CARACAS EN ALTA | Cantar

Nathali Gómez

0

No sé cantar, lo aclaro de entrada. Quien sabe y me escucha, se da cuenta de inmediato y se ríe de mi manera de atentar contra cualquier melodía. En defensa de mi ignorancia solo podría decir ante el juez de la afinación: “cantar, como sea, es sentir, y nadie sabe si siente bien o mal”.

Mientras escribo, un coro lejano que no cree en el distanciamiento social canta una de Gilberto Santa Rosa. Lo hace con tanta entrega que provoca estar ahí con ellos, a pesar de la pandemia y de la noche avanzada. Cuando cae el día, mi vecino, al que imagino acostado en el sofá de la sala, escucha la radio y canta con el sentimiento que solo puede transmitir un solitario: “En mi calvario, llevando mi cruz, a duras penas”.

Cantar es una liberación y una manera de abrir esa caja de resonancia que es nuestro pecho. Aún en los momentos más difíciles, cuando el silencio avanza como una bandada de pájaros por la tarde, existe la necesidad de tararear algo, aunque se enrede con un nudo en la garganta.

En Caracas no hay que ir muy lejos para escuchar a alguien que repite los coros de una canción. En las camioneticas, en las esquinas, en una tienda, en una cola, en un bar. Todos componen una sinfonía callejera. Aún con el tapabocas se puede ir tarareando mientras el conductor se pelea con un motorizado y el colector anuncia un nuevo e inesperado incremento del pasaje.

Cantar es vivir, a través de la voz, otras realidades que se encuentran con la nuestra. Pensamos en los estribillos como oráculos que no siempre supimos interpretar o que conseguimos entender después de muchos años. Escuchar una canción es buscar (y encontrar) mensajes ocultos, creer que quien compuso el tema estaba pensando lo mismo que nosotros y que decidió comunicarse de otra manera.

Cantar es abrir un diálogo personal con esos sentimientos agolpados que nos usan como médium para manifestarse, para decir que el ritmo es un movimiento que toma una forma al salir de nuestro aparato fonador. A veces un estribillo nos toma por sorpresa y nos sumerge en las más inusitada alegría o en la más profunda tristeza.

En mi recuerdo está mi abuela materna cantándole a los pájaros del patio; mi mamá conmovida hasta las lágrimas con canciones de su tierra; mi papá tarareando una salsa mientras usaba el volante como conga y yo aprendiéndome los meses del año con una cancioncita que me enseñaron en prescolar y que aún uso para enumerarlos. ¡Viva la música!

Nathali Gómez