PUNTO Y SEGUIMOS | El capitalismo y sus máscaras

Mariel Carrillo García

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El capitalismo no es muy innovador, pero si hay algo que tiene es capacidad de adaptación. No le hace asco a nada, todo lo que toca lo deforma y lo pone a su servicio, como es evidente en los casos de algunas luchas como el feminismo o los derechos de la comunidad LGBTIQ+, que son utilizados como bandera de un supuesto progresismo que realmente no discute los problemas de fondo, sino ciertas formas hoy políticamente incorrectas.

No es lo mismo el feminismo liberal – esencialmente contrarrevolucionario – que el feminismo popular, que cuestiona no solo con una perspectiva de clases, sino que analiza al patriarcado como agente esencial de la apropiación y acumulación del trabajo femenino, por poner un ejemplo.

Ese sistema que se camufla y pretende apropiarse de luchas históricas de la izquierda – en tanto la izquierda se asume como defensora de las clases trabajadoras y desfavorecidas – ha llevado a tal punto su estrategia, que hoy observamos cosas tan jaladas de los pelos como que miles de personas compran el discurso de Biden/Kamala = comunistas castrochavistas, mientras que otras miles aseguran que no, no son comunistas, pero son ciertamente progresistas y garantes de los derechos de las “minorías”.

En alguna mansión donde los dueños del mundo (que sí son minoría) ya se preparan para la conquista del espacio, deben estar felicitándose por la efectividad de esta apuesta por el caos y el daño a la psique de media humanidad, que lastimosamente es la que habita y es mayoría en esos países donde se decide el destino de otros millones de seres humanos que están tratando de sobrevivir.

Mientras en las primeras potencias del mundo los ciudadanos comunes discuten cosas como la influencia de Chávez desde el más allá para hacerle fraude a Trump, el color de su próxima mascarilla comprada en descuento de black friday o expresan la alegría infinita de que un presidente gay friendly se siente en la Casa Blanca, pues eso le hace automáticamente garantía para un mundo mejor, los pueblos pobres discuten y luchan por cosas más importantes: el acceso al agua potable, a la tierra, a la autodeterminación, a la soberanía, a la no cosificación y apropiación de sus cuerpos o como diría Víctor Jara, al derecho de vivir en paz. Derecho cercenado a millones para que el primer mundo pueda comprar cosas y vivir en la burbuja de felicidad plástica que le vendió el capitalismo a costa también de su propia libertad.

Las peleas que se dan en el sur del planeta son por la humanidad toda. El futuro mejor no es aquel en el que las mujeres blancas y de clase media alta puedan cobrar lo mismo que los hombres blancos clase media alta, sino aquel en el que no haya millones de mujeres muriendo de hambre porque su trabajo no se considera trabajo, o en el que nacer niña no se considere una desgracia y una carga.

En el futuro que discutimos desde esta parte del globo, la vida es menos inequitativa, los recursos se reparten mejor y se cuida a la Tierra que nos alberga. No soñamos con dominar a otros, tampoco con acumular objetos que no tenemos idea de dónde salen ni quién los hace. En el mundo mejor que queremos, también esperamos que se liberen quienes hoy no saben o no quieren saber cuánto cuesta su supuesto estado de bienestar. Por eso somos una amenaza inusual y extraordinaria, pero no para sus libertades, sino para la jaula de circo en la que viven mientras el capitalismo les entretiene con su show de máscaras.

Mariel Carrillo García