PERFIL | 6 de diciembre de 1998: recuerdos de una avalancha

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Avalancha. Lo que hubo el 6 de diciembre de 1998 fue una avalancha electoral. Antes se habían registrado fenómenos parecidos. Después, también los hubo. Pero esa avalancha fue única. Júrelo.

Muchos de los que fueron arrasados por el aluvión, aún hoy, 22 años después, siguen sin entender (o sin querer entender) lo que les pasó. La que sigue es una versión muy subjetiva, interesada –incluso todavía emocionada–, pero tal vez sirva de algo para refrescar la memoria de quienes vivieron ese momento y para dar elementos de análisis a los que no habían nacido, eran demasiado pequeños para interpretar hechos políticos o aún no habían llegado al país, procedentes de otras tierras.

Van primero algunos datos concretos, irrefutables. Lo que ocurrió ese día fue que un candidato ajeno al bipartidismo y al statu quo del llamado Pacto de Punto Fijo, Hugo Rafael Chávez Frías, ganó las elecciones presidenciales con 56,20% de los votos, un total de 3 millones 673 mil 685 sufragios, contra 39,97% del candidato de la derecha, Henrique Salas Römer, que logró 2 millones 613 mil 161 votos.

La población total estaba alcanzando los 22 millones de personas y solo la mitad de ella estaba inscrita para votar. Del padrón de 11 millones de votantes concurrió el 63%, cerca de 7 millones.

Veamos ahora “a pesar de qué” ocurrió la avalancha. Allí radican las explicaciones más significativas.

La avalancha ocurrió a pesar de que el sistema político dominante (contra el que iban esas toneladas de votos) aún ejercía control pleno de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, así como sobre el “autónomo” Consejo Nacional Electoral y las entonces llamadas (en plural) Fuerzas Armadas Nacionales.

Por si fuera poco todo ese poder institucional, la candidatura del comandante Chávez era claramente adversada por los poderes fácticos del país: el empresariado, la cúpula sindical, la alta jerarquía de la Iglesia católica y los grandes medios de comunicación social, todos estos factores bajo la dirección (no podía ser de otra manera) de la embajada de Estados Unidos. Valga acotar que esa era una formidable coalición, mucho más temible que la de los viejos partidos que andaban, literalmente, cayéndose a pedazos.

El alud electoral ocurrió a pesar de que en las semanas previas a los comicios, esas fuerzas malheridas y los poderes reales hicieron varias maniobras abiertas y otras muchas ocultas para tratar de impedir la victoria del teniente coronel de 44 años de edad que venía a la cabeza del tropel de pueblo.

Comenzaron por separar, a última hora, las elecciones presidenciales de las legislativas. De ese modo pretendieron quitarle fuerza al huracán que estaba formándose, impedir que Chávez pudiera arrastrar el voto parlamentario y empezar a gobernar con mayoría en las dos cámaras que entonces tenía el Congreso. Parcialmente consiguieron el objetivo, pues las elecciones parlamentarias adelantadas fueron favorables a lo que ya entonces se empezó a llamar “el antichavismo”. Con ese golpe de efecto esperaron frenar el remate de Chávez. Pero, lo dicho: era una avalancha y no había manera de pararla con un paraguas.

La segunda maniobra fue la que puso en evidencia el grado de desesperación del statu quo: los dos grandes partidos de la democracia representativa, Acción Democrática y Copei, literalmente lanzaron por la borda a sus candidatos presidenciales para respaldar la opción de Salas Römer, que aparecía como el único capaz de plantarle cara a Chávez.

Reparemos un poco en esta jugada, reveladora de la catástrofe del sistema político que el recientemente fallecido politólogo Juan Carlos Rey llamó populismo de conciliación de élites. En primer lugar, para asumir la candidatura de Salas Römer, las cúpulas de ambos partidos tuvieron que tragarse su propio sapo.

AD siempre lo tuvo como un enemigo por haber salido del ala más conservadora de Copei; porque derrotó a varios de los señores feudales del adequismo carabobeño; y porque era (y sigue siendo) un ejemplar de la godarria valenciana. Adicionalmente, el partido blanco, para dar ese giro copernicano, tuvo que arrojar del tren en marcha nada menos que a Luis Alfaro Ucero, a quien no por casualidad apodaban “el Caudillo”, legendario jefe de la maquinaria electoral adeca, especializada durante décadas en robar votos y torcer la voluntad del electorado.

Para Copei tampoco fue sencillo deshacerse de la exMiss Universo Irene Sáez, quien había alimentado durante un par de años las esperanzas de los dirigentes y militantes del partido verde de volver al gobierno. Además, Salas Römer era un renegado de Copei. Se había ido a hacer tienda aparte con el partido Proyecto Venezuela.

Tampoco sirvió de nada la maniobra de la mayoría de las televisoras, radioemisoras y periódicos nacionales y regionales que se unieron en una voz para “meterle miedo” a la gente, incluso con campañas sucias de la peor calaña, en contra de una especie de Iván el Terrible que amenazaba con ganar las elecciones. Para colmo de factores en contra del llamado Toconcha (todos contra Chávez), en la línea de los grandes medios hubo, a última hora, dos disidencias de gran peso: Venevisión y El Nacional. Sus vivarachos dueños, convencidos de que no había forma de impedir la victoria avasallante de Chávez, resolvieron sumarse a la bola de nieve. Tal como habían hecho con adecos y copeyanos, confiaron en que este apoyo se traduciría en cuotas de poder y negociados con el nuevo gobierno.

Así fue como llegó el 6 de diciembre de 1998, el día que “a pesar de” tantas cosas, la IV República quedó sepultada bajo una avalancha de votos. Y estas son horas en las que muchos siguen preguntándose, con cara estupefacta: “¿qué pasó, qué pasó?”.
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El voto como arma

El 6 de diciembre de 1998 también marcó el comienzo de una etapa en la que el voto ha sido el arma fundamental para el cambio político.

Esto implicó un viraje radical respecto al modo como Chávez y el Movimiento Revolucionario Bolivariano 200 habían insurgido en el escenario político, en 1992, mediante dos intentos de derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez.

En contrapartida, los derrotados de la jornada de hace 22 años han tratado por todos los medios de invalidar la vía del sufragio, ya sea asumiendo los atajos golpistas y las vías violentas o mediante campañas muy intensas de desprestigio a los procesos y las autoridades electorales.

Una revisión somera evidencia que la derecha (y sectores de izquierda que se aliaron a sus adversarios de clase) dejó de creer en el voto: el golpe de Estado de 2002 y el intento de 2019; el circo de la plaza Altamira en 2002; el paro patronal y sabotaje petrolero de 2002-2003; las guarimbas de 2004, 2014 y 2017; la invasión paramilitar de 2004; los intentos de invasión desde Colombia, en 2019 (el concierto de Cúcuta) y 2020 (Macuto); el intento de magnicidio (2018), y los boicots a los procesos electorales de 2005, 2017, 2018 y 2020, que está en curso.

Todos estos hechos históricos comprueban el abandono de la vía electoral por una clase política derrotada originalmente en 1998 y que, hasta ahora, sigue sin sacarse el nocaut.

Clodovaldo Hernández