PERFIL | CNE: contra incendio,bloqueo y pandemia

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De entrada, la jornada del domingo 6 de diciembre puede considerarse una hazaña si se piensa que el año electoral venezolano comenzó con un incendio de esos en los que provoca sentarse en la acera a llorar desconsoladamente.

La casi totalidad de los equipos de votación que habían sido utilizados en los años precedentes se quemaron en este raro siniestro de los galpones del Consejo Nacional Electoral en Fila de Mariches, evento del cual no se sabe mucho, pero se sospecha que fue otro acto terrorista de los enemigos del voto.

Solamente por semejante tropiezo, las elecciones parlamentarias lucían, como suele decirse, en pico de zamuro. Muchos imaginaron el terrible escenario del país volviendo a realizar elecciones manuales, tan del gusto de los viejos partidos de la IV República y de sus hijos putativos de la actualidad.

Los expertos electorales (una especie de élite de iluminados) se apresuraron a dictaminar que sería imposible comprar y poner a punto nuevas máquinas para el mes de diciembre. A favor de sus oscuros vaticinios estaba el hecho irrefutable de que ni los organismos estatales ni la mayoría de los entes privados venezolanos pueden comprar tan siquiera una arandela en el exterior, mucho menos podrían comprar un lote de equipos de votación. El bloqueo, las medidas coercitivas unilaterales, el robo de empresas y activos estatales, la neopiratería estadounidense contra buques mercantes en alta mar hacían ver como una quimera la llegada al país de las computadoras especializadas.

Pero el galpón en llamas y las secuelas de la agresión internacional contra Venezuela habían sido solo el prólogo de la novela. El cuadro se volvió crítico con la amenaza del covid-19 y las severas medidas de confinamiento y distanciamiento físico que fue menester aplicar. ¿Cómo hacer unas elecciones así?

Para completar las complicaciones, durante el año, fue necesario designar una nueva directiva del Consejo Nacional Electoral. Los períodos de las y los integrantes de la anterior no estaban vencidos, pero era necesario atender las exigencias de un sector opositor. Además, se modificaron aspectos fundamentales de la elección de la Asamblea Nacional, incluyendo el número de cargos a elegir. En otras palabras, se cambió de caballo a mitad del río, aunque el refrán dice que esa es una conducta temeraria.

¿Falta algo? Claro: durante el año se mantuvieron o se agravaron los problemas de energía eléctrica y de conectividad digital y adquirió una dimensión mayúscula el de la gasolina. Todos estos servicios son básicos para casi todas las actividades de la población, pero resultan particularmente vitales para los retos logísticos de unas elecciones de alcance nacional.

Todo apuntaba a un chasco parecido a aquel de abril de 2000, que quedó grabado en el subconsciente colectivo con el remoquete de “el 28, el 28”, frase de un pintoresco rector del CNE de la época.

Pero nada de eso pasó. Las máquinas nuevas fueron adquiridas, fueron probadas, fueron entregadas en los lapsos previstos, funcionaron y hasta resultaron ser más amigables que las que “murieron” en el incendio; la nueva directiva gestionó el proceso de una manera impecable; los protocolos de bioseguridad se aplicaron admirablemente; el Plan República superó todos los dramas asociados al combustible y otros servicios. De resultas de todo el esfuerzo, hubo elecciones y se ofrecieron los resultados apenas unas horas después del cierre de los centros de votación. Una hazaña, sin lugar a dudas.

Un organismo curado de espanto

El CNE ha sido blanco predilecto de la oposición en general y muy particularmente de la ultraderecha a lo largo de casi dos décadas. Los ataques coinciden con la decisión de las referidas fuerzas políticas, grupos de presión, ONG y medios de comunicación de abandonar el camino electoral en su lucha por el poder.

Al optar por la violencia, el golpe de Estado, el magnicidio, la invasión foránea, la guerra económica, el bloqueo internacional, los atentados contra infraestructuras y otras vías de hecho, se han declarado enemigos del voto. Y un enemigo del voto tiene que ser enemigo del árbitro electoral.

Las agresiones contra el CNE lo han sido, primero que nada, contra sus funcionarios. Las campañas de desprestigio, de alcance global, dirigidas a las rectoras y exrectoras del organismo, principalmente Tibisay Lucena, ya entraron en las páginas más vergonzosas de las antologías de la bajeza humana. En momentos de alta conflictividad, esos ataques han llegado a extremos de amenazas de muerte y agresiones físicas.

En cuanto a la institución, desde 2013, una oposición sin control sobre sus impulsos cometió delitos contra las instalaciones, los equipos y el material electoral. Lo peor de este episodio es que produjo la muerte de 11 personas inocentes. Figuras de la maquinaria mediática actuaron como instigadores y apologistas de estos hechos punibles. Como es costumbre, se las arreglaron para quedar impunes, apelando a la libertad de expresión como tabla de salvación.

Dos de los peores años de violencia hacia el CNE fueron los de las mal llamadas guarimbas: 2014 y 2017, cuando los grupos políticos enloquecidos atacaron sedes regionales del organismo y boicotearon por la fuerza la realización de las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente.

En 2020, el golpe que creyeron de gracia fue la quema de los galpones de Fila de Mariches. Pero ya el CNE estaba curado de espanto y logró asimilar ese enorme descalabro, junto con la pandemia, el bloqueo, la falta de electricidad y de gasolina y una costosa campaña de boicot de alcance planetario.

Una auténtica hazaña, digan lo que digan.
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Satanizado en el mundo al revés

Si el mundo no estuviera al revés (como tanto lo remachaba Eduardo Galeano), el concepto del Poder Electoral de Venezuela y su órgano fundamental, el Consejo Nacional Electoral, deberían ser ejemplos a seguir por muchos países, inclusive superpotencias.

Pero como todo está patas arriba, el CNE es uno de los organismos electorales más atacados a escala mundial. Y las “grandes democracias” no quieren que sus pueblos se enteren de esa idea de un árbitro comicial en pie de igualdad con los tradicionales poderes públicos Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Es demasiado subversiva.

Si el mundo no estuviera al revés, se valoraría la experiencia de casi 30 procesos electorales en 22 años, incluyendo presidenciales, parlamentarias nacionales y regionales, de alcaldes, de concejos municipales, de constituyentes y seis referendos.

Si el mundo no estuviera al revés, las auditorías en todas las fases de los procesos electorales que se llevan a cabo en Venezuela, con presencia de todos los factores políticos, serían una referencia para tantos países donde se vota hasta con boletas fotocopiadas a última hora.

Si el mundo no estuviera al revés, en Estados Unidos pedirían al CNE venezolano asesoría sobre cómo entregar resultados apenas unas horas después de cerrados los centros de votación, en lugar de semanas más tarde.

Pero, ¿qué le vamos a hacer, poeta Galeano, si el mundo está al revés?

Clodovaldo Hernández