Diciembres sin fiestas navideñas

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Algunos sí tienen razones para celebrar, pese al año pandémico.

No pretendemos un aburrido análisis de resultados electorales ni de nada que se le parezca. Mucho menos del abstencionismo y sus causas. Nos referiremos a una tradición, inexplicable pero histórica desde los días de la Colonia, de celebrar elecciones en esta fecha de fin de año, que como toda contienda deja ganadores y perdedores. ¿Y quién que haya sido derrotado tiene ánimos de celebrar? Pues, veamos.

¿Puede alguien imaginarse un diciembre sin rumbas navideñas? No olvidemos que la razón de ser de esta época está relacionada con el nacimiento del hijo de Dios, de allí el término Navidad. ¿Y qué advenimiento no merece celebración?

Dicen los filósofos de calle, que son los que saben, que diciembre es para dejar atrás lo malo y abrirse a lo positivo del año entrante… Por ello, a este atípico diciembre electoral se le agrega como agravante antirrumbérico el deseo universal de que el 2021 anuncie el fin de esta pandemia y la ¿nueva normalidad?

Te brindamos este breve paseo anecdótico, que señala cómo Caracas y el país, a pesar del sentido festivo intrínseco de la fecha, a partir del sagrado derecho de elegir autoridades, registran varios diciembres tristes para algunos, aunque siempre hay quien a pesar de las carencias y la merma de reales tradiciones, celebra y disfruta una y parte de la otra…

Qué extrañamos

En esta cosmopolita capital, rumbera por naturaleza, se añora el olor y el sabor de la hallaca, ensalada de gallina, dulce de lechosa, pesebres, arbolitos y las cartas al Niño Jesús. Qué sabroso era abrir la nevera bien enratonao el 25D o el 1°E y servirse una cola negra bien fría –cuyo nombre no podemos mencionar por derechos publicitarios– acompañada con un pedazo de pan de jamón.

De aquellos días fluyen los recuerdos –por lecturas, por cuentos de los abuelos y por vivencias– del estruendo y las chispas producidas en la fricción con el asfalto que anunciaba la caravana de patines de hierro Winchester o los Middón –cuyas ruedas en pocos años fueron sustituidas por goma maciza, más placenteras al oído–, protagonistas de las misas de aguinaldo a las que se acudían en cambotes, que mutaron en pandillas y más tarde en malandreo puro, que llegó para imponer su ley y acabar con tan sabrosa tradición.

Nadie estaba pendiente del malvado dólar, de Navidad flexible ni de tapabocas. Para la gran mayoría –digan lo que digan– eran tiempos mejores, de estrenos, de juguetes pa’ los carajitos, en los que la fiesta y los aguinaldos se fundían entre cohetones, traquitraquis, tumbarranchos, fosforitos y bastante aguardiente… así se solapaba el tedioso ambiente electorero.

¿Cómo era la cosa antes?

Desde el siglo XVI, cuando se instauraban los poderes por mandato del Imperio español, con marcada influencia cristiana a través de los ritos eclesiásticos, con misas y procesiones al ritmo de los campanarios, los cambios de autoridades eran en diciembre, lo que supone que esos días serían festivos para unos, los nuevos gobernantes, y de tristeza y desánimo para quienes cesaban sus gestiones en las máximas instancias. El poder es sabroso, ¿no? Ello delata el inexorable egoísmo del hombre. Y desde entonces ha habido un empeño en cambiar autoridades en fecha cercana al fin de año.

En aquellos días de 1590 se estableció por ley celebrar la Pascua de la Navidad cargada de carácter religioso, que fue evolucionando para justificar los excesos en comilonas y bebederas muy normalmente asociados a la época, aunque filosóficamente no tengan nada que ver con el sentido real, que no es otro que la renovación de fe gracias al nacimiento del Mesías.

En aquella época la Navidad imponía a las autoridades reconocidas por el rey de España organizar en las plazas centrales de las ciudades colonizadas una especie de procesión; primero, de corte político porque esa clase marchaba con trajes y atuendos especiales, desde las casas de gobierno hasta la catedral. Allí le daban sentido religioso al asunto. Promesas, confesiones y quién sabe qué más. Culminados los ritos venía lo mejor, lo pagano y lo mundano. Las guaraperías y sus alrededores eran los sitios más concurridos ¡Qué vaina tan buena!
Así fue hasta 1820, ocasión de la última Navidad realista en Caracas y en Venezuela. Ese diciembre nada de celebración. Los realistas preocupados ante el huracán que se sabían se les avecinaba y los patriotas en alerta por su responsabilidad por consumar la libertad. Seis meses después se daría la batalla definitiva, la de Carabobo, ese 24 de junio. El rumbón de los libertadores sería posterior. Aunque a más de 200 años de aquella gesta aún no se ha consolidado el objetivo.

Nuevos órdenes recurrentes

Ese término del Nuevo Orden no es un invento de sociólogos ni historiadores contemporáneos. La cosa viene de más atrás. Por mandato europeo, primero; por requerimiento interno luego; por dinámica histórica en algunos casos y por ley después, diciembre –o fechas previas muy cercanas– ha servido para la consolidación de nuevos órdenes políticos en el país, sea por sucesión, por golpes de Estado o por elecciones, lo que reiteramos, deja bandos ganadores y perdedores …y nadie que pierde desea celebrar…

Llegamos al siglo XX y Juan Vicente Gómez, como para seguir la tradición, le da un zarpazo a su compadre El Cabito Cipriano Castro y le quita el coroto en diciembre de 1908. Gomecistas celebraron sus navidades. Castristas perseguidos, asustados y tristes. Imposible fiestear.

Tres días antes de diciembre de 1945 se instala la Junta de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt y decide expulsar a los mandatarios precedentes López Contreras y Medina Angarita, en compañía de Úslar Pietri y otros más, cuyas familias y su entorno no tuvieron felices pascuas.

Justo un año más tarde se apagan las llamas de un intento de golpe. Entre sus cabecillas cae capturado Jóvito Villalba y una gran comitiva. Tampoco tuvieron una feliz Navidad.

El 5 de diciembre de 1948 sale desterrado Rómulo Gallegos, quien luego de nueve meses de un incipiente gobiernito recibe un golpe de Estado. Él y los suyos sin celebración.

Peor para la gente del T/C Carlos Delgado Chalbaud, quien en condición de presidente de esa nueva Junta de Gobierno fue asesinado en noviembre del 50. Diciembre sin navidades para sus seguidores ni para sus sicarios, donde Rafael Simón Urbina resultó ultimado y una veintena arrestados. Aunque se supo de cobardes celebraciones privadas.

La tradición de elegir en diciembre se afianzó: el 15 de 1957 es el plebiscito de Pérez Jiménez para afianzarse en el poder. Fue derrocado. El 7 del 58 gana Rómulo Betancourt. El 1° del 63 lo hace su copartidario adeco Raúl Leoni. Justo cinco años después gana por vez primera Rafael Caldera, quien repetiría triunfo electoral el 5D de 1993. El 9D de 1973 obtiene su primer triunfo Carlos Andrés Pérez, quien repite el 4D de 1988. El 3D de 1978 ganó Luis Herrera Campíns y el 4D del 83 lo hizo Jaime Lusinchi. Y el 6D de 1998 ganó Hugo Chávez, quien repitió siempre en diciembre a excepción de octubre de 2012.

Por ello, hace rato diciembre tiene celebraciones chucutas: felices navidades y próspero año para los ganadores y frustración para los disconformes vencidos. ¿Qué nos depara el resto de este raro diciembre 2020 con un país oficial y uno virtual, con un Presidente y sus seguidores, y un autoproclamado y su gente; qué sucederá entre electores y consultores? ¿Habrá motivos para celebrar? ¿Habrá amigo secreto o Espíritu de la Navidad?

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS