El cumpleaños de “Superbigote”

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En broma, algunos han comenzado a llamarlo “Superbigote”. Y esto se debe a que –según la pata de la que cada uno cojea– el presidente Nicolás Maduro es un superhéroe o su supervillano.

La mitología de los fake news y la posverdad que difunden los medios de comunicación y las redes sociales ubican al mandatario en un rango que tiene mucho de fantástico, de sobrenatural.

Veamos primero sus supuestas acciones “ofensivas”. Según lo que se lee y se oye, “Superbigote” es un malvado de película, que no contento con encabezar la peor dictadura en la historia del género humano, se mete en los demás países y causa toda clase de desarreglos. Lo sorprendente es que Maduro ejecuta todas estas acciones, que requieren mucho dinero, a pesar de que el país está bloqueado, sancionado, embargado, y sus cuentas en el exterior y sus empresas saqueadas y robadas. ¿Cómo lo hace? Superpoderes, pues.

Además, lleva a cabo estos malévolos planes que requieren de relaciones y contactos diplomáticos a pesar de que “está aislado de la comunidad internacional”. ¿Cómo? No se sabe. Parece que puede mover masas humanas a distancia, por telepatía.

Pero hay algo todavía más asombroso en el relato corriente de los adversarios: Maduro lleva a cabo estas operaciones que quitan y ponen presidentes, es decir, maniobras de alta política, a pesar de ser perdidamente ignorante y torpe. Y agréguele usted más: sus víctimas son –según dicen– dirigentes ilustrados y de alto coeficiente intelectual, asesorados por unos tanques pensantes que son la flor y nata de las universidades más prestigiosas del orbe. ¿Cómo lo logra? Es un gran misterio.

Más allá de estas ridiculeces, dirigidas a gente mentalmente castrada, también hay quien considera al presidente un superhéroe, por la forma en que se ha defendido. La verdad histórica indica que ha resistido tantos ataques, complots, amenazas y cuentas regresivas, que ya hasta parece un personaje de esos que nos vende Hollywood.

Cuando el Comandante Hugo Chávez sorprendió a propios y extraños y lo nombró canciller, no fueron pocos los expertos que apostaron a que apenas duraría unos meses en el cargo, tal vez semanas o días. Los diplomáticos de frac y pumpá de la Cuarta República lo consideraron un chiste de mal gusto.

“¡Huy, es un autobusero!”, dijeron con un mohín de desprecio en sus diplomáticas jetas. Pues bien, el canciller obrero estuvo seis años en la Casa Amarilla y es difícil encontrar un tiempo de mayores logros en política exterior que ese período en el que se fundaron o consolidaron nuevos organismos de integración como ALBA-TCP, Unasur y Celac. También fue la época del ingreso de Venezuela al Mercosur.

Pero si breve era el lapso de vida que le daban como canciller, más breve aún fueron las expectativas de permanencia en Miraflores, luego de su victoria electoral sobre un furioso Capriles Radonski, en abril de 2013, tras la partida del Comandante. “Un mes”, dijeron algunos. “Tres meses máximo”, otros. Los más generosos decían que llegaría hasta diciembre, cuando unas elecciones municipales que la oposición pretendió transformar en plebiscito nacional lo echarían a patadas del palacio. Aconteció que quienes salieron con las tablas en la cabeza fueron los promotores de la “consulta”.

Vino entonces la violencia. Bajo el nombre de “La Salida” la extrema derecha se lanzó a generar disturbios focales que la maquinaria mediática se encargaba de vender mundialmente como una expresión de repudio popular al Gobierno. En los primeros días se activaron de nuevo sus cuentas regresivas. En cuestión de días, Maduro se vería obligado a renunciar o sería depuesto por los militares. Se volvieron a equivocar.

Desataron entonces la guerra económica interna, obligando a la gente a hacer cola para todo. Y luego, en 2015, capitalizaron el natural descontento para ganar unas elecciones que, por cierto, no les fueron escamoteadas, pese a la secular siembra de desconfianza en las autoridades electorales. Con la nueva AN, de amplia mayoría opositora, estuvieron de vuelta los ultimátum. En seis meses Maduro no sería más que un mal recuerdo. Tampoco esta vez acertaron.

Retornó redoblada y diez veces más cruel la violencia en 2017. Mientras quemaban gente viva y lanzaban bombas de excremento a la policía, una vez más dijeron que al Presidente le quedaba poco. Y el hombre, por el que tanto menosprecio intelectual ha derrochado la derecha en estos años, se sacó un as de la manga y convocó una Asamblea Constituyente que hizo el milagro de pacificar un país llevado al mismísimo borde de la guerra fratricida.

Llegó 2018, año de elecciones presidenciales, en las que cualquier mandatario con semejante ristra de calamidades durante su mandato pudo haber sido derrotado. Pero la oposición, siguiendo a pie juntillas las instrucciones de Washington y sus tanques pensantes, se declaró en abstención y Maduro renovó su papeleta por seis años más.

Los radicales quisieron entonces abreviar ese mandato mediante un procedimiento clásico de países como EEUU y Colombia: el magnicidio. Estuvieron cerca de volar no solo a Maduro, sino también a todo el alto mando civil y político. Pero fracasaron.

En 2019 y 2020 han seguido los pronósticos del inminente final del gobierno de Maduro. Un supuesto presidente encargado, varios intentos de invasión, uno de golpe de Estado, atentados al sistema eléctrico y a instalaciones petroleras y la más cruenta guerra de medidas coercitivas unilaterales y bloqueos han completado la panoplia utilizada contra Maduro en los últimos tiempos.

Pese a todo, el de esta semana ha sido el octavo cumpleaños que Nicolás Maduro, el “Superbigote”, celebra en la Presidencia. ¿Será que de verdad tiene superpoderes?

Cosas sobrenaturales

En una vida tan azarosa como la de Nicolás Maduro tiene que haber detalles mágicos, taumatúrgicos, prodigiosos.

En primer lugar, se sabe que él y la primera combatiente, Cilia Flores, estuvieron cerca del culto a Sai Baba e, incluso, fueron a conocerlo. Pero eso no es tan significativo como la coincidencia de que el gurú indio nació también el 23 de noviembre y, curiosamente, en 1926. Al trasponer los dos últimos números, aparece 1962, el año de nacimiento del mandatario.

Por otro lado, la pareja presidencial también recurría (no se sabe si aún lo hace) al I Ching, el libro de las mutaciones. En momentos cruciales han hecho sus consultas. Por ejemplo, entre el 11 y el 13 de abril de 2002 lanzaron varias veces los hexagramas y recibieron instrucciones muy apropiadas. En las primeras horas, les recomendó mantenerse enconchados en un barrio caraqueño, a salvo de la cacería de chavistas que se había desatado. Luego el oráculo los autorizó a moverse, pues el ventarrón político había cambiado de dirección.

Pero si de vaticinios y augures hablamos, hay que repetir la anécdota de la Asamblea Nacional, por allá en 2000: la comunicadora y diputada Desiree Santos Amaral se reveló públicamente como entendida en lectura de manos. Analizó la de Maduro, que entonces estaba por los 37 años y exclamó asombrada: “¡Carajito, qué lejos vas a llegar!”.

Ciudad Ccs / Clodovaldo Hernández