Una de las epidemias más poderosas de la Tierra es la trata de personas

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Perla Suez, ganadora del Premio Internacional de novela Rómulo Gallegos 2020

Un país bloqueado y asediado por una potencia hegemónica ha celebrado una feria internacional del libro y además ha mantenido los programas y galardones culturales. Uno de ellos es el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y fue concedido a la obra El país del diablo, de la escritora argentina Perla Suez, la tercera autora en recibirlo en toda su historia, luego de Ángeles Mastretta y Elena Poniatowska. Esta novela ganó en 2015 el también prestigioso premio Sor Juana Inés de la Cruz, el jurado en esa oportunidad consideró que la obra “constituye una recuperación de la memoria”.

En el caso del jurado correspondiente al premio Rómulo Gallegos, sobre la mencionada novela expresó en su veredicto: “Maneja con gran sapiencia un concentrado y a la vez vertiginoso ritmo narrativo, y establece un equilibrio encomiable entre el desarrollo de la trama, la construcción de los personajes y el trasfondo histórico que la sustenta”. A pesar de los méritos y trayectoria de la galardonada, esta ocasión no estuvo exenta de cierta polémica que pretendió desprestigiar el premio con un sesgo político, algo que ya había ocurrido en ediciones anteriores.

Por otra parte, usuarios en las redes sociales celebraron la grata noticia de que una mujer sea reconocida por un prestigioso galardón literario como el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, ya que el canon tradicional está dominado por hombres, tal como lo expresó la escritora venezolana Giordana García-Sojo en una entrevista. Desde Ciudad CCS nos propusimos indagar con la autora cordobesa sobre sus impresiones en torno al premio y en su oficio escritural:

—¿Considera que todavía persiste una hegemonía de lo patriarcal, del machismo a la hora de reconocer el talento femenino?

—Creo que por suerte las cosas empiezan despacio a cambiar para nosotras. Muchas escritoras no vieron su obra publicada. Esa invisibilidad nos ha permitido, con nuestras luchas, con una perspectiva y una mirada tan distinta a la de los hombres, abrir caminos diferentes. Nadie nos regaló nada, nos estamos ganando un espacio.

Yo no soy de las que piensan que hay muy buena escritura de mujeres y muy buena escritura de hombres, la ficción es una; pero estoy convencida de que hemos ganado un espacio que nos permite decir de otro modo las cosas. Esto demuestra que vale la pena seguir batallando, que las mujeres en todo el mundo estamos pensando cómo hacer posible un mundo diferente. Algo ha cambiado, algo creció dentro de nosotras.

—¿Está el mundo editorial más abierto a dar espacio a las voces femeninas en el ámbito literario?

—Lo que yo puedo visualizar es que estamos en un momento de inflexión. Creo que las editoriales nos están visualizando desde otro lugar.

—¿La tradición oral influyó en la elaboración de El país del Diablo?

—Mi novela El país del diablo está ambientada en el siglo XIX, con la política de Julio A. Roca como telón de fondo. Cuando elijo a esta niña Lum, como protagonista, me interesaba contar la historia que no me habían contado.

Justamente hice el camino inverso a la tradición oral porque lo que yo escuché de niña sobre la Campaña del Desierto era una historia que tenía que ver con la teoría del salvaje. Desde la ficción no me interesaba contar lo que escuché de pequeña, hice el camino inverso al que recorrí cuando de niña iba a la escuela y escuchaba lo que se transmitía allí. Que los indios eran salvajes con un trapito en la cola, que daba lo mismo un mapuche que un tehuelche o un charrúa. Fue entonces que me centré en la protagonista Lum, una niña mezcla de padre blanco y madre india. Me centré en ella para entrar en su vida interior. Ese fue el trabajo más importante para contar la historia.

—Después de leer El país del diablo, pareciera que a lo largo del relato es la violencia el signo más recurrente en esta historia. ¿Es la literatura una forma de protestar y denunciar la inevitable violencia?

—Trabajé con una problemática que se ha visibilizado ahora pero sucede desde la edad de piedra: los femicidios o feminicidios, aunque no es el tema central de esta novela. Después de la muerte de la machi, muere la madre de Lum en manos de un hombre blanco que era su pareja… y cómo la mata.

En la novela tomo ese pasado, esa época y a esos soldados, pero los miro desde una perspectiva del siglo XXI, desde lo que nos está pasando en un mundo tan oscuro.

La ficción corre como un río, tiene el talento de anticipar y contar una historia diferente a la historia que nos contaron. Entre la pandemia y los poderes corruptos a nivel internacional, mires donde mires, en América, en Europa, en la India, en la China, en todos lados el ser humano no ha encontrado todavía la fuerza suficiente para creer que hay otras cosas, además del dinero. Este sistema mundial ha reventado por todos lados. Nunca hubo tanta hambre y tanta miseria en el mundo.

—Usted advierte en su premiada novela lo siguiente: “Esta historia es una ficción, y no alude a ninguna realidad en particular, cualquier parecido con ésta es parte del azar”. Sin embargo, dicen que todos los escritores “beben” de la realidad para exponerla en su obra. ¿El país del diablo aborda solo temas del pasado histórico, o también se asoma el presente?

—Siempre hubo sobrevivientes que nos contaron otra historia. El azar quiso que llegue a mis manos un libro bilingüe (mapuche, castellano): Lonco Pascual Coña. Testimonio de un cacique mapuche, lo empecé a leer con avidez. Ese indio mapuche habla de su cosmogonía y la extraordinaria cultura del silencio que ellos tenían; el amor por la naturaleza y las estrellas me deslumbró. De ahí pasé a leer Mircea Eliade y hasta me compré un diccionario mapuche donde encontré el nombre de Lum, que quiere decir “encuentro entre dos lagunas”. Eso fue lo que sentí, que eran las lagunas de mi memoria también.

También leí un libro muy interesante del escriba de Julio A. Roca: Viaje al país de los araucanos, de Estanislao Zeballos, un gran escritor con una ideología que no comparto. ¡Qué bien escrito que está! Las descripciones del desierto son excelentes.

Y a partir de ahí empecé a buscar contradicciones en los personajes, porque el indio ancatril se pone el traje de soldado, traiciona la tribu y después vuelve. Tampoco es un ángel Lum: si tiene que matar, mata.

Escribo por la necesidad profunda de contar lo que no me contaron. Lo que me contaron lo estoy cuestionando todo el tiempo. Me interesa preguntarme todo de nuevo, desde la ficción.

—¿Cree usted que los actuales mapuche siguen repitiendo la historia que narra su novela?

—A mí me interesó que los lectores puedan escarbar la tierra desde otro lugar; que puedan escarbar las palabras y encontrar otro significado. Así que después de documentarme, y leer un montón de cosas, apareció una imagen que fue creciendo en mí, que es la de esa niña de catorce años: Lum. ¿Qué le pasa por dentro? ¿Cómo es Lum? Como dije antes, en mapudungún quiere decir “encuentro entre dos lagunas”. Y eran dos lagunas que trabajaban en mi cabeza, me mordían el cerebro y yo decía: “Laguna, una laguna en la memoria”. Entonces, ¿qué me une a esta niña y a la cultura mapuche viniendo de mis ancestros de Mittel Europa? Y me di cuenta que había una cosa fuerte en común que me empujaba a escribir esta historia: la historia del país del diablo. No voy a adelantar la novela pero quiero que sepan que hay una parte de mí que está en Lum, así como hay una parte de Lum que recorre su propio camino con mucha libertad.

—¿Podemos afirmar que Perla Suez sigue en la tradición evocada por Alejo Carpentier sobre “lo real maravilloso en América”, y a la vez en esa preocupación de Ciro Alegría por los problemas que afrontan nuestras culturas ancestrales como algo de la actualidad, no del pasado?

—Hay una literatura que viene de estos escritores, y muchos antes que ellos, que es la literatura indigenista de América. Como no soy ensayista, no soy quién para decir si El país del diablo se inserta en la tradición de estos lúcidos escritores como lo son Alejo Carpentier y Ciro Alegría. Espero que sean los lectores quienes puedan responderlo.

Yo solo puedo admitir que mi mirada es desde una perspectiva de lo que nos está pasando en el siglo XXI en un mundo tan oscuro.

—La pandemia ha visibilizado la carencia de ciertos profesionales como los médicos, personal sanitario, científicos y especialistas epidemiólogos, entre otros… ¿Qué rol juegan los artistas y escritores en un escenario como el actual?

—Estoy plantada en el mundo como cualquier persona de carne y hueso, con las mismas preocupaciones e incertidumbres. Como todos, estamos atentos a los avances científicos para salir de esta pandemia.

—Usted ha publicado unos catorce libros entre novelas y ensayos, pero algo que debe destacarse es que ha escrito más de veinte obras dirigidas al público infantil… ¿Qué la motiva a escribir para los más pequeños?

—La literatura para niños con la cual me inicié, y la literatura para adultos con la cual continué, circulan en mi cabeza y en mi cuerpo entero como un río. Porque la ficción es como un río y yo, en sentido figurado, siento que estoy parada como en un puente viendo correr el río, y a veces me paro en una orilla y a veces en la otra. Pero no tuve nunca la preocupación de estar pensando que la literatura infantil está ninguneada. Aunque es cierto, también, hay una literatura para niños que cae en la ñoñería y en la frivolidad, pero yo estoy hablando de la literatura para niños de calidad. Mi interés es trabajar una historia como hice con Memorias de Vladimir, que es la historia de un niño que escapa del Zar, que escapa de la muerte tal como mis abuelos. Cuando lo escribí, no pensaba si era para niños o era para adultos. La editorial lo tomó como una novela juvenil, ¿existe acaso una novela juvenil? No creo.

Yo sentí en Vladimir, y luego en Letargo, que tenía que contar la historia de mis abuelos, de mi familia. Y mi preocupación era entrar en los personajes, encontrarme con ellos, buscarlos. Que no sean ni malos ni buenos, que sean ambivalentes y contradictorios; que sean tanto para niños como para adultos.

Lo que me interesa es llegar al lector, conmoverlo.

—La trilogía Entre ríos es considerada clave en toda su obra donde aborda sucesos de la historia argentina. ¿Es la novela histórica su recurso para enfrentar los desmanes del poder?

—Yo me planto en la ficción, no escribo novelas históricas porque para eso está la historia. Me interesó ficcionalizar la historia de Lum como víctima del patriarcado.

—¿Cuáles son los últimos libros que ha leído? ¿Qué obra lee actualmente?

— He vuelto a las escritoras del siglo XX del sur norteamericano: Flannery O’Connor, Eudora Welty. Y de las escritoras actuales me interesa mucho Toni Morrison y Joyce Carol Oates, entre otras. Es lo que estoy leyendo y releyendo.

—¿Con qué nuevo proyecto nos deleitará Perla Suez en el futuro próximo?

—Estoy trabajando despacio en algo que puede ser otra novela. Lo único que puedo anticipar de ella es que en el telón de fondo de esta historia está una de las epidemias más poderosas de la Tierra que es la trata de personas. Me propongo trabajar el vínculo entre una niña de catorce años, víctima de la trata, y su madre.

Fragmento El país del diablo:

“Una vasta compañía de soldados ha sido lanzada al vacío, hombres blancos e indios marchan, un ejército de pulgas adiestradas. Avanzan tan rápido que las ruedas de las carretas parecieran correr hacia atrás. Las mulas van cargadas de fusiles. Se internan en el país del diablo.
Es un día crucial y el desierto es testigo”.

Biografía Mínima 

Perla Suez nació en Córdoba, Argentina. Licenciada y profesora en Letras Modernas egresada de la Universidad Nacional de Córdoba. Como escritora fue becaria del Gobierno de Francia y de Canadá. Tiene una vasta producción de publicaciones para niños y jóvenes, y fue distinguida en varias oportunidades por su obra. En 2001, su novela Letargo fue finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, y en 2005, la novela Complot fue finalista en primer lugar del Premio Internacional de Novela Grinzane Cavour-Montevideo, Fundación Grinzane Cavour, Turín, Italia. En 2007, Perla Suez ganó la Beca Guggenheim. En 2008, Trilogía de Entre Ríos (compuesta por Letargo, El arresto y Complot) ganó el Primer Premio Internacional de Novela Grinzane Cavour-Montevideo y fue traducida al italiano y publicada como I Fiumi Della Memoria. También se tradujo al inglés. En este mismo año se editó su novela La Pasajera. Esta última fue traducida al inglés y al francés. La edición francesa se presentó en marzo del 2012 en el Salón del Libro de París y en la Feria del Libro de Bruselas. Trilogía de Entre Ríos recibió el Primer Premio Municipal de Novela del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2013, su novela Humo rojo recibió el Premio Nacional de Novela de Argentina y fue finalista del Premio Rómulo Gallegos. En 2014 se reeditó Letargo y fue seleccionada para representar a Argentina en el Salón del Libro de París.

Ciudad Ccs / Ricardo Romero Romero