MONTE Y CULEBRA | Las manos y el cerebro

José Roberto Duque

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Probablemente todo o casi todo lo que diré en esta entrega lo dijeron antes Frantz Fanon y otros. Quién me manda a no leer a Frantz Fanon ni a los otros.

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El mecanismo usado por los poderosos para imponer una racionalidad (la suya) hay que rastrearlo en sus huellas y señales más palpables, y sobre todo en el efecto que han dejado en los oprimidos. Ejemplo práctico: sospecha siempre de la gente que emplea el vocablo “racionalidad” en vez de hacer un esfuerzo por encontrar alguna palabra menos pretenciosa para decir lo que se piensa. Tampoco confíes mucho en quien dice “emplea” en vez de “usa”, y “vocablo” en lugar de “palabra”.

Nos redimen (y dale) los muchos ejemplos de mártires que se expusieron a una enfermedad espantosa para decirle al mundo lo fea que era esa enfermedad. El lenguaje es también síntoma de varias dolencias personales y sociales.

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En algún momento de los albores de la historia a alguien se le ocurrió que el trabajo manual y el trabajo intelectual son asuntos distintos. Y, por supuesto, como quienes formularon esa aparente (¿o real?) diferencia fueron gentes que no sabían hacer nada con las manos, quedaron las cosas así: quien trabaja con el cerebro es superior a quien trabaja con las manos, por lo tanto se merece mayores reconocimientos, mejor sueldo, mayor admiración y respeto. Dedicarse a pensar es más importante que dedicarse a construir casas o a producir alimentos.

Que se sepa, el cerebro es uno más entre los órganos del cuerpo. Importantísimo, sí, pero ¿será de verdad más importante que el estómago, el aparato reproductor, la vista o el hígado? ¿Por qué cuando decimos “cuerpo” se nos viene primero la imagen del torso que la de la bóveda craneana y todo ese enredijo de fibras y fluidos que va por dentro?

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Saltan y se estremecen de sorpresa los titulares de los periódicos cuando un médico insigne termina sucumbiendo a sus monstruos interiores y asesina a una mujer o a un niño, o a sí mismo. La sorpresa no es tanta si el victimario es un campesino u obrero (o un vago): nos prepararon para creer que el paso por la universidad es capaz de “blanquearle” los instintos, el alma, la moral, la camisa y a veces hasta la piel a cualquiera. Hemos asistido al momento espantoso en que alguna gente, aterrorizada porque un policía blanco mató a un negro en Estados Unidos, reclama con alaridos cibernéticos o de la garganta que a ese policía no le haya importado que su víctima fuera profesional universitario.

Otra vez: nos prepararon para asumir como normal que los excluidos de las estructuras civilizadoras y “blanqueadoras” del sistema sean protagonistas de las malas noticias, y nos indigna o sorprende que los señores profesionales también sean capaces de hacer o ser víctimas de cosas feas.

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Hay gente que cree que si pasaste por la Universidad tu ética es superior a la de los iletrados. Que si leíste “Ética para Amador” esa lectura ya te convierte en un tipo proclive a las buenas acciones y a la elevación del espíritu. Que el que no lee sobre ética su ética es frágil o deleznable, o inexistente por todo el cañón.

Todo lo anterior, así a estas alturas del campeonato esos lectores de Savater sigan confundiendo ética con moral, que, como ustedes saben, son dos cosas distintas.

Yo tampoco leí a Savater, así que ni me pregunten en qué consiste esa diferencia, aunque algo me contaron al respecto.

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Aterrizando un poco en nuestros lares, he percibido entre muchos intelectuales o “intelectuales” una creciente preocupación porque han cerrado los bares, ya no son lo mismo de antes o simplemente la caña está muy cara y ya no es posible matarse a cervezas hasta el amanecer, como antes. Entre nosotros se instaló, por décadas, lenta o violentamente, una imagen del escritor, el poeta, el pintor, el escultor o el teatrero, que quedaría incompleta si le quitamos el detalle de la afición por el alcohol o las drogas.

Mi generación, como muchas anteriores, creció creyendo que para ser buen poeta había que beber mucho, sufrir mucho, meterse mucho perico. Agarramos o nos incrustaron figuras como las de Baudelaire, Allan Poe, Dostoievsky y todos esos señores, emblemas de la autodestrucción, y nos creímos el cuento de que para ser buenos escritores había que ser borrachos, “bohemios” (ah palabrita para tergiversada y distorsionada, caballero), transeúntes o residentes de la perdición. Resultado: un montón de jóvenes empezaron a llamarse poetas y escritores antes de haber escrito nada, solo porque ya cumplían uno de los presuntos requisitos para ser como Edgar Allan Poe: beber como bebía Edgar Allan Poe.

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Aparte del aprendizaje que se ejecuta mediante la acción casi exclusiva el cerebro, hay otro del que se ha denigrado y renegado hasta la saciedad: el aprendizaje producto de la memoria corporal. Los hábitos y costumbres que te convierten en alguien realmente útil e importante para la sociedad: el habituar el cuerpo al trabajo manual, la producción de alimentos y cosas de uso cotidiano o realmente necesario. Se puede vivir sin leer pero no se puede vivir sin comer.

Y de paso, además, está el hecho de que trabajar con las manos no inhibe ni atrofia el vuelo intelectual, sino todo lo contrario: cuando estás haciendo trabajo físico la mente vuela, las ideas brotan caudalosas, surge a chorros el grito primario de la especie; no es nueva ni original la idea de que la mejor música nació en plantaciones y en lugares de trabajo, en la voz de obreros esclavizados. Es origen doloroso y bastardo, por supuesto, pero arroja claves: incluso los lamentos de los trabajadores son mejor poesía y mejor melodía, más ricas en forma en contenidos, que la del vago estúpido cuya única fuente de inspiración es la borrachera.

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Es un buen momento para que los trabajadores de la cultura se sacudan o nos sacudamos para siempre esa imagen de parásitos inorgánicos e infecundos. ¿Qué tal una ocupación masiva de espacios para que los escritores, poetas, músicos y demás le echemos ganas a experiencias productivas, y de paso nos ganamos un territorio para vivir y para experimentar en comuna o al menos en comunidad? Habrá que desarrollar la idea con más calma.

José Roberto Duque