HISTORIA VIVA | Las armas invisibles

Aldemaro Barrios Romero

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Cuando llegamos a entender las causas de la crisis que padecen los pueblos de América y observamos a los voceros de la derecha decir lo mal que está Venezuela y descargar las culpas en Maduro, comprendemos que el ejercicio del discurso político neoliberal está construido en un andamiaje frágil sin fundamento histórico, puesto que se elabora sobre mentiras fáciles de descubrir que se derrumban ante la más mínima pesquisa.

Cuando hablamos de guerra evocamos tiros, cañones, destrucción, muerte, emociones encontradas muy fuertes, entonces recordamos lo que ocurrió en conflictos bélicos como la guerra de Independencia en el siglo XIX como un fenómeno continental que prendió fuegos en toda América Latina desde México hasta Argentina. Tuvo epicentros significativos como en Cundinamarca, Venezuela y Quito, tres territorios que entonces constituyeron una potencia continental, millones de seres humanos forcejearon por liberarse de la Monarquía española que comenzó a despedirse de sus afanes de dominación en estos territorios, un noviembre de 1820 y que con el abrazo final, Bolívar despedía cortésmente al jefe realista Pablo Morillo, también despedía a una era y amanecía en el umbral de los Andes un sol revelando la nueva realidad soñada y escrita por el Libertador en la Carta de Jamaica en 1815.

El primer párrafo del convenio del Armisticio firmado por Bolívar y Morillo el 25 de noviembre de 1820 tiene un aire de nostalgia para los españoles y aliento de esperanza para los patriotas americanos del sur:

Deseando los gobiernos de España y de Colombia transigir las discordias que existen entre ambos pueblos; y considerando que el primero y más importante paso para llegar a tan feliz término es suspender recíprocamente las armas, para poderse entender y explicar, han convenido en nombrar comisiones que estipulen y fijen un Armisticio…”.

Pocas veces pensamos en circunstancias sencillas como la navidad que pasaron los soldados patriotas y realistas ese año de 1820. “Poderse entender y explicar…” dice el texto, cuya edad es de doscientos años y que trascendió como contenido magistral donde la razón del diálogo superó el uso de las armas y el sostenimiento de la fuerza de un ejército realista hasta entonces invencible, el hecho de que España y su gobierno borbónico era sostenido en una proporción significativa por lo que América le proveía a su débil economía. La hacienda española era sostenida en un 60% por lo que generaban los esclavizados negros, indios y mestizos americanos, blancos de orilla como fuerza de trabajo que fundamentalmente producían bienes de consumo como carne salada, cuero, productos agrícolas como el cacao y desde antes el oro y la plata dilapidada por un reinado holgazán que bajo el dominio de las armas y la religión controlaba los vastos territorios continentales de Nuestra América, como la bautizó José Martí.

Pero los que se opusieron a seguir dominados por una España que había transitado mil años de guerra, con un ejército experimentado, reconocieron que la voluntad de ser libres fue superior a toda la veteranía acumulada por los guerreros hispanos peninsulares.

Mil millones de cartuchos de chispa, miles de espadas, lanzas, flechas envenenadas miles de cañones, pistolas y rifles cuyo fuego reventó con estridencia escalofriante en ciudades, pueblos, sabanas y montañas que prendieron fuego a todo un continente, toda una generación de hombres y mujeres bajo fuego en una guerra que Bolívar la hizo popular, por voluntad de su credo y por la conciencia de un pueblo rebelde dispuesto a emanciparse.

Todo era visible, tan evidente que hasta se normó e instituyó en el Armisticio y Tratado de Regularización de la Guerra el 25 y 26 de noviembre en 1820, que se prorrogó como un legado sobre el derecho internacional humanitario hasta nuestros días y que aunque no tuvo nombradía protagónica antecedió los Tratados de Ginebra de 1864 y los subsiguientes tratados, incluso fue fuente de inspiración para los Acuerdos de Paz firmados por la FARC y el Gobierno colombiano en 2016 y los venezolanos la hicieron doctrina de diplomacia bolivariana de paz.

La realidad actual de una guerra en Venezuela no dista de ser tan atroz como en la independencia, todos los protocolos de un asedio ha sido aplicados contra la nación bolivariana, todo lo imaginablemente posible en perversidad ha puesto a prueba a ese pueblo, peor porque el enemigo no se ve y está en todos lados y para observarlo los cuerpos de inteligencia con su mejor recurso de observación en forma de inteligencia colectiva y popular dan cuenta a tiempo para prevenir los sabotajes y explosiones a infraestructuras estratégicas como los hidrocarburos, para luego culpar al gobierno de ineficiente. Más perfidia imposible.

La especulación estrafalaria, como herramienta política maligna, hace que los salarios, bonos y otros emolumentos que aporta el Estado venezolano a la población se vuelvan aire; y en los medios nacionales e internacionales, los voceros políticos de la derecha completan el engaño con cuentos construidos sobre medias verdades, corrupción, mala gestión, pero nunca mencionan causas, apelan a la sensibilidad inmediata y a las emociones no razonadas. Esa especulación a la que los monopolios mercantiles de los alimentos apuntan para disparar en forma de acaparamiento, para desaparecer los insumos básicos, o de precios especulativos escandalosos generalizados para ganar injustamente una guerra que ataca despiadadamente a un población subsumida por los caprichos de manipuladores de divisas que ha tomado forma de arma invisible pero que igual mata lentamente. Arteros mercaderes convertidos en “políticos”.

En los siglos XIX y XX las guerras eran convencionales y el Derecho Internacional Humanitario tenía protocolos de gestión ante un conflicto. En el siglo XXI Venezuela es un gran laboratorio para un nuevo tipo de guerra, la llamada “no convencional” en la que los parámetros establecidos por los organismo multilaterales, sea Naciones Unidas y otros que consideren el asunto del Derecho Internacional Humanitario, no registran pautas ni protocolos, en tanto como guerra invisible nada o poco se ha instituido al respeto.

Contrario al deber ser, en los organismos multilaterales como la Comisión de Derechos Humanos de la ONU o ACNURD se han atrincherado francotiradores de alto y medio nivel para disparar contra Venezuela, a pesar de que este país, siguiendo los convenios internacionales, ha privilegiado legislaciones y políticas públicas que favorecen los derechos fundamentales y una y otra vez han sido revisadas sus gestiones, a tal punto que para poder “demostrar” sus mentiras, estos francotiradores han apuntado a fuentes terciarias y secundarias para elaborar sus informes, a todas luces una extravagancia vergonzante para la inteligencia humana.

El caso de Venezuela es digno de estudio y motivo para reflexiones y debates que orienten nuevas resoluciones en los organismos multilaterales, porque hasta ahora la ONU rige los conflictos de la manera tradicional y hoy estamos ante una nueva realidad que debemos estudiar, investigar y analizar para dar luces a nuevos convenios que contemplen este tipo de guerra.

La historiadora venezolana Gladys Arroyo lanza un razonamiento de advertencia oportuna, para que esta guerra múltiple de enemigos con armas invisibles sea detenida y propone que la inteligencia diplomática reflexione los retos para detener la más gigante violación de los derechos humanos de más de 30 millones de personas afectadas en Venezuela.

Aldemaro Barrios Romero | venezuelared@gmail.com