Como cabía esperar

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Como cabía esperar, El Diego no se iba a ir sin levantar polvareda. Que misógino, que maltratador, que farlopero, que pederasta, que traficaba droga con Chávez. Por este puñado de cruces que eso último lo leí por ahí hace un rato.

Hay quien levanta banderas por su muerte y celebra que aconteciera justo el día Contra la violencia de género. Es obvio que los lados oscuros del Diego eran muy oscuros y manifiestos. Como también es manifiesto el uso deliberado que se le da a fotos y realidades de las que tenemos movedizas certezas.

Es manifiesto también que aquellos que lo defenestran hacen algo que no podemos ni sabemos hacer aquellos que hoy lo lloramos: eludir todas las aristas de su compleja estampa.

Lloramos a Diego porque cuando niño pensaba que la mayor prosperidad posible era comprarle una casa a su vieja. Porque salió del barrial y conquistó la fantasía irrealizable del capitalismo de que si te lo propones con ahínco lo logras. Lo cierto es que solo le gana la partida al capitalismo un genio de entre millones y aun así a costa de tu propio cuerpo.

El Diego no sabía la traza de contradicciones que lo atravesarían. El exceso desmedido que es el premio del capitalismo a las celebridades desaforadas crea monstruos.

El Diego se perdió irremediablemente, y solo Fidel y Cuba pudieron traerlo de vuelta, y lo devolvieron politizado, paladín de todas las causas perdidas. David contra la FIFA. Abrazos a Venezuela aun cuando ningún otro progre del mundo se atrevía ya a jugárselas por ese país que ya no te suma likes.

Valentía kamikaze, a juego con su otro imperdonable atributo: su consuetudinaria grosería, desfachatez, su parafílico amor por todo aquello que desafiaba las normas autorizables del buen gusto.

Lo que lo lloramos hoy no eludimos que supo ser un monstruo oscuro y a la vez un Ícaro que se quemaba las alas cada vez que intentaba cabecear el sol.

Los que lo defenestran hoy no pueden abrazar sus épicos alcances porque en realidad esos alcances les importan poco y nada. El asco que le tienen es ideológico y de clase.

Resulta intolerable un tipo que no dibujó el recorrido de un pobre que alcanza la virtud autorizada por las clases arriba de la suya. Que nunca dejara de ser un gordo falopero chabacano y grosero de Villa Fiorito, resulta simplemente inaceptable. Es que ni siquiera nos permite a la clase media empatizar con una imagen idealizada de los pobres.

El que se libere de su aprehensión de clase podrá comprender que ese hombre complicado e insondable hoy se suma a otros sujetos tan monstruosos y contradictorios como él que al parecer dan menos vergüenza.

Ahí se va el Diego con Miles Davis, con Charlie Parker, con Jim Morrison, con Hector Lavoe, con Charles Bukowsky, con Jhony Cash, con Maelo, con Picasso, con Edith Piaf, con Diego y Frida, con Robert Jhonson, con Janis, con Klaus Kinsky, con Caravaggio, pero también se va con Chávez y con Fidel, con el Che y con otra cantidad de monstruos incontenibles por la historia y que a personas cotidianas como nosotros nos resulta bien difícil de abarcar con los dos brazos y dos ojos que tenemos.

Pablo Kalaka