Cuentos para leer en la casa | El perro minero

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Cuando yo era triponcito vivía abajote, en Las Rositas, y la escuela que había era la de Palo Verde. ¡Ah mundo, qué distancia, y las canillas doliéndome de tanto ir y venir a recibir clases! Medio día me echaba caminando y por eso, para comer, me traía mi taparita de suero y dos arepas tumba budares.

Menos mal que iba con mi compañero, un perrito que habla, que me regaló mi padrino; chiquito todavía, pero de orejotas grandes, tan grandes que, caminando, se las pisaba.

La maestra Carmen pintaba un araguato en el pizarrón y enseñaba:

—¡A, a, a, a, araguato!

Y nosotros repetíamos:

—¡O, o, o, o, oso!

Y nosotros atrás; y mi perrito con los ojos pelados y las orejotas paradas, sin perderse nada de la explicación.

Llegadas las vacaciones, ya el perro estaba grande. Y, como entonces Sanare era montaña casi hasta Quíbor y en ella había lapas, cachicamos, venados, picures, rabipelados, mapurites, coloraditos y otros animales. Yo dije a preguntarme si el perro sería buen cazador.

—Voy con él a cazá –le dije un día a mi taita.

—Hijo, no vayáis a matá animalitos –pidió él, tanto que los quería.

—No –contesté yo– solo voy pa’ ve’lo corré.

Y, ya en el monte, le recomendé al perro:

—Ya sabéis lo carrereáis, pero no lo mordéis.

Adelante se fue Respeto, que así se llamaba, y al rato lo oigo latir:

—¡La, la, la!

—¿Qué será la? –me pregunto.

Me asomo y, debajo de las patas le veo una lapa, pintadita, muy bonita.

—No la vayáis a mordé Respeto –le volví a pedir.

Él, entonces, la soltó para carrerearla un poquito más y, cuando la tuvo encuevada, se vino cansado. Con un gran aspaviento volvimos los dos a casa.

—¡Papaíto, mamaíta, hermanita!

—¿Qué pasó, hijo? –me preguntó mi taita.

—Que el perro se consiguió una lapa.

—¿Y ese aspaviento que traéis?

—Es que el perro aprendió a leé.

—¿Cómo?

—Que cuando vio una lapa, dijo a latí la, la, la…

—¡Ah, perro inteligente! –dijo mi taita; y se regó la noticia por todo el caserío.

Por eso, después de las vacaciones, yo lo seguí llevando a la escuela para que siguiera aprendiendo. ¡Si lo quería la maestra, por la inteligencia que tenía!

Un día mi taita, para verlo con sus ojos, se lo quiso llevar al monte.

—Búscame un bicho por ahí –le mandó.

—¡Ve, ve, ve…! –al rato se puso a latir Respeto.

—¿Qué animal será ese que se llama ve, ve, ve…?

Y, cuando pudo ver que era un venado dijo:

—¡Este perro si sabe leé como dice el chavalito! –y le mandó que soltara al venado, que ya tenía agarrado por una pata.

Pasó un tiempito y me tocó a mí llevarlo al monte. Al poco rato lo escucho latiendo.

—¡Lle, lle, lle…!

—¿Qué será lle? –digo yo–, ¿una yegua acaso?

Demasiado grande para traerla debajo de sus patas. Por eso me acerco y al levantarlas para que yo viera, es un… bi-lle-te.

—¡Un billete! –grité contento, y se me pusieron los ojos como el dos de oro.

—¡Papaíto, papaíto! –llegué a la casa gritando.

—¿Qué pasó, hijo?

—Mirá un billete que cazó Respeto.

—Dejame esculcalo –dijo él, amarrándolo–. Y es de cien bolívares. ¡Ay perro billetero que tenemos!

Con aquella plata mi taita compró ropa para toda la familia. Y lo que sobró, que aunque poquito entonces valía mucho, me lo dio a mí y yo me compré marusada de acemitas. Contento, me las fui comiendo y dándole también al perro para pagarle su trabajo.

Sería cosa de unos diítas y, ahí mismito, apareció gente con ganas de comprar a Respeto. Menos mal que mi taita me hizo caso y no lo vendió.

—Mucha plata es lo que vale este perro –dijo él–. Mañana me lo llevo al monte.

Pero yo quise acompañarlo para ver. Cuando él lo soltó en seguida oí latir.

—¡Ma, ma, ma…!

—¡Más, más, más billete! –gritó mi papá, que ya andaba con la mente llena de billetes.

Pero no era un mato, un mato ñemero de como cinco cuartas. El bicho se había encuevado y el perro, que no era perezoso, se puso a echar uña. Escarbó y escarbó, lo que apareció no fue el mato –para que vean que mi taita no estaba equivocado– sino una tinajita.

—¡Más plata! –dijo mi taita, la vació y contó más de quinientos fuertes… –¡Ah, güena fuertamenta! ¡Qué suerte la nuestra con este perro!

Y desde ese día la noticia de que teníamos un perro minero se regó más allá de Sanare, de Quíbor y El Tocuyo.

—No lo vendo, no lo vendo –les repetía mi taita a los que llegaban para verlo.

Lástima que tanta suerte se acabara tan pronto. Respeto duró hasta el día en que una mapanare de siete narices lo mató.

Ciudad Ccs / El Caimán de Sanare

De Sin decí una garra e’mentira (1997)

El Caimán de Sanare (1937-2010). Pseudónimo de José Humberto Castillo: juglar, agricultor, comerciante y narrador oral del estado Lara. Portavoz de un pueblo encantado. Singular personaje campesino que durante décadas, con sus relatos plenos de ingenio, humor, sentido ecologista y sapiencia, mantuvo viva la tradición oral de su región.