PUNTO Y SEGUIMOS | Gracias por el fuego, Diego

Mariel Carrillo García

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Pequeño, pelo negro, morenito, villero, mal hablado y chabacano. Encima, drogadicto, mujeriego, amigo de “dictadores” y cumbiero. ¡Válgame! La representación de todo lo que está mal en este mundo. La gente de bien se escandaliza y, ante esa bárbara figura no hay magia en el fútbol que valga. Total, en el fondo, ese es un deporte para las masas incultas y vulgares como él, del cual se puede permitir a algunos hablar bien, siempre y cuando sea para participar del negocio o para alabar a algún talento bien portado y dócil -bien dócil-, porque mal portado no importa mientras no ande por ahí mostrando las costuras del sistema.

Ya lo han dicho muchos, del Diego lo que les molesta es que no haya hecho ningún esfuerzo por lavarse la pobreza originaria; que no haya renegado nunca de su condición de clase y sobre todo, que haya tenido la desfachatez de fotografiarse y bancar públicamente a la Revolución Cubana, a la Bolivariana, a los liderazgos de izquierda, a la causa palestina.

Les jode en el alma que abriera la boca no para dar loas a los patrones de la FIFA y del planeta, sino para decirles clarito lo que eran: una banda de delincuentes. Lo preferían drogado y dando tumbos para tener material de chimentos en la tevé al día siguiente. Nunca se preocuparon por él. En su peor época, lo rescatan Fidel Castro y la Cuba revolucionaria, que salva no al Dios del fútbol sino al ser humano; ese que salió de la isla aún más comprometido con los desfavorecidos, porque nunca dejó de ser uno de ellos.

Diego le duele no solo a los futboleros o a los argentinos, o a los varones. Nos duele principalmente a quienes pertenecemos a los pobres, lo hayamos asumido o no como conciencia de clase. Los ricos y los desclasados lo odian porque es la encarnación de todo lo que no debe hacer un pobre una vez logra –de entre millones– destacar por algún talento y hacerse referente de algo. Debe ser triste no poder estar triste estos días; no ser capaz de conmoverse ni ser parte de un sentimiento colectivo de esos que se dan poco en una vida, porque la muerte de Diego Armando Maradona es uno de esos acontecimientos que te recuerdan que muchos otros son tus hermanos y que sienten lo mismo que tú.

Diego nos alegró -en vivo o a través de material fílmico- con su zurda inmortal, marcándole a los súbditos de Isabel II con la mano, y luego llevándoselos a todos por el medio como para que no quedara duda de nada, o en sus años de gloria para los baturros napolitanos y no para los encopetados milaneses, pero también nos infló el bombo nuestroamericano cuando paradito al lado de Chávez en Mar del Plata arengó para sacar a Bush, cuando mostró esa alegría de niño el día que Fidel le regaló su chaqueta, cuando pidió mar para Bolivia, libertad para Lula, cuando acusó a Macri de no saber ni leer y todas y cada una de las veces que, pudiendo derrapar para el lado de la indiferencia y la complicidad con el poder, eligió bancar a los de abajo sin amagues.

En estos tiempos de tibieza, de miedos, de búsqueda de “espacios seguros”, en esta época de pactos y concesiones, la partida de Maradona duele todavía más, porque se va uno de los frontales. Se va un fuego. Se va un amigo. Se va el tipo que inspiró la canción con la que tantos bailamos en aquellos boliches “del interior”. Se va ese que me dio tantas anécdotas y risas con los amigos argentinos y de otras partes del mundo. Se va el que con su sola mención ya te hermanaba con quien antes era el otro. Se va un argentino que quiso a Venezuela sin medias tintas. Y acá lo lloramos, porque el amor es mutuo, y porque conocemos ese dolor de perder a alguien amado por el pueblo.

Diego querido, gracias por esa vida intensa, por ese fuego arrasador en el campo y en la vida. Nos iluminaste con tu talento, con tu pasión y locura latinoamericana, con 60 años de magia. A quienes intentaron apagarte aún después de muerto, no los recordará nadie. Pero de vos hablaremos por siempre todos, a sabiendas de tus defectos que te hicieron más nuestro; y lo haremos, como mereces, con fuego en el corazón.

Mariel Carrillo García