CARACAS EN ALTA | Motos en tres tiempos

Nathali Gómez

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I. Cruzar la avenida Urdaneta a cualquier hora siempre es diferente. Está escrito que el peatón, ese gran perdedor universal, es el ser más vulnerado. No hay que hacer un ejercicio muy creativo para imaginarse a una pobre bolsa (yo) esperando a que las motos decidan darle una oportunidad mucho tiempo después de haber cambiado el semáforo. En ese juego que siempre pierdo, algunos motorizados me han mirado con lástima y, con un gesto de padres benevolentes, me han dicho con la mano que pase. En esos casos he cuestionado mi fortuna porque he considerado como extraordinario algo que sería lo normal si el semáforo está en verde para mí. En la mayoría de mis aventuras sobre el rayado, zigzagueo como si me hubieran echado limón en los ojos, dudo, corro, me repliego, insulto mentalmente, pego gritos y finalmente izo la bandera del fracaso. El ritual siempre varía y cruzar una avenida deja de ser algo automático. Para cualquiera se trata de una historia poco relevante entre tantas injusticias que ocurren en el mundo, para mí es el juego perdido contra la máquina y quien está sobre ella.

II. Imagine a un hombre mayor, de unos setenta años, caminando por el bulevar de Sabana Grande. Piense en su cuerpo, sus pasos acompasados y el tiempo sobre su espalda. La vista, que ya le falla, no lo ayuda a ver bien los contornos y los peligros ocultos en los objetos cotidianos. Sin darse cuenta, pisa mal y termina volando por el bulevar. La escena está compuesta por sangre, una mejilla surcada por una herida y una rodilla ya enferma que se declaró en cese. El hombre, más dolido por la torpeza de la vejez que por los golpes, está aún en el piso sin poder levantarse. La gravedad lo llama cada vez con más fuerza y esta podría ser una ocasión para dejarse llevar sin mucha resistencia. De entre la multitud de zapatos indolentes que pasan por su lado, salen los de un grupo de mototaxistas para ayudarlo a pararse y esperar a que un familiar vaya a buscarlo. El hombre muy apenado acepta la atención y piensa que la vejez esta vez ganó la partida.

III. No sé subirme ni bajarme bien de una moto. Mi destreza es inversamente proporcional a la torpeza al hacerlo. Entre mis heridas de guerra se encuentra el quemón que me dio un tubo de escape cuando me apeé por el lado equivocado (de la historia). Afortunadamente, borré la cicatriz con sábila y ahora solo queda la anécdota poco heroica. Todavía no entiendo bien la razón, ni tengo una explicación convincente sobre mi poca destreza al abordar ese tipo de caballos con tracción 2×2, ni sé bien si infundo respeto como parrillera. Supongo que no.

Nathali Gómez