extendido es posible ir y venir varias veces. Es la semana predilecta de aquellos que disfrutan comparar precios y productos sin el estrés de que le cerrarán los comercios.

Encontrar la mejor forma de pago es parte de la travesía de comprar. Con bolívares en el plástico bancario solo debes cerciorarte de encontrar locales con punto de venta o pago móvil. Pero si vas con dólares en efectivo, acepta que tú tienes que resolverle al comerciante el problema del sencillo por dos vías: o le dejas el vuelto a su favor, o le compras algo que no quieres y no necesitas para completar el monto del billete estadounidense. La tasa de cambio es fijada según el medalaganismo del comerciante, aunque en honor a la verdad también hay negocios que trabajan con la tasa del BCV. Si el billete está roto, sucio o la mirada en el billete de George Washington está “rara”, perdiste el viaje.

Al comprar los productos y llegar a casa, el ritual debe culminar con quejarte de los precios (siempre como si la inflación fuera la gran sorpresa del día). Tampoco debe faltar aquello de que la gente no respeta el distanciamiento para pagar. Y, por supuesto, debes destacar la rebaja que conseguiste en uno o más artículos. Si no te esfuerzas por ahorrar algo no es un buen augurio cuando te pregunten “¿Cómo te fue?”.

Porque si cumples al menos con el 60% de la lista, y además te sobró algo de dinero (así sea insignificante) pasaste la prueba: ya sabes hacer compras en crisis.

Manuel Palma