PARABIÉN | Palabra desbloqueada

Rubén Wisotzki

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1.

Cuando usted, mi único lector que tanto aprecio lea esto, ya lo habré dicho, palabras más, palabras menos, —en un verbo trancado, inseguro, dubitativo en la técnica expresiva, aquejado muscularmente, pero seguro y firme, muy seguro y firme, en la mente y el corazón, es decir, en lo que comúnmente se conoce como esencia—, en el transcurso de un sencillo intercambio de pareceres y consideraciones con mi amigo William Castillo, en la Feria Internacional del Libro (Filven) que se desarrolla en el país.

Empujado, afectuosamente, a poner un orden en el hablar, en el decir, en el discurso, terminé precisando tres conceptos que actualmente (¿y acaso no siempre?) están en la superficie, y también en las más oscuras profundidades, pero que bien pueden resumirse en uno: El poder liberador de la palabra.

2.

Mi participación empezará así: citando al sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en el libro “El retorno del péndulo”, que cita al psicólogo austríaco Sigmund Freud y quien a su vez cita al gran escritor alemán Goethe, y que me lleva, sin atajo, al pensar de nuestro admirado Simón Rodríguez, y que recibe en quien escribe cierto eco en el Alfredo Maneiro cuando nos lee a Maquiavelo.

Y esto es, también, la palabra y su efecto liberador. El poder trasvase. Una palabra lleva a otra palabra, que es una idea que lleva a otra idea, que es una vida que lleva a otra vida, que es la memoria de una persona, y, con suerte, es la memoria colectiva, la memoria de todos.

3.

Dice Bauman: “Estamos organizados de tal modo –escribió Sigmund Freud en 1929, sin que nadie lo haya contradicho seriamente desde entonces— que solo podemos gozar con intensidad del contraste, y muy poco de lo estable”. Freud cita la opinión de Goethe en respaldo de la suya –‘Alles in der Welt läbt sich ertragen, / Nur nicht eine Reihe von schönen Tagen’-, aunque hace la salvedad de que ‘tal vez sea una exageración”. En nuestra lengua lo que dice Goethe es: “Todo se soporta en esta vida/ menos una sucesión de buenos días”.

4.

¿Por qué elegir esa sentencia de Goethe para hablar de la palabra en días marcados por una pandemia y un bloqueo? Obviamente, por muchos motivos. El primero, e importante, es porque se requiere, en estos días más que en otros, de la palabra que es aliento, que es mesura, de la palabra que opera como un bisturí ante la tendencia a bajar los brazos cuando más se requiere que estén arriba.

Podría sonar, especialmente a los pesimistas, como una frase que procura el inútil consuelo. Creo que se equivocan. Por el contrario, es la frase articulada, no solamente en la experiencia, sino también en la esperanza. Es, si se quiere aplicar la razón filosófica, la certeza que la falta de contraste, a la cual se alude en la cita de Bauman, de Freud, representa el peor de los desequilibrios porque lo que niega, la actitud negadora, la actitud fatalista, incluso en la fatalidad, es la señal del fin.

5.

Para apreciar el día soleado, su luz, su brillo, su calor, sus colores encendidos, y, en consecuencia, los ánimos elevados, los cuerpos movilizándose sin mayores inconvenientes, las posibilidades de encuentros, las prolongaciones de las jornadas con su consabida utilidad, ya sea laboral o recreacional, los beneficios vitamínicos de los rayos solares (cuando son aprovechados sin exceso), el goce potencial de todo ese abanico de oportunidades, es necesario para el ser humano tener unos cuantos días grises, oscuros, nebulosos.

6.

Por último, y luego de consideraciones semejantes, y si el tiempo asignado así lo permitió, me habré referido al origen de la palabra “bloqueo”, una palabra muy usada, muy mencionada, en nuestra realidad. Según la RAE, y según los otros diccionarios, la palabra “bloquear” posee cuatro acepciones: A. Interceptar, obstruir o cerrar el paso. B. Impedir el funcionamiento normal de algo. C. Dificultar, entorpecer la realización de un proceso. Y D. Entorpecer, paralizar las facultades mentales de alguien.

Como se intuirá habré puesto el énfasis en mi intervención en la última acepción citada: “Entorpecer, paralizar las dificultades mentales de alguien”. Sin lugar a dudas, un bloqueo económico, un bloqueo político, es decir, un bloqueo de carácter práctico, de un orden objetivo, ejecutable con algunas medidas factibles, debidamente estructuradas y realizables, es posible.

Pero en cuanto a “las facultades mentales de alguien”, si no se emplean medidas de carácter físico o psicológico, todo tipo de bloqueo es un imposible. Y esta imposibilidad es visible y palpable en la sociedad venezolana a través de su primera y única fortaleza real: la palabra.

Con la palabra, en la palabra, de la palabra, gracias a la palabra, puede apreciarse que si existe, o existiese, la posibilidad de entorpecer o paralizar las facultades mentales del venezolano, ese terrible y nefasto intento, es todo un monumento al fracaso. La palabra del ser nunca calla, la palabra del venezolano está intacta, para bien y también para mal, faltaba más. Y la realización de una feria del libro, en medio de un marco de dificultades y adversidades nunca antes vistas, es una prueba impecable e implacable de ese don, de ese Bien, de ese patrimonio invaluable, de esa fuerza que Goethe celebraría junto a Simón Rodríguez por los pasillos de Gradillas, nuestro magnífico, único y elevado desbloqueo ante el bloque del bloqueo.

Todo esto habré dicho. Para bien.

Rubén Wisotzki