EN PIE DE PAZ | Al Rescate de la Asamblea Nacional

Isaías Rodríguez

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Hoy es un día importante, clave. Hace cinco años un sector de la oposición dirigido desde fuera convirtió en punta de lanza contra la soberanía de nuestro país uno de los Poderes Públicos: el Parlamento. Lo desbocó y lo puso al servicio de intereses que han dañado nuestra soberanía, el Estado democrático de derecho y de justicia, la paz, la igualdad, la independencia, la libertad y ha puesto en riesgo la integridad territorial.

Hoy es un día de acción y reflexión. A pesar del covid-19 no es de los días de quedarse en la casa; hay que rescatar el Poder Legislativo, entregarlo de nuevo al país, liberarlo de deslealtades y entregas, convocarlo a participar en beneficio de todos, despojarlo de odios y retaliaciones, darle el lugar patriótico que le corresponde.

A veces pienso que el problema venezolano no es de inmadurez, ni de posibles errores que puedan haberse cometido, sino de actores políticos con vocación de traidores que por incapaces e incompetentes se plegaron a un enemigo implacable para vender la patria, liquidar sus instituciones, arrasar el país y crear un estado de caos y terror con el propósito de destruirlo y hacerse de beneficios personales a costa del sufrimiento de la nación en todas sus expresiones.

Hicieron de una mayoría parlamentaria un bazar, olvidaron que la oposición en el Estado tiene un papel histórico e institucional que cumplir con sus electores y con la comunidad. En cualquier Estado del mundo la oposición es una de las piezas esenciales del Pacto Social, es uno de los engranajes de las decisiones donde lo esencial es su gente y su futuro. No es hacer con ella un hervidero de rencores y retaliaciones para acorralar la nación e intentar destruir sus mandos a costa del bienestar de todos. No, no es una lotería ni un bingo ni una ruleta, ni una casa de apuestas.

La oposición es una institución, con unas funciones establecidas en una Carta de derechos y obligaciones donde otras instituciones pueden no funcionar, pero el Parlamento no es una isla ni un instrumento para impedir que los demás Poderes funcionen. La oposición no puede constituirse en un obstáculo permanente porque desnaturaliza la confianza que en ella han puesto los electores para que el juego político se desarrolle. Así de sencillo.

Celebro que para esta ocasión haya indecisos, gente no comprometida con los bandos que participan. Celebro que haya independientes. Un país necesita de todos ellos y de otros con decisiones diferentes para que el debate y las conclusiones sean las más beneficiosas. La discusión y la polémica son necesarias siempre, y la política no es sólo de quienes están vestidos de un color o de una ideología determinada.

El adversario no cesará en su propósito de intentar dividirnos y fragmentarnos. Por cierto, uno de los instrumentos que usa para ello son, precisamente, los procesos electorales. El adversario aturde y estimula; banaliza la realidad y saca a flote el individualismo con el cual se encarga de hacer que la solidaridad se pierda, resquebraja la conciencia, apela a los sentimientos egoístas que con tanto esmero ha sembrado el enemigo en el seno de nuestra sociedad.

Hay quienes creen que con cualquier método se puede construir una sociedad más justa. Es este uno de los grandes errores cometidos en casi todos los procesos de transformación y cambio. Con esa práctica, sin tener clarificadas las ideas, se corre el riesgo de contaminar y destruir todo o buena parte de lo que se ha logrado realizar. Hay bastante teoría y praxis sobre el tema. Nuestra incapacidad para organizarnos y una que otra debilidad ideológica nos tienden emboscadas para impedir que nos unifiquemos. Es indispensable, además de la unidad, el análisis auto crítico de la realidad imperante.

Las conductas fragmentarias han sido diseñadas para aislarnos y para entorpecer los proyectos históricos de mayor alcance. Las discrepancias pueden ser vistas por las masas como deslindes y ello crea incertidumbre en las bases sociales; con éstas, no sólo se torpedea nuestro diseño de sociedad, sino el que solidariamente transmitimos para la integración de América.

Isaías Rodríguez