La Cruz del Ávila y sus luces de esperanza

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La energía eléctrica forma parte indisoluble del paquete de vida.

Cuando los empleados de la Electricidad de Caracas (EDC) combinados con los del lujoso Hotel Humboldt, desde su envidiable punto de vigilia a más de 2.200 metros sobre el nivel del mar, idearon abrir las cortinas de unas habitaciones y cerrar otras para que al encender las luces en plena noche se proyectara sobre la ciudad una cruz gigante de unos 30 metros de altura como bienvenida a la Navidad, no calcularon que el consumo energético sería tan exagerado que su obra tendría una gran receptividad pero necesidad urgente de ser sustituida por otro símbolo no tan oneroso.

Eso sucedió en aquella Caracas de finales de los años 50 e inicios de los 60 del siglo XX. La tradición duró tres temporadas hasta que, ya con tecnología y espacio definido en las adyacencias de las antenas repetidoras de VTV en Los Mecedores, se montó una estructura metálica de similar altura, con 120 lámparas fijas y cuatro de destello (alerta para la aeronáutica), para anunciar la llegada de las fiestas decembrinas y su final al apagarse todos los 6 de enero con la llegada de los Reyes Magos. Así fue durante 20 años.

Posteriormente se decidió la mudanza de la estructura al Cerro Papelón, propiedad de la EDC y a partir de 1981, desde sus 1.500 metros sobre el nivel del mar, es uno de los más emblemáticos símbolos navideños capitalinos; esto a pesar de las múltiples críticas porque en muchos hogares venezolanos, sobre todo en el interior del país, viven a oscuras.

La costumbre dice que todos los primeros de diciembre se hace el encendido que decreta simbólicamente la llegada de la fiesta de fin de año, la cercanía al nacimiento del Niño Dios, época de renovación de fe, de reconciliación, de soltar lo negativo del año en curso y de pedir por cosas mejores para el año que se avecina; época también de unión familiar, de hallacas, de pesebres y arbolitos, de estrenos y de los regalos para allegados y los más pequeños de la casa.

No obstante, como Caracas es Caracas y tiene su propia dinámica y modos de adaptación, como urbe moderna, ha tenido algunas excepciones no solo en fecha de encendido y apagado del luminoso armatoste metálico, sino en sentido y razón de ser.

En 2007, vaya usted a saber por qué, se encendió el 28 de noviembre, y además del 2018 y 2019 el encendido oficial se registró un mes antes de la fecha habitual; además, este pandémico 2020 la cosa se adelantó aún más, al 11 de octubre, previo al ahora llamado Día de la Resistencia Indígena. Quizá para que el ambiente festivo palie los embates que ha sufrido la sociedad, no solo caraqueña sino del país entero, a causa de la perversa situación económica, producto de múltiples factores que van desde los desaciertos a las criminales sanciones, que mientras unos insisten en que se acentúen y ahorquen más al pueblo y otros las aplaudan, los que más, o sea el pueblo de a pie, las sufre cada vez con mayor rigurosidad sobre su ya inexistente poder adquisitivo.

A ello se une el hecho de que en 2012 a la Cruz del Ávila se le atribuyó un poder extraordinario como símbolo de esperanza y de vida, ya que según anunció el entonces ministro de Turismo, Alejandro Fleming, ese año se dejaría encendida, como se dejó, hasta el retorno desde Cuba del presidente Chávez por su padecimiento de salud. Se planteó que sus luces, junto a la de la Cruz de Los Palmeros de Chacao –también en el Guaraira Repano, con G no con W– y la Cruz de la Montaña en Mérida, iluminaran las plegarias del pueblo chavista que oraba por la recuperación de su líder en medio de aquella batalla que al final perdió contra el cáncer.

En esa ocasión el sentido navideño del lumínico emblema caraqueño mutó en oraciones y peticiones de salud. Y la gente que seguía a su líder así lo vivió…

Estética vs consumo

Como ya se dijo, la primera cruz fue inviable debido al altísimo consumo de energía eléctrica que provocaba el mantener encendidos por tanto tiempo los bombillos de casi todo el Hotel Humboldt. Por ello se justificó la sustitución ejecutada en 1963 a la estructura de 30 metros de altura por 20 de ancho que anunciaba la Navidad desde Los Mecedores.

Según estimaciones técnicas el consumo aunque menor seguía muy elevado, cercano al rango de los 24 mil vatios por hora diarios.
Mientras, la Cruz era testigo de cómo Caracas y su entorno siguió creciendo y aumentando la demanda de energía eléctrica, razón, junto a otras, que motivó la reducción del consumo; además de ciertos intereses de la EDC de mudar la estructura a un terreno de su propiedad en Cerro Papelón, que se materializó en 1982. Hubo sustancial ahorro energético al declarar un poco menos de la mitad: 11.1 KWH diarios.

Una ciudad imperfecta en su crecimiento, anárquica en su desarrollo y que a tropezones ha sobrevivido a zancadillas internas y foráneas, se ha ido adaptando a las demandas de su cada vez más notoria explosión demográfica; por ello siempre la insatisfacción de servicios y el aumento de nuevas demandas.

Así como el agua, el transporte público, las comunicaciones y el internet son prioridades básicas y derechos fundamentales, la energía eléctrica forma parte indisoluble de ese paquete de vida. Por eso las críticas y las incomprensiones acerca de la permanencia del icónico símbolo navideño, mientras que para otros tantos aún representa esperanzas.

Pudo haber sido una estrella

Cuentan que desde que el ingeniero estadounidense Ottomar Pfersdorff llegó al país a laborar en la EDC, en los años 50, se enamoró del panorama, del Ávila, del clima y de las fiestas navideñas. Por eso comenzó a idear un símbolo que conjugara todo aquello y anunciara la llegada de la Navidad.

Hay quienes aseguran que el entusiasta extranjero pensó primero en una estrella. Después fue la figura de un arbolito la que rondó sus ideas, hasta que influenciado por un sentido religioso por la natividad de Jesús, se materializó la idea en una cruz.

La Cruz del Ávila siempre fue noticia asociada a la época decembrina y como para aumentar la tradición y su arraigo desde algunas escuelas públicas hacían concursos coordinados con la EDCV para escoger grupos de niños involucrados con el encendido oficial de la inmensa estructura. Un acto público, televisado, para que la niña o niño seleccionado pulsara el botón mágico que decía ON…llegó Navidad.

El anticovid

Este año el sentido festivo supeditado al miedo colectivo ante la evidente propagación del coronavirus, vuelve a fundirse con el de peticiones, pero esta vez no a favor de nadie en especial sino del caraqueño común que forma parte de más de 30 millones de venezolanos y venezolanas que, creyentes o no, a ritmo de aguinaldos y gaitas, piden que Dios los ampare, desaparezca el dólar satánico, los aguinalditos alcancen pa’ las hallacas y las botellitas, disipe la pandemia y entonces disponerse a entonar la letra versionada en fuerte coro: “Yo sí olvido al año viejo, que no me ha dejado cosas muy buenas”… Mientras manan esperanzas desde la altísima Cruz encendida.

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS